La dieta del Dr. Dukan

 

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La india

 

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En el año 1498, seis años después del primer viaje de Colón a América, Vasco de Gama, viniendo de Portugal por la vía del Cabo de Buena Esperanza, desembarcaba en Calcuta, en la costa occidental del Indostán. Más al sur ocuparon los portugueses, en 1502, Cochin, desembarcaron en Ceilán en 1505, en 1510 conquistaron Goa, hacia el norte, en 1512 se establecieron en la península de Salsette, frente al actual Bombay, y en 1536 se adueñaron de Diu, en la costa de Gujerat.

La India no es un país, sino una parte de la tierra, como Norte­américa o Sudamérica. Pero mientras América en tiempo de la conquista española, portuguesa e inglesa estaba casi despoblada, los portugueses se encontraron en la India con un mundo dotado de una rica cultura, con estados poderosos y una larga historia política. En la historia interior de la India las conquistas portuguesas sólo desempeñaban un papel muy secundario. La capital portuguesa, Goa, por brillantes que fueran durante un tiempo sus progresos, no pudo nunca pretender, ni de lejos, ser la capital de la India. La cristianización de la India es una tarea mucho más difícil que la cristianización de Europa, para la cual la Iglesia necesitó un milenio. No es, pues, de extrañar que aun hoy, a los cuatro siglos y medio de empezada, sean tan pequeños sus avances.

Ya Vasco de Gama llevó consigo dos trinitarios, uno de los cuales murió en el viaje y el otro fue más tarde asesinado. En 1500 Cabral llevó ocho franciscanos y varios sacerdotes seculares. Los primeros dominicos llegaron a la India en 1503. Pero no podía aún hablarse de una labor misional propiamente dicha, sobre todo en el interior. De mayor trascendencia fue la llegada de san Francisco Javier, que en el año 1542 desembarcó en Goa tras un viaje de trece meses. Javier era de origen navarro y figuraba, junto con san Ignacio de Loyola, entre los fundadores de la Compañía de Jesús.

Evangelizó personalmente al sur de Goa, en la costa de los Pescadores y en Travancor, pasó luego a Ceilán y en 1545 se trasladó más a Oriente. Su cuartel general siguió siendo Goa, aunque sólo volvió a estar allí de paso. Murió en 1552 en la isla de Sanchón, ante la costa meridional china, aún no cumplidos los cuarenta y siete años. La figura de Javier adquirió caracteres casi míticos, primero entre los navegantes del Extremo Oriente que lo habían conocido personal-mente, y luego también en Europa. Se contaban de él prodigios inauditos, se le atribuía el don de lenguas, resurrecciones de muertos y conversiones de cientos de miles de paganos. Nada de esto se encuentra en los relatos que tanto él como sus compañeros enviaban regularmente a Europa.

La trascendencia de Javier no radica en sus supuestas conversiones en masa, sino en la organización de la obra misional. Como había hecho en su tiempo san Pablo, Javier se dedicó a tantear el terreno, ensayar métodos y crear pequeños centros, cuyo posterior desarrollo encomendó a los colaboradores que a su lado se habían instruido. Si después de su muerte no faltaron los misioneros dispuestos a proseguir su labor, fue gracias a sus cartas, que pronto se difundieron por Europa entera y levantaron un indescriptible entusiasmo por las misiones. Ahí estriba, en segundo lugar, la importancia de este hombre extraordinario.

Sin embargo, los resultados no correspondieron a las esperanzas. No se consiguió sentar firmemente el pie en ninguna parte, fuera de la pequeña área de influencia portuguesa. Goa, que había recibido un obispo en 1533, fue elevada a arzobispado en 1558, con Cochin como sufragánea. En 1606 se le añadió el obispado de Mylapore, junto a Madrás, en la costa oriental, donde se veneraba el sepulcro del apóstol Tomás. Los cristianos llamados de Santo Tomás, en la costa occidental, unas comunidades de rito siro­nestoriano, cuyo origen es muy obscuro aunque es seguro que se remonta a un pasado muy remoto, se unieron en parte a la Iglesia católica en 1599 y recibieron un obispado propio, el de Cranganore.

Junto al mal ejemplo de los europeos, que en la India como en todos los países ultramarinos constituía un gran estorbo para la cristianización, el obstáculo que principalmente se oponía al éxito de las misiones entre los indígenas de la India, era el aspecto exótico de los misioneros. A los salvajes de América, incluso a los semicivilizados aztecas, los españoles con sus caballos y armas de fuego les habían hecho la impresión de dioses; a los cultos y autosuficientes hindúes, los portugueses con sus misioneros les parecían una plebe descastada.

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