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Los últimos años de Pío IX

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Los sensacionales acontecimientos del año 1870 tuvieron por efecto aumentar en los católicos de todo el mundo el amor y la veneración al papa en una medida de la que apenas hay ejemplos en la historia anterior de la Iglesia. Claramente pudo verse esto en los agasajos hechos al venerable anciano víctima de tan amargos contratiempos, con ocasión de diversas conmemoraciones: sus bodas de oro sacerdotales en 1869, el vigesimoquinto y trigésimo aniversarios de su elevación al solio pontificio en 1871 y 1876 respectivamente, sus bodas de oro episcopales en 1877.

Cada una de estas fechas daba lugar a verdaderas manifestaciones. Sobre todo, la peregrinación a Roma se convirtió desde ahora en una peregrinación para ver al papa. Ver al papa es desde entonces la más ardiente ilusión de los católicos, el gran acontecimiento de sus vidas, que no se cansarán de relatar a sus hijos y a sus nietos. El retrato del papa cuelga en todos los hogares católicos, y su muerte es sentida como una desgracia familiar.

Para los que no sean católicos, no es fácil hacerse una idea de lo que es el amor de los católicos hacia su papa, sobre todo del que sintieron a partir de Pío IX y siguen sintiendo hoy. El católico ama a la persona del papa por el cargo que ostenta, y ama el cargo por la persona que lo reviste. Lo que por el papa siente es una veneración religiosa, sin necesidad de creerlo un ser de clase superior ni atribuirle facultades sobrenaturales. La postura de los católicos ante su papa es radicalmente distinta de la de las masas ante el caudillo del partido que los gobierna.

Los católicos no esperan hazañas de su papa ni aguardan de él ningún beneficio. Su dicha consiste en poderle ofrecer algo. En cierto sentido, su amor tiene mucho de compasión.

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