La dieta del Dr. Dukan

 

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Idiosincrasia política de los católicos

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Aunque la Iglesia no posea ningún programa político, aparte del interés que siente porque sean respetados sus derechos, en el curso del siglo XIX, a medida que círculos cada vez más amplios de la población adquirían el derecho e incluso el deber de intervenir en la vida política, se fue concentrando entre los católicos de los diversos países una actitud coincidente en muchos puntos, que en cierto modo era de carácter político. En principio, los católicos solían estar de parte de la autoridad.

Sólo cuando los gobiernos practicaban una política antirreligiosa se veían obligados a adoptar muy a pesar suyo una actitud de oposición, aunque ésta se expre­sara más en un abstencionismo malhumorado que en una resistencia activa, y mucho menos violenta. En la vida política el católico suele portarse timoratamente, con un espíritu de pequeño burgués. Ama su religión, sus costumbres, su familia, su hogar y su patria, pero ante todo desea que le dejen en paz.

Los conflictos le asustan. En los países en que durante el siglo XIX aparecieron partidos políticos que profesaban defender los intereses de la Iglesia, no solía resultar difícil convencer a los católicos de lo acertado y necesario de sus programas, pero sí, en cambio, llevarlos a las urnas llegado el día de la verdad. El católico fácilmente presta fe a bellas palabras y promesas. Le basta que un gobierno antirreligioso haga un pequeño gesto de amistad, para creer que todo se ha arreglado.

De todos modos, su paciencia conoce límites. Hay cosas por las que no pasa: la omnipotencia del Estado, su pretensión de querer reglamentarlo todo. En tales casos, es capaz de oponer una resistencia increíblemente tenaz. Un caso característico es el ocurrido en los Estados Unidos durante la larga campaña sobre la prohibición de las bebidas alcohólicas: la mayoría de católicos estaban en contra de la prohibición, no por razones éticas y mucho menos porque fueran amigos de la bebida, sino por instinto. No querían que el Estado se metiera en sus asuntos privados.

En muchos países, si no en la mayoría, los gobiernos han tratado a los católicos partiendo de un punto de vista profundamente erróneo, a pesar de que apenas hay otra parte de la población que sea tan fácil de gobernar. Este fenómeno va de la mano con el énfasis puesto, en el siglo XIX, sobre el concepto de Estado y sobre el nacionalismo, que a menudo constituían una sola y única cosa. El siglo XIX substituyó el patriotismo por la vanidad nacional y el afán de grandeza.

En política, lo que con frecuencia decidía no era el bien del país, sino el prestigio: en política colonial, en las relaciones comerciales, hasta en las distintas ramas de la economía. De ahí también el esfuerzo del Estado para controlar lo más posible la educación de la juventud. En los manuales escolares prescritos por los gobiernos solían inculcarse en las mentes infantiles las ideas de unidad y libertad nacional, de poder, grandeza y gloria, a veces con ayuda de las falsedades más ridículas.

Partiendo de estas premisas, muchos gobernantes miraban a la Iglesia católica como una potencia extranjera y, por tanto, enemiga. La actividad de la Iglesia les parecía una ingerencia exterior que atentaba contra la dignidad nacional. Los católicos del país tomaban el aspecto de una minoría étnica, de una población irredenta, que gravitaba en torno a un centro político extranjero.

En la necesidad de concertar o sólo negociar tratados con «Roma», muchos veían ya una humillación nacional. Todo esto venía, naturalmente, de una ofuscación, y en consecuencia el trato dado a los católicos como elementos sospechosos o poco de fiar era absurdo y profundamente equivocado, y no sólo injusto sino incluso contrario al interés del Estado.

Cierto es que en todos los países hubo católicos de espíritu débil que reaccionaron contra este trato exagerando su patriotismo y aprovechando la menor oportunidad para mostrarse tan nacionalistas como el que más. Pero la mayoría, aun sin dejarse extraviar en su patriotismo y en su lealtad, se limitaron a sufrir y a indignarse en silencio.

 

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