Pío IX (1846-1878)
A la muerte de Gregorio XVI subió a la Silla de san Pedro un hombre totalmente fuera de lo común: Juan María Mastai-Ferretti, bajo el nombre de Pío IX. No fue sólo extraordinaria la duración de su pontificado —treinta y un años—, sino también las consecuencias que éste ha tenido para la historia de la Iglesia. Podría preguntarse, a este propósito, si Pío IX estaba de suyo calificado para desempeñar un papel de semejante trascendencia universal. Acaso sus dotes fueron menos brillantes que las de algunos de sus predecesores. En política es indiscutible que cometió errores. No era un conocedor de hombres, como Paulo III, y en las cuestiones personales se equivocó a menudo.
Se le ha tachado de vanidad. Es verdad que deseaba y celebraba sus éxitos y triunfos; pero no hay que olvidar que cuando un papa triunfa, su éxito personal es al mismo tiempo un éxito de la Iglesia. El carácter singular y único de su posición lleva consigo la imposibilidad de retirarse modestamente detrás de su obra. En todo caso, Pío Nono ejerció un gran hechizo personal, y apenas hubo nunca un papa que fuera tan querido de los católicos del mundo entero, y tan respetado por los no creyentes.
Los inauditos golpes que tuvo que aguantar en su pontificado, y que culminaron en la inicua expoliación del Estado Pontificio, le confirieron una aureola incomparable, y los últimos siete años que pasó en el Vaticano como un soberano desposeído, se parecieron más a un triunfo permanente que a un encarcelamiento.
El desarrollo territorial de la Iglesia se refleja en la actividad desarrollada en su pontificado. En 1850 Pío IX creó la jerarquía eclesiástica inglesa, en 1853 la holandesa y, en total, fundó veintinueve arzobispados y ciento treinta y dos obispados. Los grandes progresos realizados en los medios de locomoción desde mediados del siglo, hicieron que las relaciones de cada una de las Iglesias con el centro fueran haciéndose cada vez más íntimas, y que la afluencia de creyentes a la Ciudad Eterna alcanzara proporciones jamás vistas hasta entonces. Ya en 1854, cuando la proclamación del dogma de la inmaculada
Concepción, y en 1862, con motivo de la canonización de los primeros mártires de la Iglesia japonesa, Pío IX se encontró rodeado de un número de prelados superior al congregado con ocasión de la mayoría de los concilios ecuménicos del pasado. Cuando en 1867 celebró el papa el MDCCC aniversario de la muerte de los apóstoles Pedro y Pablo, se reunieron en Roma unos quinientos obispos.