Pío XI (1922-1939)
Después de casi un siglo de estar la Silla de san Pedro ocupada por hombres de tan extraordinario valor, podía parecer dudoso que una vez más pudiera encontrarse una personalidad realmente grande para ejercer este cargo, el más alto de la tierra. Algunos pensaban en Gasparri, el verdadero creador del nuevo código, que había sido secretario de Estado bajo Benedicto XV; otros pensaban en Merry del Val, el secretario de Estado de Pío X, pero que tenía muchos enemigos.
Al fin fue elegido un homo novus, Achule Ratti, desde hacía poco arzobispo de Milán y cardenal. Como hombre de ciencia no era, empero, Ratti ningún homo novus. En Milán había sido prefecto de la biblioteca Ambrosiana, más tarde lo había sido en Roma de la Vaticana, estaba en correspondencia con muchos eruditos, conocía muchos países extranjeros y hablaba corrientemente el alemán.
Pío XI tenía mucho de los grandes papas reformistas del siglo XVI: su vitalidad y capacidad de trabajo, su amplitud de visión, y también su afición a construir. Cuando las finanzas de la Santa Sede se vieron más aliviadas gracias al tratado con Italia, emprendió una total restauración del conjunto del palacio Vaticano, que bien lo necesitaba, creó la pinacoteca Vaticana y erigió una serie de edificios utilitarios en la Ciudad del Vaticano, entre ellos la emisora de radio y varios institutos en Roma.
Para sus colaboradores inmediatos no era un superior de trato cómodo, pues exigía mucho de todo el mundo, pero sabía también inspirar confianza. Su secretario de Estado durante la primera mitad de su pontificado fue Gasparri, y desde 1930 Pacelli, del que esperaba que fuera su sucesor.
Para la gran obra de la reconciliación con Italia era Pío XI el hombre más indicado, pues podía tratar de igual a igual a aquel genial hombre de acción que fue Mussolini, sin que éste pudiera intimidarle. Cuando en 1938 Hitler hizo un viaje a Roma, recibido por Mussolini con pompa real, sin ir a visitar al papa. Pío XI se retiró a su villa de Castelgandolfo e hizo cerrar los museos del Vaticano.
Entre las numerosas encíclicas de Pío XI destacan la referente a la moral matrimonial (Casti connubii, 1930) y la relativa al orden social (Quadragesimo anno, 1931), enlazada con la encíclica Rerum novarum de León XIII, aparecida cuarenta años antes. No tuvieron en cambio el resultado apetecido sus esfuerzos acerca de la Acción Católica, que él concebía como un instrumento para una más enérgica y completa organización del apostolado laico.
En muchos países no italianos, donde los seglares católicos pecaban casi de un exceso de organización, la Acción Católica fue entendida como una especie de organismo central simultáneamente ramificado en grupos diocesanos y parroquiales, lo que no sólo significaba una perturbación para muchas grandes corporaciones ya existentes sino que produjo además una mayor vinculación a la jerarquía de las organizaciones seglares, en lugar de crear el deseado apostolado laico.
Además del año santo normal de 1925, Pío XI hizo celebrar dos jubileos extraordinarios, en 1929 y en 1933, de los cuales el último sobre todo atrajo a Roma Una cantidad jamás vista de peregrinos. A Pío XI le gustaban las grandes solemnidades y se preocupaba de que se celebraran con la mayor dignidad posible. Pero no ambicionaba la popularidad.
Entre el pueblo romano fue acaso menos popular que muchos de sus antecesores, pero era en cambio muy respetado. Esto se vio con ocasión de su fallecimiento. Durante varios días estuvo la gente (un millón de personas) desfilando ante el cadáver expuesto en la basílica de San Pedro, y los cinco mil soldados facilitados por el gobierno italiano apenas bastaban para mantener el orden en la gran plaza.