Incremento de la población
El siglo XIX es, en toda la superficie del globo, una época de inaudito aumento numérico de la población. Este incremento afecta también al África, y sobre todo al Asia, pero en estos continentes se substrae en gran parte a todo control estadístico, mientras que sobre América y Europa poseemos información suficiente para hacer unos cálculos aproximados.
Hacia 1800 Europa tenía de ciento ochenta a ciento noventa millones de habitantes, y hoy tiene cerca de quinientos millones. A principios del siglo XIX en toda América debía haber poco más de veinte millones de almas, y hoy cuenta con unos trescientos millones. La mayor parte de éstos son de procedencia europea, lo cual significa que no sólo ha habido aumento demográfico, sino también un desplazamiento de población de unas proporciones desconocidas en la historia. De todos modos, no es que estos trescientos millones hayan emigrado realmente de Europa, pues el aumento mayor ha sido debido al crecimiento natural. Desde 1820 a 1920 el número de emigrantes europeos que han entrado en Estados Unidos ha sido de 34 millones, mientras la población total ha crecido en este lapso de tiempo en unos ciento veinte millones.
La tarea de la Iglesia consistía en crear los adecuados organismos pastorales dentro de estas masas de población en continuo aumento y movimiento, y no sólo en las nuevas naciones americanas, sino también en Europa; pues también aquí aparecían por doquier nuevas aglomeraciones humanas para las que no bastaban ya las antiguas instituciones, sobre todo en las grandes ciudades.
Hacia 1800 no había en absoluto ningún centro urbano que llegara al millón de habitantes. Las ciudades mayores eran entonces Londres, con algo menos de un millón, y París con quinientos cuarenta y siete mil habitantes. Hoy, repartidas en todo el mundo, hay unas cuarenta ciudades «millonarias», entre ellas unas cuantas de población predominantemente católica: en América, Buenos Aires, Río, Sao Paulo, Méjico, la Habana, Montreal; en Europa, Barcelona, Madrid, París, Viena, Varsovia, Budapest, Milán, Roma, Nápoles, a las que hay que añadir otras ciudades preponderantemente, si no del todo, católicas que se aproximan al millón, como Bruselas, Praga, Colonia, Munich.
Han pasado modernamente a esta categoría otras localidades que a principios del siglo XIX tenían muy pocos habitantes católicos, y donde hoy existen comunidades de cientos de miles de miembros, como Londres, Berlín, pero especialmente en América: Nueva York, Filadelfia, Chicago. Boston, ciudadela un tiempo del puritanismo, hoy tiene setecientos mil habitantes, de los cuales tres cuartas partes son católicos.
No todo es sano en este crecimiento. Las ciudades se han desarrollado a costa de la población rural, que ha retrocedido casi en todas partes. Pero, sobre todo, este extraordinario incremento numérico no procede de un correspondiente aumento de la natalidad, sino que en gran parte es debido a la disminución del número de defunciones. Las ciencias médicas han obtenido auténticos triunfos a lo largo de todo el siglo XIX.
El descubrimiento de los gérmenes patógenos y de los medios para combatirlos ha permitido sanear las ciudades, prevenir epidemias, introducir la higiene en la vida individual, disminuir la mortalidad infantil, hallar métodos curativos para enfermedades que antes eran mortales. Como resultado de todo ello, el promedio de vida se ha casi doblado en el siglo pasado, lo cual constituye un acontecimiento de primer orden y de gran trascendencia en la historia de la cultura, pero que no deja también de tener sus lados obscuros. Muchos conflictos sociales, una gran parte del descontento y despecho dominantes en nuestra sociedad vienen menos del aumento numérico de la humanidad que del envejecimiento de la población.
No es misión de la Iglesia ocuparse de la higiene social y de los problemas demográficos. El Estado puede hasta cierto punto interesarse por un auge puramente numérico de su población, aunque sólo sea por consideraciones militares. Pero el concepto de «material humano» es completamente ajeno a la Iglesia. Los hombres no son, para ella, un medio para la consecución de un fin, sino objeto de su atención y tutela.