En el siglo XVI, casi mediante ensayo y error, la población de Europa —a la que más tarde se uniría la de Estados Unidos— comenzó a crear una civilización que no tenía precedentes en la historia del mundo, y que durante los siglos XIX y XX se extendería a otras zonas del planeta. Fue la última gran revolución de la civilización. Al igual que el descubrimiento de la agricultura y la invención de las ciudades, ejercería un fuerte impacto cuyas consecuencias sólo ahora empezamos a apreciar. La vida ya nunca sería como antes, y quizá la consecuencia más importante —y potencialmente desastrosa— de este nuevo experimento fue la muerte de la mitología.
El mundo occidental moderno era fruto del logos. Además, tenía una nueva base económica. En lugar de depender de un excedente de productos agrícolas, como todas las civilizaciones premo-dernas, la nueva civilización occidental se basaba en la reproducción tecnológica de recursos y en la constante reinversión del capital. Esto liberó a la sociedad de muchas limitaciones de las culturas tradicionales, cuya base agraria había sido inevitablemente precaria. Hasta entonces, lo más probable era que un invento o una idea que requería la inversión de demasiado capital fueran aparcados, porque ninguna sociedad anterior a la nuestra podía permitirse la incesante reproducción de la infraestructura que a nosotros, ahora, nos parece normal. Las sociedades agrícolas eran vulnerables porque dependían de variables como las cosechas y la erosión del suelo. Los imperios se expandían, contraían más y más compromisos e, inevitablemente, acababan agotando sus recursos económicos. Pero Occidente había desarrollado una economía que hasta hace poco parecía indefinidamente renovable. En lugar de mirar al pasado y conservar lo que se había conseguido, como habían hecho hasta entonces las civilizaciones premodernas, los pueblos de Occidente empezaron a mirar hacia delante. El largo proceso de modernización en que Europa invirtió unos tres siglos implicó una serie de profundos cambios: la industrialización, la transformación de la agricultura, las revoluciones políticas y sociales para reorganizar la sociedad y adaptarla a las nuevas condiciones, y una «ilustración» intelectual que menospreciaba los mitos por considerarlos inútiles, falsos y pasados de moda.
El logro de Occidente se basaba en el triunfo del espíritu pragmático y científico. La nueva consigna era la eficacia: todo tenía que funcionar. Una nueva idea o un invento tenía que demostrarse de forma racional y adaptarse al mundo exterior. A diferencia del mito, el logos debe concordar con los hechos; es fundamentalmente práctico; es el modo de pensamiento que utilizamos cuando queremos resolver algo; mira siempre hacia delante para conseguir un mayor control del entorno o para descubrir algo nuevo. En lo sucesivo, el nuevo héroe de la sociedad occidental fue el científico o el inventor, que se adentraba en reinos inexplorados por el bien del resto de la sociedad. Muchas veces tenía que derrotar a antiguos elementos sagrados, como habían hecho los sabios de la era axial. Pero los héroes de la modernidad occidental iban a ser los genios tecnológicos o científicos del logos, no los genios espirituales inspirados en el mythos. Esto significaba que los modos de pensamiento intuitivos, míticos, serían relegados en favor de un espíritu de racionalidad científica más pragmático y lógico. Como gran parte de la población occidental no utilizaba los mitos, mucha gente acabó por no saber qué eran.
En Occidente reinaba un nuevo optimismo. La población tenía la impresión de que ejercía un mayor control sobre su entorno. Ya no había leyes sagradas o inmutables. Gracias a sus descubrimientos científicos, la humanidad podía manipular la naturaleza y mejorar su suerte. Los descubrimientos de la medicina moderna, la higiene, las técnicas de ahorro de trabajo y los medios de transporte perfeccionados mejoraron mucho la vida en Occidente. Pero el logos nunca había podido proporcionar a los seres humanos la sensación de trascendencia que ellos parecen exigir. Había sido el mito lo que había dado estructura y significado a su vida, pero a medida que avanzaba la modernización y el logos conseguía sus espectaculares logros, la mitología se fue desacreditando. Como resultado de ello detectamos, quizá ya en el siglo XVI, un profundo desencanto, una parálisis intelectual y una sensación de impotencia y rabia mientras el antiguo modo de pensamiento mítico se derrumbaba sin que nada viniese a sustituirlo. Actualmente se puede apreciar una anomia parecida en países que todavía se encuentran en las primeras etapas de la modernización.
En el siglo XVI, esta alienación quedó patente en los reformadores que intentaron hacer de la religión europea algo más racionalizado, eficaz y moderno. Martín Lutero (1483-1556) sufría tremendas depresiones y ataques de furia. Ukico Zuinglio (1484-1531) y Juan Calvino (1509-1564) compartían la absoluta impotencia de Lutero ante las tribulaciones de la existencia humana, un desasosiego que los impelía a buscar una solución. Su cristianismo reformado mostraba hasta qué punto se oponía el reciente espíritu moderno a la conciencia mítica. En la religión premoderna, el parecido se equiparaba a la identidad, de modo que un símbolo era lo mismo que la realidad que representaba. Ahora, según los reformadores, un rito como la Eucaristía «sólo» era un símbolo, algo básicamente independiente. Como cualquier rito premoderno, la misa había representado la muerte expiatoria de Cristo, que por ser mítica era eterna, y la había convertido en una realidad actual. Para los reformadores era simplemente la conmemoración de un suceso del pasado. Se renovó el interés por las Escrituras, pero el moderno invento de la imprenta y la expansión de la alfabetización alteraron la percepción que la gente tenía de los textos sagrados. La lectura silenciosa y en solitario sustituyó a los recitados litúrgicos. Ahora la gente podía conocer la Biblia con mayor detalle y formarse sus propias opiniones, y como ya no se leía en un contexto ritual, resultaba fácil acercarse a ella de un modo laico en busca de información objetiva, como a cualquier otro texto moderno.