En el Islam, los místicos también desarrollaron mitos de separación y regreso a Dios. Se decía que el profeta Mahoma había realizado un ascenso místico al Trono de Dios desde el Monte del Templo de Jerusalén. Este mito se ha convertido en el arquetipo de la espiritualidad musulmana y los sufíes utilizan ese viaje mítico para simbolizar el perfecto acto de islam o «entrega» a Dios. Los musulmanes chiíes desarrollaron una visión mítica de los descendientes varones del Profeta, que eran sus imams («líderes»). Cada imán era una encarnación del divino ilm («conocimiento»). Cuando se extinguía la línea, decían que el último imán había pasado a un estado de «ocultación» y que algún día regresaría para inaugurar una era de justicia y paz. En ese momento, el chiísmo era fundamentalmente un movimiento místico, y sin disciplinas específicas de meditación y exégesis espiritual, ese mito no tenía sentido.
Evidentemente, los chiíes no pretendían que sus mitos se interpretaran al pie de la letra. El mito del Imanato, que en cierto modo desobedecía la ortodoxia musulmana, era una forma simbólica de expresar la percepción que tenían los místicos de una presencia sagrada, inherente y accesible desde el mundo turbulento y peligroso de los mortales. El Imán Oculto se había convertido en un mito: mediante su desaparición de la historia se liberó de las ataduras del tiempo y el espacio, y paradójicamente se convirtió en una presencia más vivida en la vida de los chiíes que cuando vivía bajo arresto domiciliario por orden del califa Abbasid. La historia expresa nuestro sentido de lo sagrado como algo elusivo y ausente, algo que está en el mundo pero que no pertenece a él.
Pero, debido a la división entre mythos y logas experimentada por los griegos, a algunos judíos, cristianos y musulmanes empezó a inquietarles la rica vena mítica de sus tradiciones. Cuando se tradujeron las obras de Platón y Aristóteles al árabe, durante los siglos VIII y IX, algunos musulmanes intentaron convertir la religión del Corán en una religión de logos. Concibieron «pruebas» de la existencia de Alá, inspiradas en la demostración de Aristóteles de la Causa Primera. Estos filósofos o faylasufs, como los llamaban, querían purgar el islam de lo que consideraban elementos primitivos, míticos. Se enfrentaban a una difícil tarea, pues el dios de los filósofos no se fijaba en los sucesos mundanos, no se revelaba en la historia, no había creado el mundo y ni siquiera sabía que existían los seres humanos. Pese a todo, losfaylasufs realizaron un trabajo interesante, junto con los judíos del imperio islámico, que se propusieron racionalizar la religión de la Biblia. Sin embargo, su movimiento, al que llamaron Falsafah, siguió siendo una corriente minoritaria, confinada a una pequeña élite intelectual.
La Causa Primera quizá sea más lógica que el dios de la Biblia y el Corán, pero la mayoría de la gente no se siente atraída por una deidad que no manifiesta el menor interés por los mortales.
Es significativo que los cristianos ortodoxos griegos rechazaran ese proyecto racional. Ellos conocían su tradición helénica y sabían perfectamente que el logos y el mythos no podían, como había explicado Platón, demostrar la existencia de Dios. En su opinión, el estudio de la teología no podía ser un ejercicio racional. Emplear la razón para hablar de lo sagrado era tan inútil como intentar comer sopa con tenedor. La teología sólo era válida si se practicaba junto con la oración y la liturgia. Al final, musulmanes y judíos llegaron a la misma conclusión. A principios del siglo XI, los musulmanes concluyeron que la filosofía debía estar ligada a la espiritualidad, el ritual y la oración, y la religión mítica de los sufíes se convirtió en la forma normativa del Islam hasta el final del siglo XIX. De forma parecida, los judíos descubrieron que cuando los afligían tragedias como la expulsión de España, la religión racional de sus filósofos no podía ayudarlos, y entonces recurrían a los mitos de la Cabala, que actuaban a través del cerebro y llegaban a la fuente interna de su angustia y anhelo. Todos regresaron a la antigua visión de la complementariedad entre mitología y razón. El fagos era indispensable en el reino de la medicina, las matemáticas y las ciencias naturales, disciplinas en que los musulmanes destacaban particularmente. Pero cuando querían encontrar el verdadero significado de sus vidas, cuando necesitaban aliviar su desesperación o deseaban explorar las regiones ocultas de su personalidad, entraban en los dominios del mito.
Con todo, en los siglos XI y XII los cristianos de Europa Occidental redescubrieron las obras de Platón y Aristóteles, de las que se habían olvidado durante la Alta Edad Media, tras la caída del Imperio Romano. Precisamente cuando judíos y musulmanes empezaban a abandonar el intento de racionalizar su mitología, los cristianos de Occidente se entregaron a ese mismo proyecto con un entusiasmo que luego abandonarían por completo. Habían empezado a perder el contacto con el significado del mito. Por tanto, no resulta sorprendente que la siguiente gran transformación de la historia de la humanidad, que haría muy difícil que la gente pensara de forma mítica, tuviera sus orígenes en Europa Occidental.