Cada vez que la sociedad inicia una nueva etapa, cambian sus ideas respecto a lo humano y lo divino. Los hombres y mujeres de aquellas primeras civilizaciones cada vez se parecían más a nosotros, los humanos modernos; nunca hasta entonces habían sido tan conscientes de que ellos eran los amos de su propio destino. En consecuencia, ya no podían contemplar a los dioses del mismo modo que sus antepasados. Dado que ahora los actos de los humanos estaban en primer plano, los dioses parecían más lejanos; ya no eran una realidad manifiesta y apenas inalcanzable. Según la nueva mitología urbana, el Diluvio Universal marcaba una crisis en las relaciones entre lo divino y lo humano. En Atrahasis, el más largo de los poemas mesopotámicos sobre el Diluvio, los dioses construyen ciudades, como harán luego los hombres. Llega un momento en que las deidades menores, agotadas por el incesante y agotador trabajo de excavar canales de riego para convertir el campo en un lugar habitable, se declaran en huelga, así que la Diosa Madre crea a los seres humanos para que realicen ellos esas tareas de baja categoría. Pero los humanos se hacen tan numerosos y tan ruidosos que Enlil, el dios de la tormenta, que no consigue dormir por culpa del alboroto, aplica un brutal método de control de la población y decide inundar el mundo. Pero Enki quiere salvar a Atrahasis, el «hombre extraordinariamente sabio» de la ciudad de Shu-ruppak. Ambos mantienen una gran amistad, así que Enki avisa a Atrahasis y le da instrucciones para que construya un barco, proporcionándole la técnica necesaria para que la nave se mantenga estanca; gracias a esta intervención divina, Atrahasis, igual que Noé, puede salvar a su familia y las simientes de todos los seres vivos. Pero cuando las aguas se retiran, los dioses quedan horrorizados por la devastación. En el mito mesopotámico, el Diluvio
marca el inicio de la retirada de los dioses del mundo. Enki llevó a Atrahasis y su esposa a Dilmun. Ellos serían los únicos humanos que gozarían de inmortalidad y de la antigua intimidad con los dioses. Pero el relato también ensalza la técnica de inspiración divina que salvó a la raza humana de la extinción. En Mesopotamia, al igual que en nuestro mundo moderno, los mitos y las aspiraciones se centrarían cada vez más en la civilización y la cultura.
Sin embargo, los mesopotámicos no eran exactamente como nosotros. Los dioses podían haberse retirado, pero la gente seguía teniendo una fuerte conciencia de que en sus actividades diarias había un elemento sobrenatural. Toda ciudad se consideraba la finca de un dios en este mundo, y todo ciudadano —desde el gobernante más poderoso hasta el más humilde obrero— trabajaba para la deidad protectora de la ciudad: Enlil, Enki o Inanna. La gente todavía guardaba la filosofía perenne, según la cual todo lo que había en la tierra era una réplica de una realidad celestial. Una asamblea de ancianos gobernaba las ciudades estado, de modo que los mesopotámicos creían que, a su vez, una Asamblea Divina integrada por las principales deidades gobernaba a los dioses. También pensaban que, al igual que su cultura urbana se había desarrollado a partir de pequeñas comunidades agrícolas que vivían en armonía con los ritmos de la naturaleza, los dioses habían realizado una evolución parecida.
De ahí el mito de la creación que ha sobrevivido en el poema épico babilónico conocido como Enuma Elish, las palabras con que arranca. Nuestro texto sólo data de la primera mitad del segundo milenio a.C., pero contiene material mucho más antiguo. El poema comienza con una teogonia que explica cómo nacieron los dioses. No hay una creación ex nihilo, sino un proceso evolutivo en que las primeras deidades surgieron de una materia primigenia sagrada, una sustancia cenagosa e indefinida donde nada tenía identidad. Se mezclaban el agua salada y el agua dulce, no había separación entre cielo, tierra y mar; los propios dioses «no tenían nombre, naturaleza ni futuro». Las primeras deidades que surgieron del cieno eran inseparables de los elementos. Apsu era el agua dulce de río; Tia-mat, el mar de agua salada, y Mummu, una nube borrosa. Sus nombres también pueden traducirse como «abismo», «vacío» y «pozo sin fondo».
Esas deidades primigenias todavía son inertes e informes. Pero de ellas emanan, por parejas, otros dioses, y cada nuevo par está un poco más definido que el anterior. A medida que esos elementos divinos se separan unos de otros, se va formando un cosmos ordenado. Primero aparece el limo (agua y tierra mezclados), representado por Lahmu y Lahamu; luego Anshar y Kishar (los horizontes del cielo y el mar), y por último el dios del cielo, Anu, y Ea, la Tierra. Pero este mito teogónico no es una simple especulación metafísica sobre la evolución de las divinidades; también es otra cosa muy importante: una meditación sobre Mesopotamia, una región aluvial constituida sobre depósitos de limo. Una vez más, lo divino refleja un aspecto del mundo de los mortales. Los dioses no pueden separarse del paisaje, y en Eridu, una de las ciudades más antiguas de Mesopotamia, la laguna pantanosa que había hecho posible el asentamiento de la población y que rodeaba el centro de culto se llamaba apsu. El mito también expresaba el alejamiento gradual de la naturaleza que estaban experimentando los habitantes de las ciudades.
Los nuevos dioses eran más activos y podían superar a sus padres: Apsu se hunde en el suelo, y Ea y Anu construyen su propio palacio, con sus capillas y salas, sobre su cadáver. La construcción de ciudades siempre marca momentos de apogeo en la cosmología mesopotámica. Pero Tiamat todavía es un peligro al acecho, y ha creado una poderosa horda de monstruos para vengar a Apsu. El único dios que puede vencerla en una batalla campal es Marduk, el magnífico hijo de Ea. Tras una desesperada lucha, Marduk se encarama en el inmenso cadáver de Tiamat y lo parte por la mitad como si éste fuera un gigantesco molusco, creando el cielo y la tierra que habitarán los seres humanos. Promulga leyes y establece una Asamblea Divina para consolidar el nuevo orden cósmico. Por último, como si fuera lo menos importante, Marduk crea al primer hombre mezclando la sangre de uno de los dioses vencidos con un puñado de polvo, demostrando que los dioses no están encerrados en su propio reino sobrenatural, sino que la humanidad y el mundo natural están hechos de la misma materia divina.