La dieta del Dr. Dukan

 

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Los aztecas

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Si el origen de los mayas como civilización es oscuro, el de los aztecas es muy curioso. Fueron los últimos en llegar al Valle de México, donde ya llevaban mucho tiempo asentados otros pueblos, y lo hicieron con lo puesto. Se trataba de un grupo nómada y belicoso, que nunca tuvo el respeto ni la consideración de sus vecinos por su constante afán de derramar sangre (sobre todo, la de los demás) para homenajear a su divinidad protectora, su dios nacional, el cruel Huitzilopochtli, que según la tradición les habría guiado desde el noroeste. De hecho, el nombre de aztecas significa «gentes cuyo rostro nadie conoce», porque casi siempre lo tenían cubierto por pinturas de guerra.

El resto de tribus de la región, más civilizadas, les despreciaban hasta el punto de no relacionarse en absoluto con ellos, a no ser para contratarlos como mercenarios en sus guerras. Los aztecas tuvieron que instalarse en uno de los escasos lugares no ocupados junto al lago de Texcoco: una isla pantanosa e insalubre sobre la que fundaron Tenochtitlán, la ciudad que luego se convertiría en centro de su imperio. Allí se hicieron fuertes, se au-todeclararon herederos de los toltecas y, con el tiempo, cumplieron su venganza contra los demás pueblos de la zona, sometiéndolos a todos sin excepción.

Para cuando los primeros españoles se encontraron con ellos en 1519, habían alcanzado el grado de un potente imperio, disfrutaban de una sociedad organizada, utilizaban una escritura basada en dibujos junto con un código matemático y un calendario completo, se explayaban con habilidades artísticas que impresionaron a los conquistadores y se expresaban en una lengua propia, el náhuatl, que aún hoy conservan algunos indios mexicanos de pura cepa.

Todo eso se derrumbó tras dos años de lucha contra los conquistadores, pero a ello no sólo contribuyó la superior tecnología militar de estos últimos, sino la propia mitología azteca. El último de sus emperadores, Moctezuma II, ha sido califica do como un tirano que vivía en medio del lujo y la indiferencia hacia lo que ocurría en el mundo, más dado a perderse en místicas reflexiones y prácticas supersticiosas que a vivir el día a día y entrar en acción cuando sus consejeros nobles o sacerdotales se lo requerían con urgencia.

En la llegada de los barbudos españoles, con sus «rayos tronantes» y sus «casacas invulnerables», quiso ver el regreso mitológico de Quetzalcóatl. Se engañó a sí mismo, engañó a su entorno y a su pueblo, y, cuando quiso reaccionar, lo había perdido todo.


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