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Hasta ahora, en nuestro análisis histórico nos hemos centrado en las principales revoluciones intelectuales, espirituales y sociales que obligaron al género humano a revisar su mitología. Después de la era axial no volvería a haber otro período de cambio comparable hasta pasado un milenio. En los asuntos espirituales y religiosos, todavía nos basamos en las ideas de los sabios y filósofos axiales, y la situación del mito siguió siendo básicamente la misma hasta el siglo XVI. En adelante nos centraremos en Occidente, no sólo porque el siguiente período de innovación se inició allí, sino también porque los pueblos de Occidente ya habían empezado a encontrar problemática la mitología. También nos centraremos en las religiones occidentales, porque las tres doctrinas monoteístas aseguran, al menos en parte, estar basadas en la historia y no en la mitología. Las otras tradiciones principales tienen una actitud menos ambigua respecto al mito. En el hinduismo, la historia se considera un fenómeno efímero e ilusorio, y por tanto algo que no merece una consideración espiritual. Los hindúes se sienten más cómodos en el mundo arquetípico de los mitos. El budismo es una religión profundamente psicológica y tolera bien la mitología, que es una forma temprana de psicología. En el confucianismo, el ritual siempre ha tenido más importancia que las narraciones míticas. Pero los judíos, los cristianos y los musulmanes creen que su dios participa en la historia y puede experimentarse en hechos reales de este mundo. ¿Ocurrieron realmente esos hechos o son «sólo» mitos? Debido a la incómoda actitud hacia el mito que se había introducido en la mentalidad occidental con Platón y Aristóteles, los monoteístas intentaron periódicamente ajustar su religión a las exigencias racionales de la filosofía, aunque la mayoría acabaron llegando a la conclusión de que eso era un error.
El judaísmo adoptaba una actitud paradójica hacia la mitología de otros pueblos. Parecía hostil con los mitos de otras naciones, y sin embargo a veces recurría a esas historias ajenas para expresar su propia visión. Además, el judaísmo seguía inspirando más mitos. Uno de ellos fue el cristianismo. Jesús y sus primeros discípulos eran judíos y estaban profundamente enraizados en la espiritualidad judía, igual que san Pablo, de quien podemos afirmar que transformó a Jesús en una figura mítica. Esta afirmación no pretende ser peyorativa. Jesús era un ser humano real, un personaje histórico, que fue ejecutado hacia el año 30 por los romanos, y es cierto que sus primeros discípulos creían que, de algún modo, había resucitado. Pero, a menos que se lo transforme en mito, un hecho histórico no puede convertirse en fuente de inspiración religiosa. Recordemos que un mito es un hecho que, de un modo u otro, ocurrió en algún momento, pero que también sucede continuamente. Un suceso necesita ser liberado, por así decirlo, de su marco histórico específico e introducido en la vida de los fieles contemporáneos, pues de lo contrario seguirá siendo un episodio puntual e irrepetible, o incluso un insólito hecho histórico, pero en ambos casos no podrá influir en la vida de las personas. No sabemos qué pasó exactamente cuando el pueblo de Israel huyó de Egipto y cruzó el mar Rojo, porque esa historia se escribió como mito. Durante siglos, los rituales de la Pascua judía han convertido ese relato en algo fundamental para la vida espiritual de los judíos, a quienes se dice que cada uno de ellos debe considerarse miembro de la generación que huyó de Egipto. Un mito no puede entenderse correctamente sin un ritual transformador que lo introduzca en la vida y el corazón de varias generaciones de fieles. Un mito exige acción: el mito del Éxodo exige que los judíos cultiven el concepto de libertad como un valor sagrado, y que rechacen tanto ser esclavizados como oprimir a otros. Mediante la práctica ritual y la respuesta ética, el relato de un suceso ha dejado de ser un incidente del pasado lejano y se ha convertido en una realidad viva.
San Pablo hizo lo mismo con Jesús. No le interesaban mucho las enseñanzas del maestro, al que raramente cita, ni los sucesos de su vida terrenal. «Aunque en su momento conociéramos a Cristo en carne y hueso —escribió a sus conversos corintios—, no es así como lo conocemos ahora.» Lo importante era el «misterio» (palabra que tiene la misma raíz etimológica que la palabra griega mythos) de su muerte y resurrección. Pablo había transformado a Jesús en el héroe eterno, mítico, que muere y vuelve a la vida. Después de su crucifixión, Dios había encumbrado a Jesús a un estatus excepcionalmente elevado, y de ese modo éste había «ascendido» a una categoría de existencia superior. Pero todo aquel que realizaba la iniciación del bautismo (la tradicional transformación mediante inmersión) participaba en la muerte de Jesús y compartiría con él su nueva vida. Jesús ya no era una mera figura histórica, sino una realidad espiritual de la vida de los cristianos, gracias a un ritual y a la disciplina ética que impulsaba a sus discípulos a introducir el altruismo en sus vidas, como había hecho el propio Jesús. Los cristianos ya no lo conocían «en carne y hueso», pero lo encontrarían en otros seres humanos, en el estudio de las escrituras y en la Eucaristía.
Sabían que ese mito era cierto, y no por las evidencias históricas, sino porque ellos mismos habían experimentado una transformación. Así, la muerte y resurrección de Jesús se convirtió en un mito: en una ocasión le había ocurrido a Jesús, pero seguía ocurriendo continuamente.
El cristianismo fue uno de los principales replanteamientos del monoteísmo de la era axial; el otro fue el Islam. Los musulmanes consideran que el profeta Mahoma (c. 570-632) es el sucesor de los profetas bíblicos y de Jesús. El Corán, el texto sagrado que Mahoma entregó a los árabes, no tenía ningún conflicto con los mitos. Cada uno de sus versos se llama ayah, parábola. Todas las historias sobre los profetas —Adán, Noé, Abraham, Moisés o Jesús— son ayat, «parábolas», «similitudes», porque sólo podemos hablar de lo divino en términos de signos y símbolos. La palabra árabe quran significa «recitado». No hay que leer detenidamente y en privado el texto sagrado para hallar información en él, como si fuera un manual secular, sino que ha de recitarse en el recinto sagrado de la mezquita; y el texto no revelará todo su significado a menos que los musulmanes vivan de acuerdo con sus preceptos éticos.


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