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Hace unos diez mil años, los seres humanos inventaron la agricultura. La caza dejó de ser su principal fuente de sustento, porque habían descubierto que la tierra era una fuente aparentemente inagotable de alimentos. Pocos avances han sido más importantes para la humanidad que la revolución agrícola del Neolítico. Podemos ver el respeto, el placer y el miedo de aquellos pioneros agricultores en la mitología que desarrollaron mientras se adaptaban a sus nuevas circunstancias, de la que se conservaron fragmentos en las narraciones míticas de culturas posteriores. La agricultura era producto del logos, pero, a diferencia de las revoluciones tecnológicas de nuestra época, no se consideraba una empresa puramente laica. Condujo a un gran despertar espiritual que aportó a las personas un concepto completamente diferente de sí mismas y de su mundo.
La nueva ciencia de la agricultura se abordaba con un respeto religioso. Así como en el Paleolítico la caza había tenido rango de actividad sagrada, en el Neolítico la agricultura también se consideró una actividad sacramental. Cuando labraba los campos o recogía su cosecha, el agricultor tenía que hallarse es un estado de pureza ritual. Cuando veían cómo las semillas descendían a las profundidades de la tierra para abrirse y producir una forma de vida completamente diferente, los agricultores reconocían la intervención de una fuerza oculta. La cosecha era una epifanía, una revelación de la energía divina, y cuando labraba sus campos y obtenía de ellos alimento para su comunidad, el agricultor tenía la sensación de haber entrado en un reino sagrado y participar de su milagrosa abundancia. La tierra parecía proteger a todas las criaturas —plantas, animales y humanos— en una especie de seno materno.
La gente concibió ceremonias para reponer ese poder e impedir que se agotara. Las primeras semillas se «lanzaban» a modo de ofrenda, y los primeros frutos de la cosecha no se recogían, con objeto de reciclar esas energías sagradas. Hasta hay indicios de que en América Central, algunas regiones de África, las islas del Pacífico y la India dravídica se practicaban sacrificios humanos. Esos ritos se basaban en dos principios. En primer lugar, no se podía esperar obtener algo a cambio de nada; para recibir un bien se tenía que entregar otro. El segundo principio era una visión holística de la realidad.
Lo sagrado no se percibía como una realidad metafísica, situada más allá del mundo natural. Sólo podía encontrarse en la tierra y sus frutos, que también eran sagrados. Los dioses, los seres humanos, los animales y las plantas compartían la misma naturaleza; por tanto, podían vigorizarse y reponerse unos a otros.
La sexualidad humana, por ejemplo, se equiparaba a la fuerza divina que fertilizaba la tierra. En la mitología temprana del Neolítico, la cosecha se concebía como el fruto de un matrimonio sagrado: la tierra era femenina, las semillas divinas eran el semen, y la lluvia era la unión sexual del cielo y la tierra. Era habitual que hombres y mujeres realizaran actos sexuales rituales cuando sembraban sus cultivos. Esos actos sexuales, considerados sagrados, reforzarían las energías procreadoras del suelo, al igual que la pala o el arado del agricultor, un falo sagrado que abría el vientre de la tierra y lo llenaba de semillas. Gracias a la Biblia sabemos que esas orgías rituales se practicaron en el antiguo Israel hasta bien entrado el siglo VI a. C., lo cual provocaba las iras de profetas como Oseas y Jeremías. Hasta en el templo de Jerusalén se celebraban ceremonias en honor de Asherat, la diosa de la fertilidad de Canaán, y había unas dependencias para las prostitutas sagradas.
Sin embargo, en las primeras etapas de la revolución neolítica, la tierra no siempre fue considerada femenina. En China y Japón, el suelo donde se desarrollaba la vida era neutro, y sólo más adelante, seguramente como consecuencia de la función maternal que desempeñaban las mujeres en la vida familiar, adoptó la tierra un carácter femenino y nutritivo. En otras partes del mundo, la tierra no se personificaba, pero se la adoraba y se la consideraba sagrada. De su vientre salía toda clase de frutos, como del vientre de las mujeres cuando daban a luz. Algunos de los más antiguos mitos de creación de Europa y Norteamérica imaginaban a los primeros humanos surgiendo de la tierra como plantas: la vida de los nuevos seres empezaba en el mundo subterráneo de las tinieblas, como la de las semillas, hasta que ascendían a la superficie, o brotaban como flores y eran recolectados por sus madres humanas. Mientras que en otros tiempos los humanos habían imaginado que se elevaban a las alturas para reunirse con la divinidad, ahora también realizaban contactos rituales con lo sagrado en la tierra. Se han descubierto laberintos neolíticos parecidos a los túneles paleolíticos de Lascaux, pero, en lugar de ir a encontrarse con los animales sagrados en las cavernas subterráneas, estos adoradores imaginaban que entraban en el vientre de la Madre Tierra para efectuar un regreso místico al origen de la vida.
Estos mitos de creación enseñaban a los humanos que pertenecían a la tierra del mismo modo que las piedras, los ríos y los árboles. Por tanto, debían respetar los ritmos de la naturaleza. Otros expresaban una profunda identificación con determinado lugar, un vínculo más intenso que el de la familia o la paternidad. Este tipo de mito era especialmente popular en la antigua Grecia. Erecteo, el primer rey de Atenas, nació del suelo de la Acrópolis, un suceso sagrado conmemorado desde época muy temprana en un santuario especial.
La revolución neolítica había hecho que el género humano tomara conciencia de una energía creadora que invadía todo el cosmos. Al principio era una fuerza sagrada indiferenciada que convertía la tierra en una manifestación de lo divino. Pero la imaginación mítica tiende a hacerse más concreta y circunstancial; lo que originariamente era amorfo gana definición y se vuelve particular. Al igual que la adoración del cielo había conducido a la personificación del dios del cielo, la maternal y nutritiva tierra se convirtió en la Diosa Madre. En Siria se la identificaba con Asherat, consorte de El, el Dios Supremo, o con Anat, hija de El; en Sumeria, en Mesopotamia, se llamaba Inanna, y en Egipto, Isis; y en Grecia se convirtió en Hera, Deméter y Afrodita. La Diosa Madre se fusionó con la Gran Madre de las sociedades de cazadores, y conservó muchas de sus temibles características. Anat, por ejemplo, es una guerrera despiadada, y muchas veces se la representa caminando por un mar desangre; Deméter es descrita como furiosa y vengativa, e incluso Afrodita, diosa del amor, se venga con crueldad.

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