Coincidencias con mitos cristianos
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Los aztecas no sólo fueron los últimos en llegar al valle de México, sino que en un principio se ganaron a pulso el desprecio del resto de las tribus allí asentadas, que siempre los acusaron de ser gente cruel, pendenciera y aficionada a la muerte. Para ilustrar este carácter, una leyenda cuenta la historia de un grupo de aztecas recién llegados que se presentaron ante Achitómetl, el Señor de Culhuacán, a fin de pedirle tierras donde asentarse. Ignorando los consejos de sus asesores, Achitómetl decidió atenderles.
Ya había vencido a los aztecas en el campo de batalla, pero no quería volver a enfrentarse con ellos y decidió que podían perecer ellos solos si se les proporcionaba el lugar adecuado para ello. Así que les concedió la inhóspita región de Tiza Pan, poblada de un sinfín de alimañas. Pero los aztecas eran gente dura: se adaptaron y prosperaron. Asombrado por su capacidad para salir adelante, Achitómetl pensó que merecían otra oportunidad.
Por ello consintió, cuando se lo pidieron, en entregar a su propia hija, Tonantzin, para que presidiera sus rituales en calidad de diosa encarnada... Cuando ella llegó a Tiza Pan, los sacerdotes aztecas la degollaron y desollaron desde el cuello a las rodillas en honor de su divinidad nacional, Huitzilopochtli. Durante el ceremonial, un mozo de su tamaño se encargaría de vestir la piel de la joven, ascendida de esta forma a la categoría de «madre de los dioses».
Cuando Achitómetl supo lo ocurrido montó en cólera y ordenó matar a todos los aztecas. Acostumbrados a este tipo de reacciones, ellos levantaron campo rápidamente y huyeron, hasta alcanzar el lugar predestinado como fin de su peregrinaje: el punto en el que un águila comía una serpiente. Allí se asentaron y fundaron su civilización como tal... Y, una vez instalados, fundaron también el culto a la virgen Tonantzin, en un templo construido en el Tepeyac.
Su fiesta, que se celebraba en torno a nuestra Navidad, se hizo enseguida muy popular y se reprodujo en multitud de poblaciones. Indígenas de más de cien kilómetros a la redonda acudían a rendir culto a la virgen madre de los dioses y de todos los mexicanos. Con la reforma del calendario juliano a finales del siglo XVI, la fiesta de los indios, ya conquistados, pasó a celebrarse el 12 de diciembre. Hoy día es de dominio público que el cristianismo se confunde un poco en Cuba, Haití y otros países antillanos con las creencias vudúes o animistas importadas por los antiguos esclavos africanos. Pero esto también ocurrió con las civilizaciones mesoamericanas.
Ritos y costumbres de origen cristiano hallaron eco en ellas hasta el punto de que tal vez ésa fuera la razón principal por la cual la religión de los conquistadores se extendió con tanta rapidez. Por ejemplo, entendían el concepto de la resurrección aunque no dispusieran de ningún verbo para expresarlo. Los incas más ortodoxos guardaban sus cabellos y uñas en sus tumbas porque creían que todos los que alguna vez nacieron y murieron habrían de vivir de nuevo en el mundo. Las ánimas se encarnarían otra vez en sus cuerpos y se levantarían de las sepulturas y, como en aquel futuro día, «ha de haber gran bullicio y mucha prisa», no era cuestión de que perdieran el tiempo buscando sus cabellos y uñas cortados.
Los conquistadores se quedaron muy sorprendidos al encontrar una estatua de Viracocha con el mismo aspecto que san Bartolomé. La única diferencia era que las imágenes del santo cristiano mostraban un demonio atado a sus pies, y la del dios inca, un animal desconocido. Y donde el asombro superó lo imaginable fue en Cuzco, cuando los españoles hallaron en uno de los lugares sagrados de la capital inca una cruz de mármol fino, de color blanco y encarnado, llamado de «jaspe cristalino». Esta representación de la divinidad colgaba de un clavo y era cuadrada, tan ancha como larga, pues «tenía de largo tres cuartas de vara y tres dedos de ancho y otro tanto de gruesa». Era de una sola pieza, muy bien labrada y muy bruñida. Ninguno de los sacerdotes incas, ante las excitadas preguntas de los conquistadores, supo decir desde cuándo exactamente estaba allí esa cruz.