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El kulturkampf

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El año 1871 presenció la brillante victoria sobre Francia y una reforma desde antiguo deseada por los alemanes: la transformación de la federación de estados en un Imperio federal. El rey de Prusia tomó el título de emperador de Alemania. Gracias a los sensacionales triunfos militares y, en no menor medida, a la dirección política del primer canciller y creador de la constitución del Reich, Otón von Bismarck, el nuevo Imperio alemán ocupó inmediatamente uno de los primeros puestos entre las grandes potencias.

Los católicos alemanes, especialmente en el sur, acaso se dejaran contagiar menos que otras partes de la población por la oleada de entusiasmo patriótico que embriagaba el país. Tampoco podía ser de su agrado la interpretación que algunos daban de la victoria sobre Francia: el triunfo había sido como una especie de juicio de Dios en favor de las armas protestantes, y el nuevo título imperial significaba la creación de un imperio evangélico.

Nadie podía afirmar, sin embargo, que los católicos hubieran andado más remisos que otros en el cumplimiento de sus deberes militares, o que dieran muestras de adoptar una actitud hostil frente al nuevo régimen. No es fácil explicar por qué Bismarck, terminada apenas su obra de unificar el Imperio, desencadenó la campaña contra la Iglesia; en todo caso, no bastan para explicarlo las razones políticas.


Él nombre Kulturkampf, acuñado en 1873 por el diputado librepensador Virchow, pretendía indicar que la lucha se emprendía en defensa del progreso moderno contra el obscurantismo medieval. Dirigió la campaña Bismarck, en su calidad de primer ministro prusiano, pero en algunos puntos afectó también a la legislación general del Reich.
Ya en 1871 fue suprimida la sección católica del ministerio de cultos prusiano, que hasta entonces había velado por el respeto de los derechos de la Iglesia de acuerdo con la constitución. Aquel mismo año se inició la legislación anticatólica, al añadirse al Código Penal un artículo en que se condenaba la discusión desde el púlpito de cuestiones políticas en forma que perturbara la paz pública, artículo que era susceptible de una interpretación muy elástica.

Una ley del Reich de 1872 decretó la expulsión de los jesuitas y de otras órdenes religiosas calificadas de «afines» a ellos: redentoristas, lazaristas y religiosas del Sacratísimo Corazón. Se sucedieron luego un número de leyes de carácter anticatólico, entre ellas una en 1873 sobre la creación de un tribunal prusiano para entender en asuntos eclesiásticos y con atribuciones para deponer de sus cargos a los religiosos, en 1874 otra que castigaba con expulsión, confiscación de bienes y pérdida de la ciudadanía el ejercicio no autorizado de cargos eclesiásticos.

Como las nuevas leyes conculcaban la constitución prusiana de 1850, en la que se garantizaba la autonomía de la Iglesia católica, en 1875 se abrogaron los artículos de la constitución que a ello hacían referencia. A la secta de «viejos católicos», surgida después del concilio Vaticano, se le concedió participación en el uso de las iglesias católicas y del patrimonio eclesiástico.

Como consecuencia del Kulturkampf, en 1878, de los doce obispados prusianos nueve estaban vacantes, y lo mismo ocurría con más de mil parroquias. Más de dos mil clérigos tuvieron que sufrir penas de cárcel o pecuniarias. Hasta el decir misa y la administración de los últimos sacramentos se consideraba, en determinadas circunstancias, como un ejercicio indebido de cargos eclesiásticos y, por tanto, susceptible de ser perseguido criminalmente.

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