La dieta del Dr. Dukan

 

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El nacionalsocialismo en Alemania

 

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Una persecución de índole especial fue la que desencadenó en Alemania el nacionalsocialismo. El movimiento nacionalsocialista había sido en un principio saludado con alborozo por muchos católicos, porque no veían en él peligro alguno para la religión, sino sólo un contrapeso al partido socialdemócrata, que desde el final de la guerra venía ejerciendo la hegemonía. Y en efecto sólo poco a poco fue el nacionalsocialismo adquiriendo el carácter de una ideología filosófica y, al fin, casi el de una religión.

Diversos elementos se aunaron para dar lugar a este proceso: la singular propaganda que desde el fin de la guerra había emprendido el general Ludendorff contra «judíos, jesuitas y masones», luego los ataques pseudocientíficos y sobre todo pseudohistóricos de Rosenberg, procedentes de la literatura anticristiana del siglo pasado, las teorías antropológicas sobre las razas, convenientemente desfiguradas para encajar con la ideología nacionalsocialista, y las doctrinas geopolíticas de Haushofer.

El suelo propicio para el desarrollo de estos gérmenes lo proporcionó el profundo resentimiento dejado en extensas capas de la población por la paz de Versalles y sus funestas secuelas. Esto era justamente lo que hacía delicada la posición de los católicos. Muchos creían que les sería posible aprobar, en parte siquiera, la política del nacionalsocialismo con tal que rechazasen su ideología. La prohibición dictada por los obispos de formar parte del partido, acarreó graves conflictos de conciencia.

La crisis económica iniciada en 1930 y la subsiguiente miseria y exasperación de las masas fueron causa de que el partido nacionalsocialista, convertido en partido de los descontentos, experimentara un gigantesco crecimiento. Las grandes potencias extranjeras no advirtieron el peligro. El 30 de enero de 1933 el presidente del Reich Hindenburg nombró canciller a Adolfo Hitler, y en las siguientes elecciones al Reichstag el partido obtuvo el 44 % de todos los votos. Como el nuevo gobierno declaró inmediatamente su propósito de conservar la paz religiosa, e incluso concertó un concordato con la Santa Sede con fecha de 20 de julio de 1933, los obispos no pudieron hacer otra cosa que levantar su prohibición.

Más tarde se ha formulado a menudo la pregunta de cómo fue que Pío XI y su secretario de Estado Pacelli, estando como estaban perfectamente informados de la situación en Alemania, pudieron resolverse a firmar un concordato, que el gobierno consideraba sólo como una jugada política, sin la menor intención de respetarlo. De seguro que no le fue fácil a Pío XI decidirse a dar este paso. Pero el papa no puede rechazar un tratado por el solo peligro de que luego sea conculcado. Lo que no podía consentir es que el gobierno pudiera decir: nosotros hemos alargado la mano, ofreciendo la paz, pero el papa no la ha aceptado.

Además, en aquel momento había una cierta posibilidad de que, una vez llegado al poder, el partido nacionalsocialista tomara una actitud más respetuosa con el derecho; la cosa no era en sí muy verosímil, pero, después de todo, la constitución seguía en vigor y el jefe del Estado, con el que el papa concluyó el concordato, era Hindenburg y no Hitler. Las demás potencias concertaron más tarde tratados con Hitler, cuando la constitución estaba ya abrogada, y no existía la menor perspectiva de que se restableciera la normalidad jurídica. Empezó entonces para la Iglesia alemana una época preñada de dificultades.

La forzada disolución del partido del Centro apenas podía ya perjudicar en nada, pues el Reichstag no desempeñaba el menor papel. Pero es que además fueron disueltas o «coordinadas» casi todas las organizaciones y asociaciones católicas, lo cual supuso cuantiosas pérdidas patrimoniales. Se cerraron conventos, y muchos clérigos, bajo las más distintas acusaciones o aun sin ellas, fueron encarcelados o confinados en campos de concentración.

 

 

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