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Una vez más, comprobamos que la mitología no es escapista. Los nuevos mitos neolíticos siguieron obligando a la gente a afrontar la realidad de la muerte. No eran bucólicos idilios, y la Diosa Madre no era una deidad dulce y consoladora, porque la agricultura no se experimentaba como una ocupación pacífica y contemplativa. Era una batalla constante, una lucha desesperada contra la esterilidad, la sequía, el hambre y las violentas fuerzas de la naturaleza, que también eran manifestaciones de un poder sagrado. La imaginería sexual de la siembra no significaba que la agricultura se viviese como una romántica aventura amorosa con la naturaleza. La reproducción humana era sumamente peligrosa, tanto para la madre como para el hijo. Del mismo modo, la labranza de los campos sólo se lograba tras un duro y agotador trabajo. En el Génesis, el desarrollo de la agricultura es la consecuencia de la pérdida del estado paradisíaco original. En el Edén, los primeros seres humanos cuidaban el jardín de Dios sin esfuerzo alguno. Tras la expulsión del paraíso, la mujer dará a luz sus hijos con dolor, y el hombre tendrá que arrancarle el sustento a la tierra con el sudor de su frente.
En la mitología primitiva, la agricultura está impregnada de violencia y la comida sólo se consigue mediante una constante guerra contra las fuerzas sagradas de la muerte y la destrucción. La semilla tenía que penetrar en la tierra y morir para dar su fruto, y su muerte era dolorosa y traumática. Las herramientas de labranza parecían armas, había que moler el maíz hasta convertirlo en polvo, y había que pisotear las uvas hasta hacer con ellas una papilla que después se convertiría en vino. Todo eso lo vemos en los mitos sobre la Diosa Madre, cuyos esposos casi siempre acaban destrozados, desmembrados, brutalmente mutilados y asesinados antes de poder renacer, como las cosechas, a una nueva vida. Todos esos mitos hablan de una lucha a muerte. En los viejos mitos heroicos de la era paleolítica, solía ser un héroe masculino quien iniciaba un peligroso viaje en pos de conseguir ayuda para su pueblo. Después de la revolución del Neolítico, los varones son a menudos ineptos y pasivos. Es la diosa femenina la que recorre el mundo, la que lucha contra la muerte y obtiene el sustento de la raza humana. La Madre Tierra se convierte en un símbolo del heroísmo femenino en unos mitos que, en última instancia, hablan de equilibrio y armonía restablecidos.
Esa idea está muy bien expresada en el mito de Anat, la hermana y esposa de Baal, el dios de la tormenta, que simboliza no sólo la lucha de la agricultura, sino también la dificultad de conseguir la plenitud y la armonía. Baal, que lleva la lluvia a la sedienta tierra, está en constante y creativo combate con monstruos que encarnan las fuerzas del caos y la desintegración. Un día es atacado por Mot, el dios de la muerte, la esterilidad y la sequía, que continuamente amenaza con convertir la tierra en un páramo. Al ver acercarse a Mot, el miedo se apodera por primera vez de Baal, que se rinde sin ofrecer resistencia. Mot lo mastica como si fuera un sabroso trozo de cordero, y lo obliga a descender al infierno, la tierra de los muertos. Como Baal ya no puede llevar la lluvia a la tierra, la vegetación se marchita y muere, en medio de las lamentaciones generales. El, padre de Baal —un típico Dios Supremo—, no puede hacer nada. Cuando se entera de la muerte de su hijo, desciende de su trono, se golpea el pecho y se araña las mejillas, siguiendo el rito tradicional del duelo, pero no puede salvarlo. La única deidad eficaz es Anat. Llena de dolor y rabia, Anat vaga por la tierra, consternada, en busca de su alter ego, su otra mitad. El texto sirio que ha conservado este mito nos dice que la diosa llora por Baal «como una vaca por su ternero o una oveja por su cordero». La Diosa Madre se pone tan furiosa y desquiciada como un animal cuando su cría se ve en peligro. Cuando Anat encuentra los restos de Baal, celebra un gran banquete funerario en su honor y, tras protestar fervientemente ante El, sigue buscando a Mot. Cuando lo encuentra, lo corta en trozos con una hoz ritual, lo criba en un cedazo, lo deja secar, lo tritura en una muela y esparce sus restos por los campos, haciendo con él exactamente lo mismo que hacen los agricultores con el grano.
Nuestras fuentes son incompletas, de modo que no sabemos cómo consiguió Anat devolverle la vida a Baal. Pero tanto Baal como Mot son divinos, así que ninguno de los dos puede estar del todo extinguido. La batalla entre ambos continuará y la cosecha sólo se obtendrá, año tras año, tras un combate a muerte. En una versión del mito, Anat recupera tan completamente a Baal que la siguiente vez que Mot lo ataca, él reacciona con mucho más vigor. La lluvia vuelve a caer sobre la tierra, la miel fluye por los valles, y llueve aceite del cielo. La historia termina con la unión sexual de Baal y Anat, una imagen de plenitud y finalización que se representa ritualmente durante la fiesta de Año Nuevo.
Encontramos el mismo patrón en Egipto, aunque Isis es menos poderosa que Anat. Osiris, el primer rey de Egipto, enseñó a su pueblo la ciencia de la agricultura. Su hermano Set, que aspiraba al trono, lo asesinó, e Isis, su hermana y esposa, recorrió el mundo en busca de su cadáver. Cuando encuentra el cadáver de Osiris, sólo puede revivirlo el tiempo suficiente para que él pueda concebir a Horus, un hijo que perpetúe su linaje, antes de volver a morir. Entonces Isis despedaza el cadáver y entierra los trozos, como si fueran semillas, por todo Egipto. Osiris se convirtió en el señor de Duat, el mundo de los muertos, y también era el responsable de la cosecha anual, pues su muerte y su descuartizamiento se representaban ritualmente al tiempo que se realizaba la siega y la trilla de las cosechas. Muchas veces, el dios de la muerte también lo es de la cosecha, lo cual demuestra que la vida y la muerte están intrincadamente entrelazadas y son inseparables. El dios que muere y vuelve a la vida representa un proceso universal, como el ciclo de las estaciones. Quizá haya una nueva vida, pero lo más destacado del mito y el culto a estos dioses de la vegetación que muere es siempre la catástrofe y el derramamiento de sangre, y la victoria de las fuerzas de la vida nunca llega a ser completa.

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