A principios del siglo VIII a. C., el malestar se estaba extendiendo por el mundo. En cuatro regiones diferentes aparecieron numerosos profetas y sabios que empezaron a buscar una nueva solución. El filósofo alemán Karl Jaspers llamó a este período «era axial» porque resultó crucial para la evolución espiritual de la humanidad; las ideas desarrolladas durante esta época han seguido nutriendo a hombres y mujeres hasta la actualidad. La era axial señala el inicio de la religión tal como la conocemos. Fue en este período cuando el género humano tomó conciencia de su naturaleza, sus circunstancias y sus limitaciones con una claridad sin precedentes. Surgieron nuevos sistemas religiosos y filosóficos: el confucianismo y el taoísmo en China; el budismo y el hinduismo en India; el monoteísmo en Oriente Medio, y el racionalismo griego en Europa. Estas tradiciones axiales estaban asociadas a hombres como los grandes profetas hebreos de los siglos VIII, VII y VI a. C.; con los sabios de los Upa-nishadsycon Buda (c. 563-483) en India; con Confucio (551-479) y con el autor del Tao te king en China, así como con los autores de tragedias del siglo V a. C. y los filósofos Sócrates (469-399), Platón (427-347) y Aristóteles (384-322) en Grecia.
Hay muchas cosas sobre la era axial que aún son un misterio. No sabemos por qué afectó sólo a los chinos, indios, griegos y judíos, ni por qué no se desarrolló nada comparable en Mesopotamia ni en Egipto. Es cierto, sin duda, que todas las regiones axiales se encontraban en una época de gran agitación política, social y económica. Había guerras, deportaciones, matanzas y destrucción de ciudades. También surgía una nueva economía de mercado: el poder estaba pasando de los sacerdotes y los reyes a los mercaderes, y eso molestaba a las antiguas jerarquías. Estas nuevas doctrinas no se desarrollaron en remotos desiertos ni en ermitas perdidas en las montañas, sino en un ambiente, digamos, de capitalismo y altas finanzas. Pero la agitación reinante no explica por si sola la revolución axial, que dejó una huella indeleble en el modo en que los seres humanos se relacionaban consigo mismos, entre ellos y con el mundo circundante.
Todos los movimientos axiales compartían sus ingredientes fundamentales. Eran plenamente conscientes del sufrimiento que parecía consustancial a la condición humana, y todos subrayaban la necesidad de una religión más espiritualizada que no dependiera tanto del ceremonial y las prácticas externas. Manifestaban un nuevo interés por la conciencia y la moral individuales. En lo sucesivo no bastaría con observar meticulosamente los ritos convencionales; los practicantes también deberían tratar a sus semejantes con respeto. Todos los sabios axiales rehuían la violencia de su tiempo, y predicaban una ética de solidaridad y justicia. Enseñaban a sus discípulos a buscar la verdad en su interior y a no confiar en las enseñanzas de sacerdotes y religiosos. No había que fiarse de nada, había que ponerlo todo en tela de juicio, y los viejos valores, de los que hasta entonces nunca se había dudado, debían ser sometidos a un escrutinio crítico. Una de las áreas que exigía un nuevo análisis era, por supuesto, la mitología.
Cada uno de los movimientos axiales adoptaba una posición ligeramente diferente con respecto a los mitos antiguos. Algunos manifestaban hostilidad hacia determinadas tendencias míticas; otros adoptaban una actitud más tolerante. Pero todos hacían una interpretación más interior y ética de los mitos de sus respectivas culturas. La aparición de la vida urbana había determinado que la mitología ya no se aceptara como algo indiscutible. La gente la examinaba con un enfoque crítico, pero cuando se enfrentaba al misterio de la psique, instintivamente volvía a recurrir a los antiguos mitos. Quizá hubiera que adaptar las historias, visto que la sociedad todavía las consideraba necesarias. Si los reformadores más exigentes censuraban un mito, a veces éste resurgía ligeramente modificado. Así pues, incluso en estos sistemas religiosos más elaborados, la humanidad no podía pasar sin la mitología.
Pero los humanos ya no vivían lo sagrado con la misma facilidad que sus antepasados. Los dioses habían empezado a abandonar la conciencia de los pobladores de las ciudades. Los pueblos de los países axiales seguían anhelando la trascendencia, pero ahora lo sagrado parecía remoto, incluso ajeno. Ahora había un abismo que separaba a los mortales de sus dioses. Ya no compartían la misma naturaleza, ya no era posible creer que los dioses y los hombres derivaban de la misma sustancia divina. Los primeros mitos hebreos habían imaginado un dios que podía comer y conversar con Abraham como si ambos fueran amigos, pero cuando los profetas de la era axial se encontraron con ese mismo dios, lo vivieron como una espantosa conmoción, que o bien ponía en peligro sus vidas o los dejaba aturdidos y perturbados. Ahora la realidad suprema parecía algo prácticamente inalcanzable. En India, los budistas pensaban que sólo podían acceder a la paz sagrada del Nirvana atacando ferozmente su propia conciencia mediante unos ejercicios de yoga que no estaban al alcance de la gente corriente, mientras que los jainíes practicaban un ascetismo tan riguroso que algunos hasta morían de hambre. En China, Confucio creía que el Tao, la realidad suprema, se había alejado tanto del mundo de los hombres que era mejor no hablar de él. Esta experiencia religiosa, radicalmente distinta, significaba que la mitología ya no podía referirse fácilmente a lo divino empleando el antiguo antropomorfismo.