Pío X (1903-1914)
Al morir León XIII a la edad de noventa y tres años, el 20 de de julio de 1903, se produjo inmediatamente una cierta «reacción», en el sentido de desear un papa que más que «político» fuera «pastor». Tales etiquetas son, empero, muy poco expresivas. También León XIII había sido un sacerdote de pies a cabeza.
En el conclave el emperador de Austria, por mediación del cardenal de Cracovia, hizo oponer el veto al cardenal Rampolla, hasta entonces secretario de Estado. Las razones que Austria tuviera para dar este paso, que causó gran sensación, y sobre todo hasta qué punto obraba de acuerdo con el gobierno alemán, no han recibido aún una explicación satisfactoria.
Por lo demás, apenas si el veto influyó en las votaciones; en la siguiente, Rampolla tuvo incluso un voto más. Pero al final los cardenales se decidieron por el arzobispo de Venecia, el cardenal José Sarto. Uno de los primeros actos de éste fue suprimir definitivamente el derecho de veto, sin que los gobiernos hicieran ninguna objeción.
Pío X había empezado su carrera como párroco; no era un sabio, ni un hombre de letras como León XIII, que en sus horas de ocio componía excelentes himnos latinos, sino un hombre dado a la acción práctica. Ya en 1904 nombró una comisión encargada de preparar la nueva codificación de todo el derecho canónico, obra ingente que fue terminada en el pontificado siguiente. Pío X emprendió seguidamente una reorganización de las congregaciones de cardenales, que llegó a su término en 1908.
Entre otras cosas, las diócesis de Norteamérica, que seguían dependiendo de la congregación de la Propaganda, fueron equiparadas en cuanto a la administración a las de los restantes países. Como periódico oficial de la curia, creó en 1909 las Acta Apostolicae Sedis. En 1911 se publicó una importante reforma del Breviario. De incalculables efectos sobre la vida de devoción fueron las disposiciones de 1905 acerca de la comunión frecuente y de 1910 acerca de la comunión de los niños.
Uno de los grandes éxitos de este pontificado fue el desenmascaramiento de la solapada herejía del modernismo. Como es comprensible en una cuestión tan difícil y compleja, varias de las medidas adoptadas por la Iglesia a este respecto fueron objeto de encontrados juicios, incluso de parte de católicos perfectamente leales. No faltaron tampoco los hiperortodoxos, que se creían obligados a denunciar el supuesto modernismo de autores perfectamente fieles a la Iglesia.
Fue una lástima que el casi octogenario papa en sus últimos años concediera a tales denuncias más crédito del que merecían. Vista en conjunto, sin embargo, la rápida y radical extirpación del modernismo constituyó uno de los más beneficiosos acontecimientos de la moderna historia eclesiástica. La encíclica Pascendí de 1907, en la que culminó la condena, es una obra maestra en su género, digna de ocupar un puesto al lado del Tomus ad Flavianum de León el Grande y del decreto tridentino sobre la justificación.
Pío X era un hombre extraordinariamente devoto, un perfecto sacerdote y pastor, sencillo y natural, enemigo de ostentar su piedad con gestos aparatosos. Murió el 20 de agosto de 1914, a los pocos días de haber estallado la primera guerra mundial. Fue beatificado en 1951 y canonizado en 1954.