El tratado de Letrán
Entre las dos guerras mundiales, el acontecimiento más importante en el campo de la política eclesiástica fue la reconciliación del estado italiano con la Santa Sede. El deseo de reconciliarse, en el fondo, lo habían sentido ambas partes desde 1870. En el campo eclesiástico se daba ya por descontado que el restablecimiento del Estado Pontificio no era ni posible ni deseable.
De todos modos había que encontrar una solución que no implicara para el papa caer en una situación análoga a la que había ocupado frente a Francia en los tiempos de Aviñón.
Desde 1922 gobernaba en Italia Benito Mussolini en calidad de primer ministro y duce del partido fascista. Aunque personalmente indiferente en materia religiosa, estaba obsesionado por la idea de hacer de Italia una gran potencia, y deseaba eliminar la «cuestión romana» que era como una herida abierta en el cuerpo de la nación. Después de difíciles negociaciones, el 11 de febrero de 1929 entró en vigor el tratado llamado de Letrán, por haberse firmado en el palacio papal de este nombre. Lo subscribieron Mussolini, como primer ministro de Italia, y el cardenal Gasparri como secretario de Estado Pontificio.
El papa renunciaba a toda pretensión territorial sobre sus antiguos estados. Italia reconocía la zona del Vaticano con la basílica de San Pedro como estado soberano con representación diplomática, derecho a emitir pasaportes, sellos y moneda. Una serie de edificios e institutos papales esparcidos en la ciudad de Roma recibieron el derecho de extraterritorialidad en grados diversos. Italia pagó una indemnización global de mil setecientos cincuenta millones de liras. Al propio tiempo se concertaba un concordato sobre la situación de la Iglesia en Italia, condición impuesta por el papa para la firma del tratado.
Si han sido favorables o desfavorables las consecuencias del tratado de Letrán, sólo podrá decirlo, basándose en la experiencia, la historia futura. Lo que de momento estamos en situación desdecir, es que no se ve qué otra cosa podía hacer Pío XI.
La desdichada cuestión romana debía ser eliminada de una vez para siempre. Por otra parte, lo que el papa obtuvo en el año 1929 fue un mínimo: en el fondo, poco más de lo que le ofrecía la ley de garantías de 1871, tan enérgicamente rechazada en aquella fecha por Pío IX. En aquel momento importaba levantar la más enérgica protesta contra la expoliación de que se había hecho víctima a la Iglesia.
Pero de nada sirve protestar eternamente. Lo que la Iglesia necesita es la independencia del papa con respecto a cualquier poder político, y esto es lo que garantizaba el tratado de Letrán. Había quienes hubieran preferido una garantía internacional. Italia la rechazó, y Pío XI hizo bien en prescindir de ella.
No sólo porque una garantía internacional, prestada verbigracia por la Sociedad de Naciones, hubiera traído consigo una especie de tutela como la que existió en tiempo de la Liga Santa, sino sobre todo porque su valor era nulo. Mientras Italia siga por el camino del derecho, el papa no necesita la garantía de ninguna otra potencia; y si el derecho es conculcado, de nada sirven las garantías.