Algunos de los mitos más antiguos, que se remontan al Paleolítico, estaban relacionados con el cielo, el elemento que dio al género humano su primera noción de lo divino. Cuando contemplaban el cielo —infinito, remoto y con una existencia ajena por completo a sus penosas vidas—, aquellos individuos vivían una experiencia religiosa.8 El cielo estaba muy por encima de ellos, y era inconcebiblemente inmenso, inaccesible y eterno. Era la pura esencia de la trascendencia y la otredad. Los seres humanos no podían hacer nada para alterarlo. El interminable drama de sus rayos, eclipses, tormentas, crepúsculos, arcos iris y meteoritos hablaban de otra dimensión, interminablemente activa y con vida propia. Cuando contemplaba el cielo, la gente sentía pavor y placer, respeto y miedo. El cielo los atraía y los repelía. Era intrínsecamente «numinoso», es decir, revelador de una presencia divina, como describe el gran historiador de las religiones Rudolf Otto. En sí mismo, sin deidad imaginaria alguna detrás de él, el cielo era mysterium tremendum, terribile et fascinans.
Esto nos lleva a un elemento esencial tanto de la conciencia mítica como de la religiosa. En nuestra escéptica época, suele darse por sentado que la gente es religiosa porque espera obtener algo de los dioses a los que adora. Intenta ganarse el apoyo de los que detentan el poder. Quiere vivir muchos años, no padecer enfermedades y conseguir la inmortalidad, y cree que puede persuadir a los dioses para que le concedan esos favores. Pero lo cierto es que esta temprana hierofanía demuestra que la adoración no tiene que ser necesariamente interesada. La gente no esperaba nada del cielo, y sabía que no podía alterarlo de ningún modo. Desde muy antiguo, hemos experimentado nuestro mundo como algo profundamente misterioso; nos mantiene en una actitud de respeto y asombro que es la esencia del culto. Más tarde, el pueblo de Israel utilizó la palabra qad-dosh («separado», «otro») para designar lo sagrado. La experiencia de la pura trascendencia resultaba profundamente satisfactoria en sí misma. Extasiaba a la gente revelándole una existencia que trascendía por completo la suya, y la elevaba emocional e imaginativamente más allá de sus limitadas circunstancias. Era inconcebible que alguien pudiera «persuadir» al cielo para que complaciera a los pobres y débiles seres humanos.
El cielo siguió siendo un símbolo de lo sagrado hasta mucho después del período paleolítico. Pero un suceso muy temprano demostró que la mitología fracasa si sólo habla de realidades lejanas y trascendentes. Si un mito no permite a la gente participar de algún modo en lo sagrado, se convierte en algo remoto y desaparece de su conciencia. En algún momento, los pueblos de diversas y distantes regiones del mundo empezaron a personificar el cielo. Empezaron a contar historias sobre un «dios permite entender por qué en Occidente el Dios Creador venerado por judíos, cristianos y musulmanes ha desaparecido de la vida de muchas personas. Como hemos dicho, el mito no proporciona información objetiva, sino que es básicamente una guía de comportamiento. Su verdad sólo será revelada si se pone en práctica, ya sea ritual o éticamente. Si se lo examina como si fuera una pura hipótesis intelectual, se convierte en algo remoto e increíble.
Los dioses supremos quizá hayan bajado de categoría, pero el cielo nunca perdió su poder de recordarle lo sagrado a los humanos. La altura ha seguido siendo un símbolo mítico de lo divino, un vestigio de la espiritualidad del Paleolítico. Tanto en la mitología como en el misticismo, los hombres intentan regularmente alcanzar el cielo, e inventan rituales y técnicas de trance y concentración para poner en práctica esas historias de exaltación y, de ese modo, «ascender» a un estado «más elevado» de conciencia. Los sabios aseguran haber remontado los diferentes niveles del mundo celestial hasta llegar a la esfera divina: los maestros de yoga vuelan, los místicos levitan, los profetas escalan altísimas montañas para alcanzar un estado sublime. Cuando los mortales aspiraban a la trascendencia que representaba el cielo, tenían la impresión de que podían huir de la frágil condición humana y acceder a aquello que había más allá.
Por eso, en mitología, las montañas son tan a menudo sagradas: estaban a medio camino entre el cielo y la tierra, y eran un lugar donde personajes como Moisés podían encontrarse con su dios. Los mitos sobre el vuelo y la ascensión se hallan en todas las culturas, expresando un deseo universal de trascendencia y liberación de las limitaciones humanas. No deberíamos interpretar literalmente esos mitos. Cuando leemos sobre cómo Jesús ascendió a los cielos, no debemos imaginarlo girando sobre sí mismo y atravesando la estratosfera. Cuando el profeta Mahoma vuela de La Meca a Jerusalén y luego sube por una escalera que conduce al Trono Divino, hemos de entender que ha pasado a un nivel superior de realización espiritual. Cuando el profeta Elias asciende al cielo en un carro de fuego, deja atrás la fragilidad del género humano para acceder al reino sagrado que hay más allá de la experiencia terrenal.
Los expertos creen que los primeros mitos de ascensión se remontan al período paleolítico, vinculados al chamán, jefe religioso de las sociedades de cazadores. El chamán era un especialista en trances y éxtasis cuyas visiones y sueños condensaban el espíritu de la caza y le daban un significado espiritual. La caza era una actividad sumamente peligrosa. Los cazadores tenían que abandonar su tribu durante días, renunciar a la seguridad que les ofrecía su cueva y arriesgar la vida para volver con comida para su gente. Pero, como veremos, no se trataba únicamente de una empresa práctica, sino que, como todas sus actividades, tenía una dimensión trascendente. El chamán también se embarcaba en una búsqueda, pero la suya era una expedición espiritual. Se creía que el chamán tenía poder para abandonar su cuerpo y viajar en espíritu al mundo celestial. Cuando entraba en trance, volaba por los aires y estaba en íntima comunión con los dioses por el bien de su pueblo.