La dieta del Dr. Dukan

 

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Códices y calendarios

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Si misterioso es el origen de los americanos, no es menos interesante averiguar cómo adquirieron un nivel de conocimientos que les permitiera diseñar maravillas importantes para entender su civilización, como por ejemplo los famosos Códices o Libros Pintados. Se trata de los volúmenes pictóricos, algunos de ellos con comentarios en lenguas nativas, dibujados por mayas, aztecas y mixtecas, y también en menor número por tarascos y otomíes. Estas asombrosas colecciones de ilustraciones, a medio camino entre el tebeo, el terror y el arte sacro, se confeccionaban sobre tiras de piel raspada de venado o sobre corteza del árbol amatl, un tipo de higuera. Según los mayas, el inventor de la escritura habría sido el Señor del Ojo del Sol, Kinich Ahau (Quetzalcóatl, según los aztecas). Estos últimos usaban mucho papel para confeccionar túnicas con que adornar a los dioses y a los sacerdotes, como tributo que debían entregar los pueblos vencidos o como parte de algunas ceremonias. Sin embargo no ha sobrevivido ningún mito que explique cuándo y cómo fue inventado el papel. Se supone que sus creadores habrían sido una cultura previa desarrollada en el Golfo de México. ¿Cuál?
Los Códices formaban parte del tesoro de los antiguos pueblos mesoamericanos. No sólo por el valor de los materiales utilizados sino sobre todo por lo que contenían. Moctezuma llegó a ofrecer dos de estos libros a Hernán Cortés como parte de su tesoro, pero a los conquistadores españoles, ávidos de oro y en su mayor parte analfabetos, esta ofrenda los dejó fríos. En sí mismos, la mayor parte de estos particulares libros representan un enigma porque son indescifrables. En general, se supone que constituyen un compendio de sabiduría, mitología y meditaciones escrito por los colegios sacerdotales a lo largo de generaciones y en principio destinado sólo a los propios sacerdotes. Algo similar a lo que ocurrió en Egipto con el Libro de los Muertos del que hoy en día se dice poco más o menos que era un texto «de cabecera» para cualquier noble cuando todo parece indicar que en su origen se trataba de un volumen de magia y filosofía reservado a un puñado selecto de gentes iniciadas en los Misterios. Así pues, a la espera de que aparezca el nuevo Champollion que descubra una piedra Rosseta americana, tenemos que conformarnos con los escuetos avances de los últimos años en el siempre resbaladizo campo de la traducción. Algunos símbolos los conocemos: por ejemplo, la tortuga era entre los mayas un trasunto del solsticio estival, y el caracol, del solsticio invernal. Águila, ciervo, culebra y mariposa son otras tantas caras del Sol. La mariposa representa además la llama, tanto física como espiritual y, en este último caso, es el alma del guerrero muerto que acompaña al astro rey en su peregrinación celeste. El conejo aparece como equivalente de la Luna. Y, entre los números, tal vez el más interesante sea el cuatro, como encarnación no sólo del Sol sino de la creación y de los puntos cardinales...; pero también de las fases lunares, de las destrucciones del mundo antes de que naciera el actual, de los dioses creadores del universo y las direcciones en las cuales se expande éste, de las cuevas que se encontraban a la entrada del mundo inferior atravesado por sendos caminos de colores (negro, blanco, rojo y verde) ...Y hablando de colores, se trata de una ayuda útil para interpretar el cosmos simbólico, como demuestra la viveza y brillantez con que fueron ilustrados los Códices. Por ejemplo, una figura humana pintada de amarillo representaba al sexo femenino; de color morado, a un personaje de la realeza; vistiendo un manto azul, a un rey; de rojo y negro, a alguien relacionado con la escritura y el saber.
De todas aquellas joyas de la antigüedad apenas sobreviven en nuestros días una veintena sin manipular. Del período posclásico maya sólo conocemos cuatro Códices: el de Dresde, el de Madrid, el de París y el relativamente recién descubierto Códice Grolier. De la región central de México contamos con una serie de cinco manuscritos agrupados bajo el nombre de Grupo Borgia, que toma su nombre del más impresionante del conjunto. Los expertos afirman que estos nueve documentos se centran en cuestiones de índole adivinatoria relacionadas con los calendarios sagrados, mientras que los otros textos que conocemos se dedican más específicamente a la mitología. Por supuesto, existían muchos más. Los citados aquí no fueron probablemente los más importantes de su época, sólo los que consiguieron sobrevivir a siglos de incomprensión, fanatismo y codicia. La mayoría de los viejos documentos fueron quemados por misioneros españoles que vieron en ellos la influencia de horribles demonios o, en el mejor de los casos, la huella de una religión rival, pero también algunos reyes mexicanos que quisieron cambiar la historia en su favor se encargaron de hacer desaparecer los manuscritos que hablaban de los tiempos pretéritos. Algunos más fueron escondidos por los indígenas en lugares desconocidos para protegerlos de los conquistadores, y su rastro se perdió hace mucho.
Junto a los Códices, otra muestra del poderío intelectual de estos pueblos eran sus calendarios. Para nosotros resulta lo más natural del mundo pensar en el día de hoy como en uno más de una sucesión preestablecida de acuerdo a un esquema de horas, semanas, meses, años, siglos o milenios. Pero no hace tanto tiempo que Occidente cuenta los días de la misma forma. Hasta las reformas del calendario gregoriano —y aun después, en las regiones más aisladas del continente europeo— no era extraño contar el tiempo a raíz de la subida al trono de determinado rey, por ejemplo, con lo que resultaba difícil ponerse de acuerdo a la hora de considerar un tempo similar en todo el Viejo Continente.
Los   mesoamericanos resolvieron   el   problema con relativa facilidad y, desde   luego,   con  precisión. Para ellos, los calendarios eran una cuestión de vida o muerte desde el punto de vista sagrado. El primero era el Gran Calendario Solar, conocido como Haab por los mayas y Xihuitl por los aztecas. Comprendía dieciocho meses de veinte días —cada día con su propio signo:  Cocodrilo, Viento, Casa, Lagarto, Serpiente, Muerte,   Ciervo,   Conejo, Agua, Perro, Mono, Hierba, Junco, Jaguar, Águila,   Buitre,   Movimiento, Sílex, Lluvia y Flor—, a los que se añadían cinco días    desfavorables,   los uayeb, hasta un total de 365 —por cierto, los egipcios también disponían de un calendario similar y también   el   cuatro   era para ellos un número sagrado, muy utilizado en sus rituales—. Los aztecas   marcaban  los   años con números del 1 al 13, el número de cielos en los que moran los dioses y también   las   horas   del Mundo de la Luz de cada jornada, pues las nueve horas restantes pertenecían al Mundo de la Noche.    Paralelamente    al año solar y encajado en el mismo,  discurría el Calendario Sagrado al que los aztecas llamaron Tonalpohualli y los mayas, Tzolkin. Estaba compuesto por 260 días divididos en 20 semanas de 13 días. Cada semana estaba regida por un dios o unos dioses concretos, y cada día tenía asimismo una o varias deidades propias... De esta forma, se conseguía el Calendario Redondo compuesto por 52 años según el cual un recién nacido tenía la seguridad de que su horóscopo no se repetiría hasta dentro de medio siglo. El bebé recibía, pues, el nombre del día en el que llegaba al mundo, de acuerdo a este sistema: si nacía el primero de mes era «cocodrilo»; si el séptimo, «ciervo», si el vigésimo día, era «flor». Después ese nombre había que relacionarlo con los números del 1 al 13 según el año en el que hubiera venido al mundo, y así se formaba un período de 260 días que constituía la base de los augurios y las especulaciones astronómicas / astrológicas. Con la combinación de las series de números, el pequeño podía recibir el nombre de Viento-Flor de Xolotl o Jaguar-Lluvia de Maíz. Detalle fundamental para entender la importancia del Calendario Redondo es la idea de que la vida se desarrolla en ciclos completos. Es decir, al final de los 52 años, el tiempo y el mundo renacían de forma simbólica en la conocida como Ceremonia del Fuego Nuevo. En ella era necesario quemar todo lo viejo en favor de la nueva creación. Durante las últimas horas del Año Viejo, los antiguos americanos extinguían todas las hogueras, arrojaban al agua las efigies de los dioses y escondían a mujeres y niños de las malas influencias cósmicas. Los sacerdotes se vestían con ropajes que encarnaban a los dioses y subían a la cima de la Colina de la Estrella sobre Ixtapalpa, donde esperaban a que, allí arriba en el cielo nocturno, las Pléyades pasaran por el cénit. Justo en ese momento, el mundo corría un grave peligro de destrucción real. La única forma de evitar el cataclismo era mediante una ofrenda humana: arrancando el corazón a una víctima en cuyo pecho debía arder un simulacro de incendio. Con este holocausto, se aseguraba un nuevo período vital de 52 años. Ofrecido el corazón a los dioses, se arrojaban antorchas sobre el cuerpo y más tarde se llevaban al Templo Mayor en Tenochtitlán, y también a los templos y ciudades a orillas del lago que rodeaba la isla de la capital. De esta forma, el fuego —o sea, el Sol— aseguraba su presencia durante un nuevo ciclo. Dentro de este esquema, determinar correctamente las influencias cósmicas de los calendarios resultaba vital para el individuo: su destino mismo dependía de las buenas o malas cualidades atribuidas a su fecha de nacimiento teniendo en cuenta que, como veremos más adelante, el hombre está siempre supeditado a la voluntad de los dioses.
Aún existía otra forma de medición del tiempo: la Cuenta Larga, un sistema vigesimal que consistía en llevar un cómputo constante de días a partir de un acontecimiento mítico no muy claro ocurrido en el 3114 a.C. Su máximo sistema de complejidad y popularidad se dio durante el período maya clásico, pero se sabe que hasta bien entrado el período colonial siguió funcionando una forma abreviada de esta cuenta entre los pueblos de habla yucateca en el norte de las tierras bajas mayas.


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