Actos y manifestaciones de masas
En la Iglesia la labor pastoral se realiza de persona a persona; ni la jerarquía ni los fieles congregados en las distintas comunidades constituyen nunca una masa. Sin embargo, las celebraciones multitudinarias tienen también su importancia en la vida eclesiástica, importancia que ha aumentado todavía en el siglo XX, en conformidad con el constante incremento en el número de fieles.
En este concepto entran en consideración, en primer lugar las peregrinaciones a determinados lugares santos, práctica que remonta a los tiempos medievales, pero que en estos dos últimos siglos, gracias sobre todo a la mayor facilidad de comunicación, han tomado unas proporciones jamás vistas.
Muchos antiguos centros de peregrinación vieron en el siglo pasado multiplicarse el número de visitantes: por ejemplo, Altötting, Kevelaer (Alemania), Mariazell (Austria), Czestochova (Polonia), Montserrat, Loyola (España), Guadalupe (Méjico); otros no han surgido hasta el siglo XIX: Pompeya (desde 1875), Ars (ya en vida de san Juan B. Vianney, † 1859), Parayle-Monial, y superándolos todos Lourdes (desde 1858); a éstos hay que añadir, en el siglo XX Lisieux (desde la canonización de santa Teresa del Niño Jesús) y Fátima (Portugal) desde 1917.
Atraen un gran número de devotos las peregrinaciones organizadas en fechas que se repiten periódicamente, en especial los jubileos o años santos romanos. En el último año santo de 1950 acudieron a Roma cerca de tres millones de personas. Actualmente los actos de masas de mayores proporciones son los congresos eucarísticos internacionales. La iniciativa para su celebración partió de una francesa, María Tamisier (nac. en Tours 1834, † 1910).
El primer congreso se celebró en Lille en 1881. Luego se celebraron anualmente, pero tardó mucho tiempo antes de que tales actos salieran fuera del ámbito francés. El auge de estas manifestaciones empezó con los congresos de Londres en 1908 y Colonia en 1909; a partir de este momento alcanzaron proporciones gigantescas. El de Montreal en 1910 fue el primero celebrado en suelo americano; siguióle el de Madrid en 1911, y al año siguiente el de Viena, que presentó la culminación de los celebrados antes de la guerra. Después de la interrupción causada por ésta, el primero tuvo efecto en Amsterdam en 1924: el de Chicago, en 1926, alcanzó unas proporciones típicamente americanas; vinieron después los de Sydney en Australia en 1928, Cartago en 1930, Dublín en 1932, Buenos Aires en 1934, Manila en 1936, Budapest en 1938.
Después de la segunda guerra mundial, el primero fue el de Barcelona, en 1952, que obtuvo también un gran esplendor. Del congreso eucarístico internacional, celebrado en Río de Janeiro en 1954, salieron fuertes impulsos para coordinar y renovar el trabajo pastoral en el continente sudamericano. En 1960 se celebró el congreso eucarístico internacional de Munich, que puso de manifiesto los frutos de largos años de trabajos litúrgicos. El congreso eucarístico celebrado en Bombay en 1964 se distinguió por la presencia en él del papa Pablo VI, presencia que se repitió en Bogotá en 1968. Los últimos congresos eucarísticos internacionales han tenido lugar en Melbourne (1973). Filadelfia (1976) y Lourdes (1981).
Una clase especial de actos de masas son los congresos católicos anuales Katholikentage, que desde largo tiempo vienen celebrándose en Alemania. La iniciativa partió de la asociación «Pius-Verein» fundada en 1848 por el deán de la catedral de Maguncia, Adam Franz Lenning, que ya en octubre de aquel año revolucionario organizó una asamblea general de todas las asociaciones católicas de Alemania. Luego estas asambleas que en primera línea servían de tribuna a la intelectualidad católica, recorrieron todos los distritos alemanes y causaron una especial impresión durante el Kulturkampf. Su rigurosa fidelidad a la Iglesia venía ya garantizada por la persona del que durante largos años fue presidente del comité central permanente, príncipe Carlos de Löwenstein († 1921).
Los congresos católicos alemanes fueron luego imitados con éxito en otros países, como Austria y Norteamérica.
No hay que caer en la tentación de subestimar el valor pastoral de estas gigantescas manifestaciones. No sólo dan ocasión para un intercambio de ideas, que es a veces muy valioso, sino que en ellas se reza mucho y son un motivo para recibir los sacramentos. La Iglesia católica es algo más que un lugar de oración callada, y los congresos y peregrinaciones sirven para recordar esta verdad a los católicos que preferirían atenerse al consejo evangélico: «Si quieres orar, vete a tu cuarto y enciérrate en él.» Tales actos desvanecen los respetos humanos, fortifican el ánimo para confesar la fe, fomentan el sentimiento de comunidad y obligan, además, a las autoridades civiles, no siempre bien intencionadas, a observar una actitud correcta ante la práctica pública dé los cultos religiosos.