La dieta del Dr. Dukan

 

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Otros dioses

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El eterno rival de Quetzalcóatl, su complemento al fin, era el terrible Tezcatlipoca, el llamado Señor del Espejo Humeante, vinculado con la guerra, la oscuridad e incluso la muerte. Los más supersticiosos aseguraban que le gustaba aparecerse a los guerreros de noche en los cruces de caminos, para retarles a un combate sin esperanza. Fue venerado también como protector de la realeza y la hechicería y estaba asociado con la rica imaginería del jaguar, uno de los animales sagrados del mito azteca. Dios invisible y omnipresente, Tezcatlipoca era señor de las sombras y poseía un espejo mágico con el cual veía en el interior del corazón de los hombres y podía adivinar su futuro. Su carácter caprichoso le llevaba a repartir dolor y muerte, pero también riquezas, valor y buena suerte.
En cuanto a Tlaloc, el dios de la lluvia «que llora sobre México», es otro «superviviente» de la cultura de Teotihuacán y ejercía un papel básico en una región de valles con un régimen pluvial irregular, donde no era extraño que las cosechas se echaran a perder antes de brotar por culpa de las sequías. Conocido como Chac entre los mayas, y Cocijo entre los zapotecas, el Tlaloc azteca no actuaba solo sino como jefe de un equipo de divinidades dedicadas específicamente a la fertilidad. Sus ayudantes, los Tlaloques, eran hermanos de su mujer, Chalchiuhtlicue, que disponía del poder para conjurar huracanes y torbellinos y producir la muerte por ahogo. A ella se encontraban muy vinculados los dos dioses del maíz: el masculino Chicomecóatl (que representaba la comida en general) y el femenino Centeotl (que se encargaba del maíz de forma específica). Tlaloc podía conceder la prosperidad agrícola, pero también la ruina, pues disponía de cuatro grandes jarras, cada una de las cuales almacenaba agua de una de las cuatro direcciones del mundo. Si provocaba lluvia con el líquido contenido en la jarra del Este, la feracidad de los campos    estaba    asegurada. Pero si lo hacía con el agua de cualquiera de las otras tres, distribuía enfermedades, heladas o sequías a discreción. En su honor se ofrendaban sacrificios rituales de niños en las cimas de las montañas. Si  las   pequeñas víctimas  lloraban  en  el momento de su holocausto, su llanto se consideraba  buena  señal  pues simbolizaba lluvia y humedad.   La   importancia de Tlaloc llegó a ser tal que su santuario pintado de blanco y azul se levantaba junto al de Huitzilopochtli. Los sumos sacerdotes de uno y otro culto   tenían   el   mismo rango. De hecho, como señor de la fertilidad, dio nombre  al  cielo  azteca, Tlalocán, concebido como un paraíso terrenal en el que sobraba la comida, el agua y las flores y al que sólo tenían acceso quienes habían muerto a manos de Tlaloc, ahogados o fulminados por un rayo. Los Tlaloques vivían también en Tlalocán, desde donde    presagiaban   las lluvias con el trueno, que sonaba cada vez que rompían sus jarras. Uno de ellos,   Opochtli,   inventó las redes de pesca y el arpón. Otro, Napatecuhtli, dio vida a los juncos y las cañas e ideó el tejido de esteras.
Hay otro dios primigenio de interés: Xipe Totee, encargado de la vegetación y la renovación primaveral, y al que se le rendía un culto aterrador en la fiesta de Tlacaxipeaualitztli, que consistía en desollar a las víctimas humanas a él ofrendadas. Luego, sus sacerdotes se vestían con la piel de los cadáveres, en un acto que simbolizaba la regeneración de la vida vegetal (el sacerdote vestido con esta piel   desechable   era   la planta viva que se desprende de su vaina). Relacionadas de igual forma con la vida, existían deidades como Xochiquetzal (diosa de las flores y originalmente   consorte   de Tlaloc aunque fue raptada por Tezcatlipoca más adelante) y Xochipilli (símbolo del verano, protector de las artes). Mixcóatl es la Serpiente Nube, divinidad encargada de guardar la Vía Láctea, cuyo cuerpo aparece por lo general pintado de rojo  con  rayas  blancas; encarnaba las almas de los guerreros, que se convertían en estrellas después de la muerte. Y en cuanto al amor se refiere, Xochiquetzal o Flor Quetzal es una bella diosa a la que se distingue por la cinta de flores que luce en el pelo, con dos penachos de pluma del pájaro quetzal de color esmeralda a modo de cuernos. Ella  es  la  auspiciadora del placer físico y el amor fácil, mientras que Tlazolteotl, conocida como Mujer de las Acciones Impúdicas, está asociada con la lascivia y la vida licenciosa. Otro de sus nombres es tan gráfico como Tlaelquani, la Comedora de Excrementos, lo que la implica en la confesión y la purificación de sus pecados.
Todas estas divinidades, y algunas otras cuyo análisis queda fuera del alcance de este libro, recibían el culto de los aztecas de forma individual, en cada casa, con altares dedicados, pero también en la comunión generada por las fiestas sagradas en las que participaba todo el pueblo.


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