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León XIII (1878-1903)

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El entusiasmo que el mundo católico siente por su pastor, se vertió automáticamente sobre la persona del sucesor del gran Pío, Joaquín Pecci, León XIII, con ser éste tan distinto de aquél. Lo era ya exteriormente: los rasgos de Pío IX, nacido de noble familia, eran enérgicos y casi duros; la figura de León XIII, procedente de la burguesía, era elegante y espiritualizada, como la de un ser de otro mundo.

Las relaciones políticas con Italia no sufrieron variación. El papa siguió en el Vaticano como «prisionero», pero desplegando una actividad de alcance mundial. Bajo su pontificado fueron creadas doscientas cuarenta y ocho nuevas diócesis. Especial importancia tuvieron las numerosas encíclicas doctrinales en las que León XIII tomó posición ante los grandes problemas que conmovían el mundo: sobre el socialismo (Quod Apostolici muneris, 1878), sobre el Estado (Diuturnum illud, 1881, e Immortale Dei, 1885), sobre la cuestión social (Rerum novarum, 1891) y otras.

León XIII sentó los principios cristianos acerca del derecho y la justicia en el Estado y la sociedad, frente a concepciones unilaterales y erróneas, jalonando con ello el terreno sobre el que habían luego de trabajar los sociólogos y políticos católicos. Ello explica la frecuencia con que sus encíclicas fueron impresas, traducidas y comentadas, y el interés que despertaron entre amigos y adversarios.

En la vida política de la segunda mitad del siglo pasado se concedía una gran importancia a las visitas de los soberanos. Como León XIII observaba rigurosamente el principio de no recibir a los huéspedes del rey de Italia, los monarcas católicos se abstuvieron de ir a Roma. Los soberanos no católicos, sin embargo, como el emperador Guillermo II y el rey Eduardo VII, pudieron visitarle en el Vaticano. Bismarck le confió en 1885 el arbitraje en el litigio entre España y Alemania acerca de las islas Carolinas.

Es posible que León XIII exagerara algo el valor de las relaciones diplomáticas, especialmente de las de mayor aparato, siguiendo en ello la corriente de su tiempo. De ahí también la especial admiración que sentía por Inocencio III, al que hizo erigir un monumento en Letrán. No puede negarse, empero, que el papa gozaba en todo el mundo de un prestigio jamás conocido.

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