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El poblado panteón maya

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Ya adelantamos que una de las claves de la rápida expansión del cristianismo en América fue la sorprendente coincidencia con algunas de las ideas espirituales precolombinas. Por ejemplo, la existencia de un alma que pervive tras la muerte y que, para determinadas categorías escogidas que se habían comportado como debían en el mundo terrestre, tenía como premio un Paraíso (en el que existía un gran árbol llamado kapok que daba sombra y descanso eterno a sus moradores).

Los mayas hablaban además de un Diluvio Universal, celebraban ceremonias de bautismo, creían en la resurrección de los muertos, practicaban confesiones y penitencias, peregrinaban a lugares santos e incluso utilizaban la cruz como símbolo sagrado. Todas estas prácticas se combinaban con otras que escandalizaron a los conquistadores, como los sacrificios humanos o el derramamiento ritual de sangre a través de la lengua, el pene y otras partes del cuerpo.

Por lo que sabemos, los mayas dividían el universo en tres niveles: un inframundo de nueve estratos, un mundo intermedio habitado por los seres humanos, y un mundo superior y celestial sostenido por cuatro dioses llamados Bacabs. Los tres niveles estaban conectados entre sí por un colosal árbol que permitía a los dioses y a las almas de los muertos subir y bajar de nivel. (¡Cómo no evocar aquí a Ygdrassill, el místico Fresno Cósmico de la mitología nórdico-germánica, que unía los nueve mundos del universo divididos también en tres niveles!) Todas las cosas materiales estaban impregnadas de una esencia espiritual que se manifestaba constantemente en toda la naturaleza: desde las montañas hasta el maíz, desde la sangre humana hasta el cielo sobre sus cabezas.

Más difícil es detallar cuántos y cuáles eran los dioses del panteón maya. Cada divinidad disponía de múltiples títulos y se podía presentar con aspectos diferentes; además, muchas deidades poseían equivalentes del sexo opuesto e incluso manifestaciones infernales. En el Ritual de los Bacabs, un documento que data del siglo XVIII, se citan nada menos que 166 dioses, de los cuales hoy podemos reconocer una treintena gracias a los códices que conservamos.

Entre ellos, el principal era tal vez Itzamná (traducible como Casa del Lagarto), el Supremo Creador y Protector de la escritura y el aprendizaje, normalmente representado como un anciano con clásica y prominente nariz. Se trata de un ser apergaminado de puro anciano, similar al Viejo Dios de los aztecas y, como él, dotado de funciones similares. Su cónyuge era la también anciana Ix Chel (la Señora Arco Iris), que amparaba a parteras y curanderas y poseía grandes conocimientos sobre el arte de la elaboración de tejidos y la confección de ropa con ellos.

Chac (o los Cuatro Dioses Chac, según otra tradición) era el encargado de la lluvia y el rayo y, por tanto, uno de los más venerados a la hora de solicitar su concurso para fertilizar la tierra; en sus representaciones suele empuñar serpientes y hachas que no son otra cosa sino símbolos de su poder sobre truenos y rayos. Otra divinidad importante para la supervivencia del pueblo era el dios del maíz, Ah Mun, encargado de asegurar que nunca faltara el preciado alimento.

El dios de la muerte está representado por un esqueleto y se llama Yum Cimih o Señor de la Muerte, por otro nombre Cizin, que significa «el flatulento». El dios del sol era Kinich Ahau (el Verdadero Rostro del Sol), que podía aparecer con aspecto de joven o de viejo según la hora del día en que se dejara ver y que adoptaba la forma del dios jaguar cuando viajaba por los infiernos. El más conocido y popular de todos ellos era Kukulkán o Gucumatz, equivalente al Quetzalcóatl azteca, igual que el Hércules romano era una copia del Heracles griego. Muchos de estos dioses aparecen en el Popol Vuh, literalmente El Libro de la Comunidad, considerado como la auténtica Biblia de los mayas y, por tanto, de lectura obligada para todo aquel que pretenda acercarse en serio a su cultura. Temáticamente, se divide en tres grandes secciones.

La primera relata los orígenes del mundo y de los hombres; la segunda habla de las hazañas de dos jóvenes semidioses gemelos llamados Hunahpú e Ixbalanqué, y la tercera es tal vez la menos fascinante desde el punto de vista mítico o literario pero la más productiva para los historiadores, ya que contiene abundante documentación acerca de los primeros y legendarios tiempos de los quichés, incluyendo una lista de sus reyes que llega hasta el año 1550 d.C.


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