La dieta del Dr. Dukan

 

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Esta idea está muy bien plasmada en el mito que relata el descenso al infierno de la diosa Inanna de Mesopotamia. Se puede interpretar como otra ceremonia de iniciación en los infiernos, una experiencia de muerte que conduce a una nueva vida. Inanna no tiene ningún motivo altruista para iniciar su peligroso viaje a las profundidades de la tierra. Según sabemos por las fuentes —incompletas— de que disponemos, su propósito es usurparle el trono a su hermana Ereshkigal, la Reina del Averno, que también es la Señora de la Vida. Para poder entrar en el palacio de lapislázuli de Ereshkigal, Inanna tiene que trasponer las siete puertas de las siete murallas de la ciudad. En cada una de las puertas, el guardián desafía a Inanna y la obliga a desprenderse de una prenda de ropa, de modo que cuando finalmente llega ante su hermana, Inanna se halla desprovista de todas sus defensas. Su intentona fracasa, y los Siete Jueces del Averno la condenan a muerte y exhiben su cadáver clavado en una pica.
Sin embargo, Inanna es rescatada por los otros dioses, y su regreso a la tierra, acompañada de una horda de demonios, es triunfante y terrible. Cuando llega a su casa, se entera de que su marido, el atractivo y joven pastor Dumuzi, ha osado sentarse en su trono. Enfurecida, Inanna lo condena a muerte; Dumuzi huye, perseguido por los demonios, que lo obligan a descender al mundo subterráneo para ocupar el lugar de Inanna; sin embargo, al final se acuerda que Dumuzi y su hermana Geshtinanna se turnen y que cada uno pase seis meses con Ereshkigal en el infierno. No obstante, el mundo cambia para siempre a causa de la aventura de Inanna, pues la ausencia de Dumuzi, que ahora es el dios de la vegetación, causa los cambios estacionales. Cuando regresa junto a Inanna, la tierra vuelve a la vida: nacen corderos, las semillas germinan y poco después llegan las cosechas. Cuando desciende al infierno, la tierra sufre la larga sequía del verano. No hay victoria final sobre la muerte. El poema sumerio que relata el mito termina con el grito: «¡Oh, Ereshkigal! ¡Alabada seas!» Lo que queda más dolorosamente grabado en la memoria es el lamento de las mujeres, sobre todo el de la madre de Dumuzi, cuando llora la pérdida de su hijo, «desolado en un lugar desolado; donde otrora estuvo vivo yace ahora como un joven toro abatido».
Esta Diosa Madre no es una redentora, sino una divinidad que causa muerte y dolor. Su viaje es una iniciación, un rito de transformación que se nos exige a todos. Inanna desciende al mundo de los muertos para encontrarse con su hermana, un aspecto soterrado e insospechado de su propio ser. Ereshkigal simboliza la verdadera realidad. En muchos mitos originarios de este período, un encuentro con la Diosa Madre constituye la aventura definitiva del héroe, la iluminación suprema. Ereshkigal, señora de la vida y la muerte, es también una Diosa Madre, a la que se representa pariendo continuamente. Para llegar hasta ella y alcanzar la verdadera iluminación, Inanna tiene que desprenderse de la ropa que protege su vulnerabilidad, deshacerse de su egoísmo, abandonar su antiguo yo, asimilar lo que parece opuesto y hostil a ella y aceptar lo inadmisible: que no puede haber vida sin muerte, oscuridad y penurias.
Los rituales relacionados con Inanna se concentraban en la tragedia de su historia y nunca celebraban su reencuentro con Dumuzi en primavera. Como vivida representación de algo que se experimentaba como una ley básica de la existencia, el culto estaba muy extendido. Los babilonios llamaban Ishtar a Inanna, y los sirios la llamaban Astarte (o Asherat); en Oriente Medio, Dumuzi se llamaba Tammuz, y las mujeres de la región lamentaban su muerte. En Grecia se llamaba Adonis, porque las mujeres del mundo semítico lamentaban la pérdida de su «señor» (adorí). La historia de Adonis cambió con los años, pero su forma original coincide con la estructura básica del mito sumerio, pues muestra a la diosa entregando a la muerte a su joven esposo. Al igual que la Gran Diosa de los cazadores, la Diosa Madre del Neolítico demuestra que, aunque los hombres puedan parecer más fuertes, en realidad las mujeres tienen más fuerza y ejercen un mayor control que ellos.
Ese concepto también está presente en el mito griego de Deméter y su hija Perséfone, que casi con toda seguridad se remonta al período neolítico. Deméter es la diosa de los cereales, protectora de las cosechas y la fertilidad de la tierra. Cuando Hades, el señor del mundo subterráneo, secuestró a Perséfone, Deméter se marchó del monte Olimpo y, desconsolada, recorrió el mundo. Furiosa, detuvo la germinación de los cultivos, amenazando con matar de hambre al género humano a menos que le devolvieran a su hija Perséfone, también llamada Coré («la niña»). Alarmado, Zeus envió a Kermes, el mensajero de los dioses, a rescatarla, pero desgraciadamente Perséfone había comido unas semillas de granada durante su estancia en el infierno, y por lo tanto estaba obligada a pasar cuatro meses del año con Hades, que ahora era su marido. Cuando se reunió con su madre, Deméter levantó el castigo y la tierra recuperó la fertilidad.
Esta narración no es una sencilla alegoría de la naturaleza. Los ritos de Deméter no coincidían ni con la siembra ni con la cosecha. Es cierto que Perséfone descendió al interior de la tierra, como una semilla, pero en el Mediterráneo una semilla sólo tarda unas semanas en germinar, no cuatro meses. Como el mito de Inanna, ésta es otra historia de una diosa que desaparece y regresa. Es un mito sobre la muerte. En la antigua Grecia, Deméter, la diosa de los cereales, era también Señora de la Muerte, y presidía el misterioso culto de Eleusis, cerca de Atenas. Parece que en estos ritos secretos se obligaba a los mystai («iniciados») a aceptar el carácter inevitable de la muerte y considerarla una parte esencial de la vida; por tanto, no había que temerla en modo alguno. Los impactantes ritos grababan para siempre el significado del mito en la mente y el corazón de los que se sometían a esa prolongada iniciación. No existe la posibilidad de una victoria definitiva sobre la muerte. Perséfone tiene que alternar eternamente entre el mundo superior y el inferior. No puede haber grano, comida ni vida sin la muerte simbólica de la doncella.
Sabemos muy poco sobre los misterios eleusinos, pero a los que participaron en esos ritos les habría desconcertado que les preguntaran si creían que Perséfone había descendido de verdad a las entrañas de la tierra, tal como describía el mito. El mito era verdad, porque miraras a donde miraras, veías que la vida y la muerte eran inseparables, que la tierra moría y volvía otra vez a la vida. La muerte era espantosa, aterradora e inevitable, pero no era el fin. Si a una planta se le cortaba una rama seca, de ella brotaba una rama nueva. La agricultura condujo a un nuevo, aunque no excesivo, optimismo. La semilla tenía que morir para producir grano; la poda era en realidad beneficiosa para las plantas, pues favorecía su crecimiento. La iniciación de Eleusis demostraba que el enfrentamiento con la muerte conducía a la regeneración espiritual y era una forma de poda humana. No podía conseguir la inmortalidad —sólo los dioses gozaban de vida eterna—, pero podía ayudar a vivir con menos miedo y, por tanto, más plenamente aquí en la tierra, mirando a la muerte a los ojos con serenidad. De hecho, cada día nos vemos obligados a abandonar el yo que ya hemos conseguido. También en el Neolítico, los mitos y los rituales de tránsito ayudaban a la gente a aceptar su mortalidad, a pasar a la siguiente etapa, y a tener valor para cambiar y crecer.

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