La dieta del Dr. Dukan

 

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Pablo VI (1963-1978)

 

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Para suceder a Juan XXIII fue elegido, el 21 de junio de 1963, en el tercer escrutinio de un conclave que duró un solo día, el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini (* 1897). Asistieron al conclave ochenta cardenales (dejaron de acudir Mindszenty, de Budapest y La Torre, de Quito). El nuevo pontífice había trabajado en la Secretaría de Estado junto a Pío XII hasta 1954, como substituto y, más tarde, prosecretario de Estado. En el año indicado es promovido arzobispo de Milán e inicia una incansable acción pastoral que se prolonga a lo largo de ocho años. Al ser elegido papa, adoptó el nombre de Pablo VI. Inmediatamente declaró que pensaba continuar y llevar a buen fin el concilio que la muerte de Juan XXIII había interrumpido; en 1965, después de cuatro densas sesiones el Vaticano II quedó clausurado.

Produjeron una sensación mundial los viajes al extranjero em­prendidos por Pablo VI, los primeros que hacía un pontífice desde la visita que en 1804 hizo Pío VII a París para la coronación de Napoleón I. El primer viaje —anunciado a la terminación de la segunda sesión del concilio— fue a Tierra Santa, en 1964, donde se entrevistó con el patriarca ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Atenágoras, e intercambió con él el ósculo de hermano. A últimos del mismo año asistió al congreso eucarístico de Bombay.

En 1965 habló ante la asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York. Un proyectado viaje al santuario polaco de Czestochowa, para clausurar la celebración del milenario de la evangelización de Polonia, fue impedido por la oposición del gobierno de aquel país. En el cincuentenario de las apariciones de Fátima (1967) visitó el papa este santuario portugués.

El 25 y 26 de julio de 1967 Pablo VI estuvo en Turquía, visitó Estambul y Éfeso y tuvo una nueva conferencia con el patriarca ecuménico Atenágoras. Al año siguiente, se dirige a Bogotá (1968) para asistir al congreso eucarístico y también para inaugurar en Medellín la II asamblea general del CELAM (Consejo Episcopal Latino Americano). En 1969 se traslada a Ginebra para pronunciar en la sede de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) un discurso pidiendo que se supere el desequilibrio entre países ricos y pobres. Visita asimismo la sede del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

El mismo año se traslada a Uganda. Finalmente, en 1970, a los 73 años de edad, realiza su viaje más largo y agotador (diez días) a extremo oriente, con el triste episodio del frustrado atentado de Manila. Tal actividad de apostolado itinerante, corriendo in­cluso graves peligros, le vale la simpatía de las Iglesias cristianas alejadas de Roma que ven en él «el papa del diálogo y de la paz».

Siguiendo los pasos de las encíclicas de Juan XXIII, también las de Pablo VI hallaron, por lo general, un eco notable, traspasando en muchos casos las simples fronteras de los intereses eclesiales. La Ecclesiam suam (1964) fue una exhortación a la fidelidad a la tradición dentro de la necesaria renovación y un impulso a la actitud dialogante de la Iglesia. Mysterium fidei (1965) quería salir al paso de las discusiones existentes entre los teólogos sobre la comprensión de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y el sentido del rito fundamental de la Iglesia de Jesucristo.

Populorum progressio (1967) postulaba el progreso económico, cultural y espiritual de los pueblos subdesarrollados y era una llamada a los países ricos en favor de los pobres. Sacerdotalis caelibatus (1967) defendía la condición tradicional del sacerdote en su concepción. Finalmente, Humanae vitae (1968) suscitó discusiones interminables.

Pablo VI, fallecido el 6 de agosto de 1978, hacía él mismo un balance de su pontificado en la homilía pronunciada el 29 de junio del mismo año. Afirmaba el papa que su servicio había querido ser el de Pedro: servir a la verdad de la fe y ofrecer esta verdad a cuantos la buscan. La verdad de la fe es el depósito recibido de Cristo por medio de los apóstoles, que se mantiene intacto en la Iglesia gracias a la presencia en ella del Espíritu Santo y a la misión especial confiada a Pedro y a la del colegio de los apóstoles, en comunión con Pedro. Éste, decía el papa, ha sido el propósito de estos quince años de pontificado: fidem servavi.

Éste se caracterizó, pues, por un creciente interés del mundo hacia la Iglesia, pero también por una inquietud, advertida incluso entre los creyentes, que no ha sido provocada por el concilio, pero que éste ha hecho patente. La necesidad de adaptar la Iglesia al mundo moderno —lo que el papa Juan XXIII llamaba «aggiornamento» —, necesidad que existía desde mucho atrás, pero a la que quizá no se había prestado atención suficiente, se manifestó y cobró forma precisamente en el concilio.

Y en este punto, conviene recordar la actitud pontificia con respecto al tercer mundo, a los países del Este y a las ideologías tradicionalmente tenidas por adversarias de la Iglesia (con la famosa distinción, recogida de Pacem in terrìs, entre las doctrinas firmemente establecidas y los movimientos socialistas o marxistas).

 

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