Trascendencia del concilio vaticano I
Aunque el concilio Vaticano quedó sin terminar, su trascendencia ha sido extraordinaria. Ya en su tiempo todo el mundo pudo advertir cómo había, aumentado gracias a él el prestigio moral de la Iglesia y el papado. De ahí el disgusto manifestado por todos los adversarios del catolicismo. Lo curioso es que el ataque se dirigió casi exclusivamente contra el dogma de la infalibilidad del papa.
La mayor parte no se dio cuenta de que casi era más importante la doctrina, definida al mismo tiempo, de la jurisdicción inmediata del papa sobre la Iglesia entera (in omnes et singulos pastores et fideles). Gracias a ella se imposibilitaba de una vez para siempre la resurrección de las antiguas ideas del galicanismo, febronianismo y sistemas afines, así como la difusión de la teoría anglicana de las tres Iglesias hermanas y equiparadas en derechos, la romana, la oriental y la anglicana.
Fue, naturalmente, absurdo que el gobierno, austriaco denunciara su concordato, con el pretexto de que la otra parte contratante, o sea el papa, había cambiado de condición en virtud de la definición conciliar. Ni el papa ni la Iglesia habían sufrido cambio alguno en su modo de ser; lo único ocurrido era que el concilio había puesto en claro importantes puntos doctrinales.
Tampoco es exacto decir que por efecto del concilio Vaticano el centralismo haya aumentado desmesuradamente en la Iglesia. El concilio no aportó tampoco cambio alguno en el régimen de ésta. Centralismo, en el sentido en que es habitualmente entendido este término, no puede haberlo en la Iglesia porque la jurisdicción de cada uno de los obispos sobre su respectiva grey nace del mismo derecho divino que la jurisdicción total del papa.
No fue vana la inmensa labor realizada en la preparación y estudio de las cuestiones sobre las que el concilio no pudo pronunciarse. La nueva codificación del derecho canónico empezada por Pío X se remonta, en realidad, a las sugerencias hechas en el concilio.