El papel de Quetzalcóatl
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Quetzalcóatl o la Serpiente Emplumada era uno de los dioses más populares entre los antiguos americanos por su papel benefactor de la humanidad. Tras la creación del quinto Sol, fue él quien se encargó de descender a Mictlán, el inframundo, con el fin de recuperar los huesos de los humanos que acabaron reducidos al estado de peces. Cuando llegó al mundo inferior, los pidió a Mictlantechtli, el Señor de Mictlán, que se negó a entregárselos a no ser que superara una curiosa prueba: dar cuatro vueltas a su solio circular confeccionado con esmeraldas al mismo tiempo que tañía su caracol marino. Quetzalcóatl asiente, pero se trata de una trampa ya que el astuto Mictlan-techtli le entrega un caracol no perforado. Sin arredrarse ante la dificultad, la Serpiente Emplumada convoca a los gusanos para que lo agujereen y a las abejas para que entren en su interior y lo hagan sonar con su zumbido. Superado el examen, el furioso Señor de Mictlán no tiene más remedio que dejarle que coja los huesos. No obstante, planea su venganza con rapidez. Ordena a sus criados infernales que construyan un foso por el camino de vuelta que ha de recorrer el dios y, en efecto, cuando éste pasa corriendo al lado del agujero, una codorniz le sale al paso aleteando y sorprendiéndole, de tal forma que se trastabilla y cae en el pozo. La codorniz, mensajera del dios de la muerte, se dedica entonces a roer los huesos, en un intento por dejarlos inservibles. Por fortuna, Quetzalcóatl se recupera a tiempo para recogerlos antes de que queden destrozados del todo. No obstante, el ave los ha dejado ya muy deteriorados y ésa es la razón mitológica por la que hoy día los hombres y las mujeres no tienen la misma estatura, peso ni apariencia. En todo caso, con los huesos en su poder, logra escapar al fin de Mictlán y llegar a Tamoanchán, la Tierra de la Vida Naciente. Allí la vieja Cihuacóatl o Mujer Serpiente muele los restos humanos hasta convertirlos en una harina mística sobre la cual los dioses dejan caer algunas gotas de su sangre a fin de que pueda nacer la raza humana actual.
Es también Quetzalcóatl el que se preocupa por conseguir alimento para los hombres. Espía a una hormiga roja que transporta granos de maíz y consigue enterarse así de que esta planta crece en el Tonacatepetl o Monte de los Sustentos. Tomando la forma de una hormiga negra, el dios consigue pasar por un agujero estrecho hasta una cámara de piedra donde encuentra todas las semillas y granos del mundo. Hace partícipes de su descubrimiento a las otras divinidades y éstas dan el visto bueno para que los hombres puedan alimentarse y crecer con el maíz, así como con el resto de plantas comestibles. Entonces, pide ayuda a un par de viejos adivinos para conocer cómo podría coger toda la montaña y llevársela con él a fin de beneficiarse de su contenido. La pareja predice que será el dios Nanahuatzin el único que podrá quebrar el Monte de los Sustentos. Y así será, aunque para ello tendrá que contar con la ayuda de los cuatro dioses de la lluvia y el rayo (los Tlaloques Azul, Blanco, Amarillo y Rojo). A partir de entonces, dioses y hombres dispondrán de maíz blanco, negruzco, amarillo y rojo, frijoles y otros alimentos que son repartidos en las cosechas con el beneplácito de los Tlaloques, deidades de lluvia y fertilidad.
Y, cómo no, de nuevo aparece Quetzalcóatl a la hora de encontrar el pulque y facilitárselo a los seres humanos. El pulque es la bebida alcohólica tradicional más famosa de la región y se obtiene del jugo de la planta de maguey fermentada. Bebida ritual y ofrenda de sacrificio, desempeñó un papel vital en la vida ceremonial de los aztecas.
Sus orígenes míticos se relacionan con los monstruosos Izitzimime, genios maléficos de la oscuridad que se pasaban la vida amenazando con destruir el mundo. Iconográficamente, se representaban como las estrellas que luchan cada amanecer y cada atardecer contra el Sol. La diosa del maguey era la joven y hermosa Mayahuel, que vivía en el cielo en compañía de su abuela, uno de los Izitzimime. Quetzalcóatl aprovecha una siesta de la tenebrosa abuela para convencer a Mayahuel de que descienda con él a la tierra; allí se unen en un gran árbol ahorquillado convirtiéndose cada uno de ellos de forma mágica en una de las ramas. Pero cuando la abuela despierta y ve lo ocurrido, convoca a sus primos maléficos y todos descienden en infernal tropel hacia el árbol, que se parte por la mitad. La propia abuela ataca de forma salvaje la rama de Mayahuel y, destrozándola, entrega partes de la misma a los otros demonios para que cada uno devore un pedazo. Quetzalcóatl consigue salvarse al esconderse a tiempo, pero sólo abandona su refugio cuando los Izitzimime han regresado al cielo. Reuniendo los restos de Mayahuel, los entierra, y de su tumba nace la primera planta de maguey, de donde se extraerá luego el pulque... A pesar de todo lo anterior, aún queda un último acto para completar la puesta en marcha del quinto Sol, y éste no lo protagoniza la Serpiente Emplumada. Para dar vía libre definitivamente a la nueva era es preciso que alguno de los dioses se inmole a sí mismo, para transformarse en un Sol que llene con su luz y su calor esta parte del universo. El mito dice que dos deidades se ofrecieron para ello, y que lo hicieron en la misteriosa ciudad de Teotihuacán, «donde los hombres se convierten en dioses». El primer dios en postularse fue el arrogante y fanfarrón Tecuizte-catl. El segundo, el humilde y llagado Nanahuatzin, que ya interviniera a la hora de partir en dos el Monte de los Sustentos. Para mejor escoger entre uno y otro, se construyen sendos montículos a fin de que los voluntarios ayunen y hagan penitencia mientras se prepara la pira en la que al menos uno tendrá que ofrecerse en holocausto. La tradición dice que las hoy llamadas pirámides del Sol y de la Luna en las ruinas de Teotihuacán se levantaron sobre estos montículos. Durante su ayuno preparatorio, Te-cuiztecatl presenta ofrendas ricas y valiosas: plumas de quetzal, bolas de oro, leznas de jade coronadas de coral rojo, todo ello acompañado por un incienso de calidad insuperable. Los regalos de Nanahuatzin en cambio son de escaso valor material aunque más personales: haces de junco y espinas de maguey salpicadas con su propia sangre y, como incienso, costras tomadas de su propio cuerpo.
Tras los cuatro días de rigor de penitencia, los dos aspirantes se visten para la ocasión: Tecuiz-tecatl, engalanado con esplendor y riqueza; Nanahuatzin, cubierto por simples ropas de papel. Alrededor de la pira de sacrificio, se pide a Tecuiz-tecatl que cumpla su promesa y salte a las llamas que le matarán para que pueda renacer como astro rey. Éste corre hacia la pira pero, en el último momento, el calor abrasador del fuego le aterroriza y retrocede. Hasta cuatro veces lo intenta, sin éxito, porque a última hora queda siempre paralizado. Los dioses, decepcionados por su nulo arrojo, llaman a Nanahuatzin, quien corre y se arroja al fuego a la primera, sin dudar un instante. Las llamas consumen su cuerpo, crepitando y chisporroteando, pero él no pronuncia un «ay» mientras arde en la hoguera sagrada. Al contemplar su heroica ordalía, el avergonzado Tecuiztecatl decide echarse también al fuego y lo hace por fin. Impresionados por lo ocurrido, el águila y el jaguar, presentes en la ceremonia, se arrojan también a la pira para apoyar con su propio sacrificio el de los dioses que les precedieron. Gracias a su bravura y su espíritu de entrega, ambos animales se convierten en patrones de las dos grandes órdenes militares de los guerreros aztecas.
Consumado el holocausto, todas las divinidades contienen el aliento hasta que poco a poco el cielo comienza a enrojecer y Nanahuatzin surge, en el primer amanecer de nuestro mundo, metamorfoseado en gloria y poder y con un nuevo nombre: Tonatiuh, el ardiente dios del Sol cuyos rayos se disparan en todas las direcciones. (Es su imagen la protagonista del llamado Calendario de Piedra, muy conocido en Occidente, si bien no se trata en realidad de un calendario sino de una representación de la cosmogonía azteca. Esta preciosa talla pétrea encontrada en 1790 cerca del Templo Mayor de Ciudad de México representa los principales elementos de la quinta creación. El rostro central es el de Tonatiuh, rodeado por el signo del quinto Sol y con sus dos garras aferrando su alimento: corazones humanos, cuya sangre contenía la preciosa esencia espiritual llamada chalchihuatl. La lengua de Tonatiuh es un símbolo del cuchillo sacrificial con el cual los sacerdotes arrancaban esos corazones de sus víctimas. En torno a la imagen del dios hay cuatro figuras que representan los soles anteriores, dedicados al jaguar, el viento, el fuego y el agua y, alrededor, los emblemas de los veinte días del Calendario Sagrado, el Tonalpohualli, junto con representaciones simbólicas de Tezcat-lipoca, Quetzalcóatl y Tlaloc.) Poco después aparece también Tecuiztecatl, que asume el rol de la Luna, en un principio tan brillante como Tonatiuh. Preocupados porque el mundo sea demasiado luminoso por la existencia de dos soles, los dioses lanzan un conejo a la cara de Tecuiztecatl que, al fin y al cabo, ha sido el segundo en sacrificarse. Su rostro queda herido y por eso la cara de la Luna es más débil que la del Sol; y por eso también durante las lunas llenas puede adivinarse la forma de un conejo en el satélite terrestre...
Una consecuencia inesperada del reciente poder adquirido por Tonatiuh es la arrogancia con que éste exige la lealtad y la sangre de los demás dioses para moverse a través del cielo. El dios de la Estrella de la Mañana (Venus), también conocido como Tlahuizcalpantecuhtli, el Señor de la Aurora, le responde lanzándole su dardo, pero falla. Tonatiuh demuestra su recién adquirido poder y al devolver el golpe le atraviesa la cabeza. El Señor de la Aurora se transforma entonces en dios de la piedra y la frialdad con el nombre de Itztlacoliuhqui: por esta razón, siempre hace frío cuando amanece. Tras mucho pensárselo, el resto de divinidades deciden que ellos tendrán que sacrificarse también para que el sol se mueva y la vida pueda ponerse en marcha de una vez. Quetzalcóatl se encarga de decapitar uno a uno a sus compañeros con un cuchillo de sacrificios. Así arranca, por fin, el quinto Sol, Cuatro-Movimiento, el cual, para evitar que se detenga y con él finalice el mundo otra vez, debe ser alimentado regularmente. Por eso, igual que los dioses entregaron su sangre, los hombres han de ofrecer la suya, ya que la vida del universo sólo puede prolongarse mediante el sacrificio. Aun así, dicen las crónicas que también el quinto Sol será destruido en el futuro; en esta ocasión, con la ayuda de gigantescos y continuados terremotos.
La aparición de Quetzalcóatl en los mitos aztecas no se limita a la leyenda de los cinco Soles, ya que su existencia es previa a la llegada del pueblo azteca como tal. Siendo así uno de los cuatro dioses creadores, también asume otras formas, como la de Ehecatl, benévolo dios del viento, el aprendizaje y las artes, asociado a los cuatro puntos cardinales ya que el viento sopla en todas las direcciones. Por eso sus templos tenían forma cilíndrica, con el fin de ofrecer menos resistencia al aire. En su forma de Serpiente Emplumada (en todas las tradiciones «paganas» tanto en Oriente como en Occidente, la serpiente no es un símbolo negativo sino todo lo contrario: un ser de sabiduría, fuerza y fertilidad), pueden encontrarse puntos de contacto con la civilización de Teotihuacán y con la de los toltecas. Los aztecas lo asimilaron y veneraron como patrón de sacerdotes, inventor del Calendario y protector de los artesanos. También protegía a los gemelos, desde el punto en que él mismo era gemelo de Xólotl, el dios de la cabeza de perro. Dios solar y creador de cultura, enseñó a los seres humanos diversas artes y trabajos, y un día embarcó en una balsa confeccionada por serpientes mágicas y desapareció por el este prometiendo que algún día regresaría. Hernán Cortés explotaría esta tradición tras desembarcar en México en 1519. Otra leyenda recoge sus disputas con Tezcatlipoca, que exigía ofrendas de sangre humana, mientras que él se contentaba con sacrificios más sencillos como los de aves, jade, serpientes y mariposas. En el en-frentamiento entre ambos, Quetzalcóatl acabó autoinmolándose en una pira funeraria después de lo cual se transformó en Venus. Por eso es símbolo también de muerte y resurrección.