Los países de misión
La extensión de la Iglesia por todo el orbe de la tierra, que hoy vemos llegar a su término, se ha producido de un modo aparentemente irregular, casi diríamos a empellones. Pero en realidad, no obedece al azar, sino a unas leyes propias, internas y externas. El marco exterior lo forma el horizonte geográfico del mundo conocido, que no ha cesado de ampliarse y que hasta el siglo XIX no ha llegado a comprender la tierra entera. El factor interno es, por así decir la fuerza de tensión que llena la Iglesia desde los días de los apóstoles y que, cada vez que un nuevo país entra en el campo visual de la humanidad, la empuja y capacita para penetrar en él.
La civilización humana nació en la cuenca oriental del Mediterráneo: Mesopotamia, Egipto, Grecia. Al venir al mundo el cristianismo, el centro de gravedad de la cultura seguía estando en este ámbito, pero se había producido ya un desplazamiento hacia occidente, y aquélla abarcaba ya el Mediterráneo entero. Cuando en el siglo VII apareció el Islam con una cultura nueva, aunque inferior, y ocupó los antiguos territorios del Oriente, al tiempo que trazaba una frontera a lo largo de todo el Mediterráneo, la antigua cultura, ahora ya cristiana, pasó a ser exclusivamente europea y occidental.
Durante largo tiempo pudo parecer como si la Iglesia hubiera de quedar confinada a Europa. Pero su tensión interna no había disminuido. Apenas había acabado de ocupar todo el espacio europeo, cuando el impulso expansionista descargaba ya en las cruzadas. El movimiento empezó, al estilo medieval, como una guerra de religión llevada a cabo con las armas, pero las órdenes mendicantes lo transformaron pronto en una empresa de propagación de la fe por medio de la predicación; y aunque al principio la empresa se limitó a tanteos y conatos sin éxito duradero, el hecho es que los franciscanos no sólo sostuvieron sus puestos en Tierra Santa bajo dominio turco, sino que a principios del siglo XIV penetraron profundamente en el Asia central hasta China.
La idea de las cruzadas, o sea, la conquista de nuevas tierras para la cristiandad con medios militares y políticos, pervivió en la Península ibérica, donde animaba la Reconquista, y una vez terminada ésta, suministró el impulso para la «Conquista» en la era de los descubrimientos. A la zaga de los conquistadores iban los apóstoles, que bajo la protección de la potencia colonial española y portuguesa desarrollaban su obra de evangelización en las nuevas tierras sometidas. Así fue como en el siglo XVI saltó hecho añicos el cerco que recluía a la Iglesia en Europa, y la mayor parte de América fue ganada para la catolicidad.
Pero en la Edad Moderna había cambiado la relación de la Iglesia con el poder secular. En la monarquía española fue donde subsistió más largo tiempo la idea del príncipe cristiano que empeña todo su poder para el engrandecimiento del reino de Dios. En los demás países el príncipe cristiano fue substituido por el Estado, atento sólo a sus intereses privativos, por lo que la Iglesia tuvo que procurar desprenderse de él para atender a su propio ministerio pastoral.
Es característico que justamente en el siglo XVI apareciera un nuevo nombre para designar la propagación de la fe: «misión». El término procede del vocabulario de san Ignacio de Loyola, que puso a sus compañeros de orden a disposición del papa para cualquier clase de «misión» que quisiera confiarles, haciéndoles confirmar su disposición a ello por medio de un especial voto de obediencia. Ahora bien, las «misiones» que más saltaban a la vista eran las relativas a los remotos países paganos, y así fue como se estableció el hábito de entender por «misión» el envío de un sacerdote a tierra de infieles, y finalmente la propia obra de convertir a éstos.
En el uso de esta palabra se encierra un profundo sentido histórico: no es ya el conquistador cristiano que invita la Iglesia a seguirle, sino que la Iglesia, el papa, envía sus mensajeros siempre que se le abren nuevas posibilidades. Sólo así se realizaron los presupuestos necesarios para que todos los pueblos católicos pudieran intervenir en la obra de la difusión de la fe.
La inconsciente fuerza de expansión que nunca había faltado en la Iglesia, se convirtió en una voluntad consciente de misión, y no sólo de las autoridades sino también de los individuos, aunque esta última fase no fue alcanzada hasta el siglo XIX. Pues aunque hacía tiempo que la Iglesia había rebasado los confines de Europa, extendiéndose sobre todo en América, quedaba aún sin hacer la mayor parte de la tarea, aun en América, y casi podría decirse que fue la voluntad de misión del siglo XIX lo que ha hecho de la Iglesia católica una auténtica Iglesia universal.