Corrientes dentro de la iglesia
La vida interna de la Iglesia considerada en conjunto, presenta también un ininterrumpido progreso en todos los campos durante el siglo XX.
Muchas de las semillas sembradas y cuidadas con minuciosa atención en el siglo XIX no llegaron a su pleno desarrollo hasta el siguiente: mayor frecuencia en la recepción de los sacramentos, aumento de las vocaciones sacerdotales, educación religiosa a través de la escuela, la predicación y la palabra escrita, obras de beneficencia, celo misional.
Sin embargo, las inauditas perturbaciones provocadas por las dos guerras mundiales dejaron sus huellas en la vida interna de la Iglesia. Durante la primera guerra mundial, y aún más después de terminada, se pusieron de moda los «exámenes de conciencia».
Muchos católicos opinaban que la Iglesia era culpable de muchas cosas, que había fracasado. Se hablaba mucho de vida interior, de la necesidad de volver a hallar el camino conducente al espíritu del cristianismo primitivo; un gran número de fieles habían perdido la confianza en la cura de almas sacramental y jerárquica y se inició una febril búsqueda de nuevos métodos pastorales, mejor adaptados a los tiempos modernos.
Los sacerdotes, se decía, tenían que acercarse más al «pueblo», debían ir al encuentro de los «obreros», quizá convertirse en obreros ellos mismos. Se imponía proceder a una revisión de los principios de la moral cristiana, sobre todo los referentes al derecho de propiedad. Estas inquietudes se acentuaron, si cabe, con la segunda guerra mundial y durante el azaroso período posterior en que el mundo, dividido en dos grandes bloques, ha parecido estar al borde de su ruina con el aumento creciente de tensión entre las potencias dotadas de armas nucleares.
La convocatoria del concilio Vaticano II no sólo puede considerarse como una concreción de tales inquietudes sino que es lícito ya desde ahora señalarla como el comienzo de una nueva etapa en la historia de la Iglesia.