El centro
Los católicos contestaron a esta campaña, en primer lugar, con una resistencia pasiva, pagando las multas impuestas a obispos y sacerdotes, boicoteando los «párrocos del Estado» y, cuando no había más remedio, encargando a seglares el servicio divino; pero además desplegaron una hábil y enérgica acción defensiva, no sólo en el parlamento prusiano sino también en el Reichstag.
Desde 1852 había en la cámara de diputados prusiana una pequeña «fracción católica», fundada por los hermanos colonienses Pedro y Augusto Reichensperger, y que, por estar sus escaños situados en el centro de la sala, recibió el nombre de «fracción del Centro». El grupo creció rápidamente con ocasión del Kulturkampf y con el tiempo llegó a ser el partido más fuerte del Reichstag.
Su presidente en el Reichstag era el diputado bávaro von Frankenstein (1875-1890), su jefe espiritual en ambos parlamentos el ex ministro hannoveriano Ludwig Windthorst († 1891). Colaboraban con ellos Hermann von Mallinkrodt († 1874), los dos Reichensperger, Schorlemer-Alst, Heeringen, Huene, Galen, Hompesch, Hertling, Ernst Lieber, Ballestrem, presidente del Reichstag de 1895 a 1906, hombres todos que contaban con la adhesión entusiasta de la entera población católica.
El Centro no quería ser un partido religioso, sino un partido consagrado a la defensa del derecho. En su programa entraba el mantenimiento de la constitución federal del Reich contra toda tendencia unificadora; la protección de la libertad civil y religiosa contra las intromisiones legislativas; la protección de los económicamente débiles. Los objetivos sociales fueron ya incorporados en el programa en el congreso de 1870, celebrado en Soest. Para el Centro, el Estado no era un «bienhechor universal», sino sólo el protector del derecho. Si Alemania fue el primer país que introdujo una legislación social planificada, debe atribuirse en gran parte a la acción del partido del Centro.
En las cuestiones políticas el Centro guardó celosamente su independencia, incluso frente al papa. Durante las negociaciones por la supresión del Kulturkampf, León XIII hizo llegar confidencialmente a Windthorst el deseo de que el Centro votara en favor de un proyecto de ley militar del gobierno, para no entorpecer aquellas negociaciones. Windthorst se negó a hacerlo, pero comunicó al papa que, si consideraba esta negativa como desobediencia, el Centro estaba dispuesto a disolverse. Posteriormente León XIII aprobó esta conducta.
Como gran político que indiscutiblemente era, Bismarck no podía tardar en darse cuenta de que su Kulturkampf había sido un mal paso. Ya en 1878 y 1879 tuvieron efecto conversaciones confidenciales entre el canciller y los nuncios de Munich y Viena. Las relaciones diplomáticas entre Prusia y Roma fueron reanudadas en 1882 después de una interrupción de diez años. El gobierno prusiano se hizo conceder por el Landtag «poderes discrecionales» para proceder con menos rigor en la aplicación de las leyes anticatólicas. Luego, estas leyes fueron cayendo una tras otra: en 1883 el odioso «examen de cultura» para eclesiásticos, en 1886 el Tribunal real para asuntos eclesiásticos, en 1890 la ley de expatriación.
Los haberes del clero retenidos, que entre tanto habían ascendido hasta la suma de dieciséis millones de marcos, fueron pagados en 1891. La ley que más tiempo resistió fue la referente a los jesuitas, que, abrogada en parte en 1904, no lo fue del todo hasta 1917.
Los resultados morales de la defensa contra el Kulturkampf fueron considerables en todos sentidos. El partido alemán del Centro se convirtió en el modelo de agrupaciones análogas en otros países. Con el tiempo, empero, al perder virulencia la lucha propiamente dicha, aparecieron también fenómenos menos satisfactorios. Casi puede decirse que el Centro se había hecho demasiado poderoso.
Los propios diputados católicos decían bromeando: El Centro se desliza pendiente arriba. El espíritu de defensa fue menguando entre la población católica, aunque faltaba mucho todavía para llegar a la meta, y la paridad de derechos dejaba aún mucho que desear. Subsistía, en cambio, el recuerdo del reproche tantas veces oído durante el Kulturkampf, de que los católicos eran enemigos del Reich, que no eran unos buenos alemanes. Durante la lucha, se había aguantado esta acusación sin darle mayor importancia, pero la generación siguiente reaccionó exagerando en sentido contrario.
Los católicos alemanes se hicieron demasiado adictos al régimen. La menor ocasión era buena para ostentar su patriotismo, como si tuvieran que reparar antiguas faltas. La política social del Centro tendió a aproximarse de un modo alarmante al socialismo de Estado. Los católicos estallaban en gritos de júbilo cuando entre los cien ministros que entonces había en Alemania, había alguno de su religión, como si ello tuviera algo de particular en un país en que era católica la tercera parte de la población.