Como casi todo en la vida, muchos descubrimientos modernos tenían un inconveniente. La nueva astronomía abrió una visión fascinante del cosmos. Nicolás Copérnico (1473-1543) concebía sus investigaciones científicas como una actividad religiosa que lo llenaba de sobrecogimiento, pero sus hallazgos eran inquietantes. Los mitos habían permitido que los hombres se creyeran ligados a la esencia del universo, y sin embargo ahora resultaba que sólo ocupaban un lugar secundario en un planeta mediocre que giraba alrededor de una estrella menor. Ya no se podía confiar en las propias percepciones, porque en realidad la tierra, que parecía estática, estaba en rápido movimiento. Cada vez se animaba más a los individuos a que pensaran por sí mismos, pero también estaban cada vez más sometidos a los «expertos» modernos, los únicos que podían descifrar la naturaleza de las cosas.
En Gran Bretaña, Francis Bacon (1561-1626) formuló una declaración de independencia para emancipar la ciencia de las trabas de la mitología. En su obra El avance del saber (1605) proclamaba una nueva y gloriosa era. Nada debía obstaculizar este progreso. Todos los mitos de la religión debían someterse a una rigurosa crítica, y si contradecían los hechos comprobados debían desecharse. La razón era lo único que daba acceso a la verdad. El primer científico que asumió por completo ese espíritu empírico fue, probablemente, sir Isaac Newton (1642-1727), quien sintetizó los hallazgos de sus predecesores mediante una aplicación estricta de las incipientes disciplinas científicas de la experimentación y la deducción. Newton creía —erróneamente— que estaba aportando a sus contemporáneos una información certera y sin precedentes sobre el
mundo, que el sistema cósmico que él había descubierto coincidía por completo con los hechos, y que demostraba la existencia de Dios, el gran Mechanick que había creado la complicada maquinaria del universo.
Sin embargo, esta inmersión total en el logos impidió a Newton apreciar otras clases de percepción más intuitivas. Para él, la mitología y el misticismo eran formas de pensamiento primitivas. Tenía la impresión de que su misión era purgar el cristianismo de doctrinas como la de la Trinidad, que desafiaban las leyes de la lógica. Fue incapaz de entender que la doctrina de la Trinidad había sido concebida por los teólogos griegos del siglo IV precisamente como un mito, parecido al de los cabalistas judíos. Como había explicado Gregorio, obispo de Niza (335-395), Padre, Hijo y Espíritu Santo no eran hechos objetivos y ontológicos, sino simplemente «términos que empleamos» para expresar el modo en que la «innombrable e indescriptible» naturaleza divina se adapta a las limitaciones de nuestra mente humana. Uno no podía convencerse de la Trinidad por medios racionales, al igual que no podía convencerse del significado objetivo de una obra maestra musical. Pero Newton sólo podía entender la doctrina de forma racional. Si algo no podía explicarse mediante la lógica, era falso. «Cuando se trata de asuntos de religión, el carácter visceral y supersticioso de una parte de la humanidad se deleita con los misterios y, por ese motivo, prefiere lo que menos entiende.» Pero hoy en día, los cosmólogos, que no encuentran en el universo espacio para el Mechanick de Newton, han destruido a ese dios racional, y el problema que numerosos cristianos occidentales tienen con la Trinidad demuestra que mucha gente comparte su incapacidad de pensar de forma mítica. Los mitos como el de la Trinidad se inventaron para recordar a los cristianos que no podían pensar en lo divino en términos de una simple personalidad. Pero Newton no buscaba trascendencia; él sólo podía tomar en serio el sistema que él mismo había diseñado.
El logos científico y el mito se estaban volviendo incompatibles. Hasta ahora, la ciencia se había desarrollado dentro de una mitología global que explicaba su importancia. El matemático francés Blaise Pascal (1623-1662), un hombre profundamente religioso, quedó horrorizado cuando contempló el «eterno silencio» del universo infinito descubierto por la ciencia moderna.
Cuando veo la ceguera y la desdicha de los hombres, cuando contemplo el letargo que impera en el mundo entero, y a los hombres abandonados, sin luz, como si estuvieran perdidos en este rincón del universo sin saber quién los puso aquí, qué tienen que hacer ni qué será de ellos cuando mueran, incapaces de comprender nada, el terror se apodera de mí, como quien, tras viajar en sueños a una inhóspita isla desierta, despierta sintiéndose desorientado y sin forma de escapar de allí. Entonces me asombra que semejante desdicha no conduzca a la gente a la desesperación.
Este tipo de confusión también forma parte de la experiencia moderna.
Durante la Ilustración, en el siglo XVIII, la niebla pareció disiparse. John Locke (1632-1704) se dio cuenta de que era imposible demostrar la existencia de lo sagrado, pero no tenía ninguna duda de que Dios existía ni de que la humanidad había entrado en una era más positiva. Los filósofos alemanes y franceses de la Ilustración consideraban obsoletas las antiguas religiones místicas y míticas. Lo mismo les ocurría a los teólogos británicos John Toland (1670-1722) y Matthew Tindall (1655-1733). Sólo el logos podía conducirnos a la verdad, y el cristianismo debía desprenderse de todos sus elementos misteriosos y míticos. Los viejos mitos empezaban a interpretarse como si fueran ¡ogoi, una tendencia completamente nueva y condenada al fracaso, pues aquellas historias no eran ni habían sido nunca objetivas.