El movimiento litúrgico
Han significado también un real enriquecimiento de la vida religiosa los esfuerzos por hacer más accesibles a los seglares los textos y las ceremonias litúrgicas, facilitándoles así una participación más activa y gozosa en el culto divino. Este movimiento se remonta al siglo XIX.
En dichos esfuerzos pueden señalarse dos direcciones. Hubo en primer lugar la preocupación pastoral de acercarse más al pueblo, preocupación que partía de ideas desarrolladas en la época de la Ilustración, y apuntaba hacia formas litúrgicas cuanto más inteligibles mejor, con un uso lo más amplio posible de la lengua vernácula, todo ello con objeto de facilitar una participación más activa del pueblo en el culto divino. El campeón más famoso de estos esfuerzos fue Ignaz von Wessenberg († 1860), vicario general de Constanza.
En sentido opuesto a esta tendencia, hacia mediados del siglo XIX y encabezado sobre todo por el benedictino francés Prosper Guéranger, abad de Solesmes († 1875), surgió un movimiento que insistía sobre la uniformidad y unidad de la liturgia y, por tanto, sólo admitía el uso del latín. En Alemania, el benedictino de Beuron, Anselmo Schott († 1896), intentó conciliar las dos actitudes con la publicación de su misal bilingüe, que obtuvo un sorprendente éxito y fue objeto de muchas imitaciones.
Entre tanto, los estudios científicos, históricos especialmente, sobre liturgia, iban ampliándose y enriqueciéndose. En Alemania, sobre todo, se estableció un fructífero enlace entre la historia de la liturgia, estrictamente científica, y los esfuerzos en pro de una liturgia popular, dirigida hacia fines pastorales.
Los benedictinos de Maredsous (Bélgica) y María Laach (Alemania) contribuyeron de modo decisivo a la expansión del movimiento litúrgico en los principales países católicos, después del motu proprio de san Pío X sobre la música sagrada (1903).
La creación de un centro de Pastoral Litúrgica en París (1944) por iniciativa de los dominicos y de un Instituto de Liturgia en Tréveris (1947), órgano de la Comisión litúrgica que, desde 1940, asesoraba a la conferencia anual de los obispos alemanes en Fulda, permitieron coordinar esfuerzos y organizar asambleas internacionales de estudio en Maria Laach (1951), Odilienberg (1952), Lugano (1953), Lovaina (1954), Asís (1956), Montserrat (1958) y Munich (1960).
Sin negar que hubo algunas exageraciones, hay que reconocer que el auténtico movimiento litúrgico avanzó sin desmayo hacia el fin que se había propuesto, superando no pocas resistencias incluso por parte de la jerarquía, y lo alcanzó en gran parte gracias a la constitución litúrgica del concilio Vaticano II y a las nuevas normas romanas sobre el nuevo rito de la misa (1969), el nuevo calendario litúrgico (1969) y el posterior ritual del sacramento de la penitencia (1975), llamado a acentuar su aspecto comunitario y eclesial, aun manteniendo la forma histórica y tradicional de la confesión.