La dieta del Dr. Dukan

 

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Juan XXIII (1958-1963)

 

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Cincuenta y dos cardenales se reunieron para el conclave. Dos murieron todavía sede vacante. Dos no pudieron acudir a Roma: El cardenal José Mindszenty que, liberado de la prisión comunista por la revolución de Hungría en 1956, vivía refugiado en la embajada norteamericana de Budapest, y el cardenal Luis Stepinac, que tras años de cautividad, estaba internado en su pueblo natal croata, Krasic, y tenía que temer que, de abandonar el país, no podría volver más a Yugoslavia.

Fue elegido el hasta entonces patriarca de Venecia, cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, que tomó el nombre de Juan XXIII. Anteriormente había sido visitador apostólico en Bulgaria, delegado apostólico en Turquía y Grecia y, después de la segunda guerra mundial, nuncio apostólico en Francia. Le precedía la fama no sólo de prudente diplomático, sino también de bondadoso pastor de almas.

Como ningún otra papa, Juan XXIII se consagró inmediatamente a sus tareas de obispo de Roma. Rompiendo todas las formas del protocolo vigente, hizo frecuentes salidas del Vaticano, hasta el punto de participar durante la cuaresma en la liturgia de las varias iglesias estacionales, y visitar colegios, hospitales y cárceles. Las visitas del papa a las parroquias suburbanas se hicieron habituales durante su pontificado.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anunciaba la convocación de un concilio ecuménico y de un sínodo diocesano de Roma, así como la reforma del derecho canónico. El anuncio del concilio Vaticano II despertó vivo interés en todas las partes del mundo y suscitó vivas discusiones entre las comunidades o iglesias separadas de Roma. Juan XXIII señaló en posteriores alocuciones como misión capital del concilio la renovación o «puesta al día» (aggiornamento) de la Iglesia católica, como primer paso para la futura unificación de toda la cristiandad.

El sínodo romano, el primero en la historia de aquella diócesis, se celebró a fines de enero de 1960. El sínodo trató de aplicar a la Roma cosmopolita las experiencias pastorales hechas en diversas partes de la Iglesia universal y consideró como medio esencial para la renovación de la vida religiosa de la ciudad eterna el remozamiento e intensificación de la vida sacerdotal.

El concilio Vaticano II, inauguró sus tareas el 11 de octubre de 1962. La Comisión para la reforma del derecho canónico quedó constituida en Roma el 29 de marzo de 1963.

Ya en sus primeras creaciones de cardenales, rebasó Juan XXIII el número máximo tradicional de 70 cardenales. Esta ampliación del colegio cardenalicio perseguía dos fines. En primer lugar, por el nombramiento de numerosos cardenales de curia, el papa fue distribuyendo las tareas administrativas y de gobierno de la sede apostólica sobre el mayor número de personas posible, siendo de notar que los nuevos nombramientos afectaron a cardenales no italianos en medida hasta entonces desconocida. En segundo lugar, la ampliación hizo posible una representación más proporcionada de toda la Iglesia dentro del sacro colegio. Así Juan XXIII elevó por vez primera al cardenalato a obispos de Méjico, Uruguay, Japón, Filipinas y también a un obispo africano. Por voluntad del papa, los cardenales no residentes en Roma han de participar más intensamente que hasta ahora en el gobierno de la Iglesia universal. En lo sucesivo, en sus estancias en Roma, han de asistir a las sesiones de las congregaciones a que pertenezcan.

La creación de un Secretariado para la unión de los cristianos y la elevación del nuevo organismo a la categoría de Comisión conciliar (1960) pusieron de relieve la sincera preocupación del papa por el problema ecuménico. La labor desarrollada por este Secretariado en un breve lapso de tiempo constituye uno de los más indiscutibles timbres de gloria de su pontificado.

Son nueve las cartas encíclicas escritas por Juan XXIII: sobre el sacerdocio, con ocasión del centenario de la muerte de san Juan Bautista Vianney (Sacerdotii nostri primordia, 1-8-1959); sobre el santo rosario (Grata recordatio, 26-9-1959); sobre la situación de la Iglesia en países de misión (Princeps pastorum, 28-11-1959); sobre la devoción a la preciosísima sangre (Inde a primis, 2-6-1960); sobre el centenario de san León Magno (Aeterna Dei sapientia, 11-11-1961); sobre el futuro concilio (Poenitentiam agere, 1-7-1962); sobre la verdad, la unidad y la paz promovidas con espíritu de caridad (Ad Petri cathedram, 29-6-1959); sobre la doctrina social de la Iglesia (Mater et magistra, 25-5-1961) y sobre la paz entre los pueblos (Pacem in terris, 11-4-1963). De estas cartas, las tres que mencionamos en último lugar fueron dirigidas al mundo entero; la Pacem in terris, escrita pocas semanas antes de su muerte, el papa la publicó con la cabecera tradicional, añadiendo al final: «a todos los hombres de buena voluntad».

Esta generosa abertura del pontífice explica sin duda el eco enorme que tuvo su llamada dentro de la Iglesia y fuera de ella. Lejos de ser un «papa de transición» como algunos observadores habían pronosticado a raíz de su elección para ocupar el solio pontificio, Juan XXIII, en su breve pontificado, habrá impreso una profunda huella en la vida de la Iglesia. Los escritos emanados de su supremo magisterio, de modo especial sus dos encíclicas Mater et Maestra y Pacem in terris, figurarán entre los grandes documentos de la Iglesia de nuestro siglo. Pero es, sobre todo, la persona­lidad limpiamente evangélica de Juan XXIII, y su cristiana sencillez lo que le conquistaron el respeto y el amor de todos los hombres sin diferencia de raza o religión, que manifestaron de modo realmente impresionante el dolor que produjo su santa muerte ocurrida el 3 de junio de 1963. Se ha dicho de él que vino a señalar caminos: con su velocidad y brevedad de flecha, que dice: «Por ahí», aunque luego el transitar todo el camino y el llegar hasta ahí sea operación que quede encomendada a la metódica tarea de los que vengan detrás.

 

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