Hacia el año 4000 a. C., los seres humanos dieron otro gran paso adelante cuando empezaron a construir ciudades, primero en Mesopotamia y Egipto, y más tarde en China, India y Creta. Algunas de esas primeras civilizaciones desaparecieron casi sin dejar rastro, pero en la Media Luna Fértil, en lo que ahora es Irak, vemos en la mitología que ensalzaba la vida urbana una temprana respuesta al desafío planteado por la urbanización. Los humanos cada vez eran más conscientes de su propia identidad. Podían expresar de forma permanente sus aspiraciones mediante las artes civilizadas, y la invención de la escritura les permitía dar expresión duradera a su mitología. Habían entrado en la era histórica: en las ciudades, el ritmo de los cambios se aceleraba y la gente adquirió más conciencia de la cadena causa-efecto. Las nuevas técnicas ofrecían a los habitantes de las ciudades —cada vez más distanciados de la naturaleza— la posibilidad de ejercer un mayor control sobre su entorno. Era una época de emoción, liberación y orgullo.
Pero los grandes cambios también inspiran grandes temores. Se ha dicho que la historia es un proceso de aniquilación, pues cada nuevo avance requiere la destrucción de lo que antes ocupaba su lugar. Eso precisamente es lo que ocurría en las ciudades de Mesopotamia, donde los edificios de adobe necesitaban mantenimiento constante y reconstrucciones periódicas. Se erigían nuevas estructuras encima de las ruinas de sus predecesoras, y el proceso de decadencia y renovación se integró en el nuevo arte del diseño de ciudades. La civilización se concebía como algo magnífico pero frágil; aparecían de la nada ciudades que prosperaban espectacularmente, pero de pronto empezaban a declinar. Cuando una ciudad estado alcanzaba cierta preeminencia, explotaba a sus rivales. Había guerras, matanzas, revoluciones y deportaciones. La destrucción implicaba que había que reconstruir y establecer una y otra vez la cultura que tanto había costado obtener. Existía un miedo constante a que la sociedad volviera a la barbarie anterior. En medio de esa mezcla de aprensión y esperanza, los nuevos mitos urbanos reflexionaban sobre la eterna lucha entre el orden y el caos.
No es de extrañar que algunos contemplaran la civilización como un desastre. Los autores bíblicos veían en ella una señal del alejamiento de Dios que se había producido tras la expulsión del Edén. La vida urbana parecía intrínsecamente violenta, pues conllevaba crímenes y explotación. El primer hombre que construyó una ciudad fue Caín, el primer asesino, sus descendientes inventaron las artes civilizadas: Jubal era «el antepasado de todos los que tocan la lira y las flautas», y Tubalcaín «fabricaba toda clase de herramientas de bronce y de hierro». El gran zigurat del templo de Babilonia causó una profunda y desfavorable impresión a los antiguos israelitas. Era una perfecta representación del orgullo desmedido pagano, motivado únicamente por un deseo de engrandecimiento. Lo llamaron Torre de Babel (nombre derivado del verbo «confundir» en hebreo) porque, para castigar a sus constructores, Dios «confundió la lengua de todos los habitantes de la tierra, y desde allí los esparció por el mundo».
Sin embargo, los habitantes de Mesopotamia concebían la ciudad como un lugar donde podían encontrar lo divino. Casi podríamos decir que era una recreación del paraíso perdido. El zigurat sustituía a la montaña que antes había en el centro del mundo y que había permitido a los primeros humanos escalar hasta el mundo de los dioses. Los dioses vivían en las ciudades y se codeaban con los mortales en templos que eran réplicas de los palacios que habitaban en el mundo divino. En la antigüedad, toda ciudad era una ciudad sagrada. Así como sus antepasados habían contemplado la caza y la agricultura como actividades sacras, los primeros habitantes de las ciudades veían sus logros culturales como algo básicamente divino. En Mesopotamia, los dioses habían enseñado a los hombres a construir los zigurats, y Enki, dios de la sabiduría, era el patrón de los curtidores, los herreros, los barberos, los constructores, los alfareros, los técnicos de riego, los médicos, los músicos y los escribas.49 Sabían que se habían embarcado en una empresa maravillosa que transformaría la vida humana para siempre; sus ciudades eran trascendentes porque iban más allá de todo lo conocido hasta entonces. Eran partícipes de la creatividad divina de los dioses, quienes, en cierto modo, habían puesto orden en el caos.
Pero los israelitas se equivocaban al imaginar que el pueblo de Mesopotamia era culpable de un orgullo desmedido. Los habitantes de Mesopotamia sabían que la vida humana —incluso en sus imponentes ciudades—, comparada con el mundo de los dioses que todavía formaba el telón de fondo de su vida cotidiana, tenía imperfecciones y era transitoria. Sus ciudades sólo eran una débil sombra del paraíso perdido de Dilmun, ahora habitado sólo por dioses y por unos pocos humanos excepcionales. Eran muy conscientes de que, al igual que la propia vida, la civilización era frágil y efímera. En Egipto, un país sólido, aislado y protegido por las montañas y fertilizado por las crecidas regulares del Nilo, se confiaba más en la capacidad de los humanos. Pero en Mesopotamia la vida era mucho menos segura: los desbordamientos del Tigris y el Eufrates eran imprevisibles y a menudo destructivos; las lluvias torrenciales podían convertir el suelo en un cenagal, o los feroces y abrasadores vientos dejarlo reducido a polvo; y existía una amenaza constante de invasión. Allí, el mantenimiento de la civilización parecía requerir un esfuerzo heroico contra las obstinadas y destructivas fuerzas de la naturaleza. Estos temores quedan especialmente patentes en sus mitos de las inundaciones. En Mesopotamia, los ríos tendían a hacer rápidos cambios de dirección porque las aguas no encontraban obstáculos naturales, de modo que las inundaciones eran frecuentes y muchas veces catastróficas. Una inundación no era una bendición, como en Egipto, sino que se convertía en una metáfora del desorden político y social.