La evolución política en los diversos países
En conjunto, durante el siglo XIX en cada uno de los países se repite casi siempre el mismo juego: en cuanto sube al poder un gobierno radicalmente liberal, se confiscan los bienes de la Iglesia, se expulsan religiosos, se infieren vejaciones a los prelados y se limita la libertad de enseñanza. Si viene luego un gobierno más moderado, la Santa Sede, a cambio generalmente de abandonar algunas posiciones, concluye un concordato que luego vuelve a ser conculcado por el próximo gobierno liberal.
Portugal
En Portugal lo que desencadenó una persecución en toda forma fue en su origen una disputa dinástica. Cuando murió en 1826 el rey Juan VI, procedente aún de la época de Pombal, su primogénito Pedro, que desde 1822 era emperador del Brasil, renunció al trono portugués en favor de su hija María, entonces de tres años de edad. Con ello conculcaba los derechos de su hermano Miguel, que era favorable a la Iglesia, y que contaba con la adhesión de la mayoría de la población. Con ayuda del extranjero, don Pedro consiguió expulsar a su hermano (1834). La regencia que gobernaba en nombre de María da Gloria consideró que la Iglesia era una aliada de don Miguel, y procedió a encarcelar sacerdotes, deponer obispos, confiscar bienes eclesiásticos y suprimir todos los conventos masculinos. María, una vez llegada al trono, restableció en 1840 las relaciones con la Santa Sede, pero murió en 1853. Fueron sucediéndose los ministerios anticlericales. Un concordato concertado en 1857 ni siquiera fue publicado. Pío IX amonestó en 1862 a los obispos por su debilidad frente al gobierno. En el concilio Vaticano sólo se presentaron tres. A fines del siglo mejoró la situación de la Iglesia. Pero en 1908 el rey Carlos fue asesinado, en 1910 se expulsó a su sucesor Manuel II, y la nueva república procedió en seguida a expulsar a los jesuitas, nacionalizar los bienes de la Iglesia y a aplicar lo que llaman separación de la Iglesia y el Estado, con los excesos habituales en tales casos. Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede se rompieron en 1913.
España
La constitución liberal y en parte antirreligiosa de las Cortes de Cádiz (1812) no llegó a aplicarse en el país, ocupado como estaba por los franceses. Cuando regresó Fernando VII en 1814, la abolió, pero en 1820 una revolución le obligó a restablecerla. El gobierno constitucional que se le impuso, expulsó a los jesuitas, cuya orden acababa de ser restablecida, confiscó los bienes eclesiásticos e impuso severas penas a los sacerdotes reacios. El rey pudo, sin embargo, restablecer el régimen absolutista; pero a su muerte estalló otra revolución, agravada todavía por la guerra civil encendida por la cuestión sucesoria. Este conflicto era análogo al que en el mismo tiempo hacía estragos en Portugal: Fernando había nombrado heredera a su hija de tres años Isabel, y su hermano Carlos pretendió el trono por ser el más próximo heredero masculino. Don Carlos contaba con muchos partidarios, sobre todo en las provincias vascas de espíritu arraigadamente católico. La regencia en nombre de Isabel, durante un tiempo ejercida dictatorialmente por el general Espartero, era declaradamente antirreligiosa. En 1837 nacionalizó todas las propiedades de la Iglesia. En 1841 sólo quedaban seis obispados ocupados por su titular. La situación no mejoró hasta que Espartero fue derribado, e Isabel tomó en sus manos el gobierno. En el concordato de 1851 la Iglesia renunciaba a una gran parte de sus bienes, mientras el Estado tomaba a su cargo las obligaciones correspondientes. El destronamiento de Isabel en 1868 y la proclamación como rey de España de Amadeo, hijo de Víctor Manuel de Italia, no permitía a la Iglesia esperar nada bueno; sin embargo, Amadeo tuvo que abdicar al poco tiempo (1873), y el hijo de Isabel, Alfonso XII, promulgó en 1876 una nueva constitución en la que volvía a declararse el catolicismo religión oficial. Hacia fines de siglo volvieron a advertirse síntomas de nuevas tempestades.
El rey Alfonso XIII, con toda su buena voluntad y su devoción a la Iglesia, no tuvo más remedio que aceptar una sucesión de gobiernos liberales. Las tumultuosas manifestaciones que en 1909 se organizaron en toda España, para protestar contra la ejecución del anarquista y librepensador Ferrer, eran un signo de muy mal agüero. Pero la explosión no vino hasta después de la primera guerra mundial.