La estirpe de Viracocha
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La primera vez que los conquistadores tuvieron oportunidad de contemplar la representación de Viracocha fue en Cuzco y ciertamente quedaron impresionados. Ante ellos había una estatua de oro finamente labrado «de la altura de un niño de unos diez años» que representaba a un dios blanco y barbudo tocado con una larga túnica, muy similar a la imagen que muchos de ellos guardaban de Jesucristo. Los sacerdotes incas les explicaron que era una divinidad creadora, omnipresente e inconmensurable, una especie de dios supremo que animaba con su sola fuerza al universo entero, hasta el punto de ser capaz de dotar de vida a las plantas, los animales, los seres humanos e incluso a otros dioses menores. Los incas sentían un profundísimo respeto y veneración por él, aunque muchos le consideraban un ser un tanto distante y alejado de las preocupaciones corrientes ya que solía «delegar» los problemas cotidianos en otras divinidades menores, más activas y accesibles a los hombres..., igual que Jesucristo lo hacía con los santos en la teología cristiana. Además, los sacerdotes se referían a él con títulos muy pomposos. En realidad, Viracocha no es su nombre sino la versión, fonéticamente adaptada al español, de su título más común: Ilya-Tiquisi Wiracoca Pacayacacic o, lo que es lo mismo, Antiguo Cimiento, Señor, Instructor del Mundo.
Origen último de todo poder divino, también entra en la categoría de los héroes civilizadores que, después de participar en la tarea de construcción del mundo, se dedican a viajar por él terminando de configurar el paisaje y enseñando a los mortales a vivir de la mejor forma posible. Cuenta su mito que, al llegar a la localidad ecuatoriana de Manta, embarcó en una balsa (o, según otra versión, simplemente se subió en su capa mágica) y atravesó así el Pacífico no sin antes anunciar que volvería para conducir a los suyos a una nueva edad de oro. De ahí que, igual que sucedió con los aztecas —si bien la ingenuidad de los incas fue mayor, pues habían recibido noticias de lo que ocurría en tierras mexicanas—, cuando los españoles desembarcaron en la costa peruana muchos nativos les creyeron emisarios de su gran divinidad e incluso al principio les llamaron «los viracochas».
Entre los sacrificios ofrecidos por los incas, tanto a éste como al resto de los dioses, no se descartaban los de seres humanos; si bien éstos solían reservarse para las ceremonias más solemnes e importantes del calendario, como por ejemplo la coronación de un emperador. Los más valorados eran los sacrificios de niños, llamados capacochas, ya que en teoría su escasa edad y su inocencia les aproximaban en mayor grado a la pureza espiritual del mundo superior.
Además de Viracocha, el panteón inca albergaba un poderoso grupo de deidades celestes de los cuales tres actuaban con especial intensidad. El primero de ellos era Inti, el dios Sol, considerado como un antepasado ilustre de la familia real. De hecho, uno de los sobrenombres del Inca era «Hijo del Sol», así que la veneración de Inti se convirtió en una religión de Estado. El astro rey solía ser representado por un gran disco dorado rodeado por rayos con rostro humano. Su culto, giraba en torno a Coricancha, en Cuzco, donde su reluciente imagen estaba flanqueada por las momias de antiguos emperadores, vestidos con complicados ropajes, y protegida por muros cubiertos con el «sudor del sol», es decir, con láminas de oro sagrado. Los orfebres incas representaron todo tipo de formas de vida conocidas con el dúctil metal en el jardín de Coricancha:
desde una llama hasta una mariposa; obras de arte tan valiosas por sí mismas como por el material con que fueron esculpidas, aunque los conquistadores sólo se fijaron en este segundo aspecto. Las características de este culto solar, que tanto nos recuerdan al de otros cultos idénticos en el resto de civilizaciones antiguas, incluyen también la existencia de unas «vestales» apropiadas. En este caso se llamaban Aellas, las Mujeres Elegidas, y se las conocía popularmente como las Vírgenes o Doncellas Solares. Las Mama Cunas, unas mujeres mayores que se encargaban de vigilar tanto el ritual como la pureza de estas muchachas, mantenían la tradición y organizaban su vida repartiendo sus tareas entre la adoración de Inti y el servicio a la familia real. Desde los ocho años de edad, las Aellas vivían enclaustradas en templos-convento conocidos como Acllahuasi, donde se encargaban de confeccionar la ropa, la comida y la cerveza de maíz para las celebraciones del Estado. Además —no podía faltar este aspecto de la ceremonia—, custodiaban un fuego sagrado, una llama eterna, para la fiesta solar conocida como Inti Raymi que, tal y como mandan los cánones, se festejaba en el solsticio de verano.
Por último, el emperador podía usar estas mujeres como concubinas en su calidad de familiar directo del astro rey. E incluso en ocasiones fueron ofrecidas a los dignatarios extranjeros con los que el monarca quería formar alianzas políticas mediante el matrimonio.
Cualquier culto solar lleva aparejado otro lunar, y en este caso no podía ser menos. Emparejados en los cielos sobre nuestras cabezas desde tiempos inciertos, el Sol y la Luna están acostumbrados a compartir los más elevados sitiales de la religión humana. Así que resulta lógico que la segunda gran divinidad fuera la representante de la Luna, conocida en este caso como Mama Kilya y por supuesto con el tratamiento de hermana y consorte de Inti. Lo que de paso la relacionaba con el hombre inca, que la consideraba como madre de su raza y guardiana del tiempo al señalar el paso de las semanas gracias a sus fases, reguladoras de las fiestas del calendario religioso. Los eclipses lunares eran época de prueba para Mama Kilya porque en ese momento una gran serpiente o un león de la montaña (un puma) de proporciones descomunales trataba de devorar su imagen celestial. Para ayudar a su antepasada divina, los seres humanos debían hacer el mayor ruido posible a fin de asustar al gigantesco animal. Y eso es lo que se hacía durante estos momentos tan especiales que, para satisfacción del sacerdocio inca que dirigía el estruendo y el pueblo que lo provocaba, siempre terminaban con la diosa liberándose de su agresor. Igual que sucedía con su marido Inti, la imagen de Mama Kilya estaba rodeada en el complejo de Coricancha por las momias de sus «hijas», las sucesivas emperatrices, y naturalmente su santuario estaba revestido por el «sudor de la Luna» o sea, por láminas de plata.
Y la tercera gran divinidad era Ilyapa. El dios del trueno y del tiempo atmosférico ejercía otro rol común, como protector específico del pueblo en tanto generador de la lluvia que fertilizaba los campos y proveía de alimentos en época de cosecha. En la mitología inca, Ilyapa se pasaba la vida haciendo viajes al río celestial que fluía entre las estrellas (la Vía Láctea) para acarrear allí en una jarra propiedad de su hermana el agua que más tarde vertía sobre las tierras de los hombres. Como era un ser divino, no podía limitarse a dejar caer el agua, sino que debía hacerlo a lo grande, llamando la atención. La técnica adecuada incluía el uso de su gigantesca
honda, con la que lanzaba una gran piedra que en forma de rayo rompía la jarra. Ésta se recomponía después por arte de magia. En cuanto al trueno, no era otra cosa que el chasquido de tan colosal arma, y el relámpago, el fugaz destello de sus ropas al moverse.
Existían, además, otros dioses menores como Cuichu el Arco Iris, Pacha Mama la Tierra Madre (muy de moda en la actualidad gracias al uso y abuso de su tradición, reavivada por el movimiento denominado Nueva Era) y Mama Coca la Mar Madre. Pero los seres protectores del pueblo inca eran básicamente aéreos. No es de extrañar entre unas gentes que buscaban (y encontraban) símbolos y relaciones míticas y espirituales con cualquier fenómeno astronómico. A finales del siglo XVI, un cronista llamado Polo de Ondegardo contaba que, según le atestiguaran los propios incas, todos y cada uno de los seres que caminan, vuelan, reptan, nadan o trotan sobre la Tierra tienen su reflejo en el Cielo, último responsable de la procreación y sustento de sus sombras terrestres. Por eso la mayoría de constelaciones llevaban nombres de animales, como el Zorro, el Sapo, la Llama Adulta y la Llama Pequeña o la Serpiente. Todas juntas formaban un zoológico celeste llamado Pachatira, que se reflejaba bajo él con el nombre de Pacha Mama. Por supuesto, los nombres de estas constelaciones no se repartieron al azar. Así, por ejemplo, los «ojos» de la Llama (las estrellas que nosotros conocemos como Alfa y Beta Centauro) aparecían antes del amanecer a finales de noviembre y diciembre, cuando paren las llamas terrenales. Otro ejemplo: la constelación de la Serpiente, también muy popular, era visible en el cielo sólo durante la estación de las lluvias, porque en la seca estaba «bajo tierra»; es decir, bajo el horizonte.
Los incas realizaron observaciones sobre ciertos fenómenos celestes, como la salida y el ocaso del sol, y los relacionaron con las fases y los movimientos de la Luna. Así, los sacerdotes astrónomos observaban los movimientos solares para calcular las fechas de las dos celebraciones rituales más importantes en Cuzco: los solsticios de junio y diciembre. En diciembre se celebraba la fiesta real de Cápac Raymi, centrada en los ritos de iniciación de los muchachos de ascendencia regia, y se observaba el sol al atardecer desde el Coricancha. El rasgo más destacado de la astronomía inca incluía el estudio de la Vía Láctea y las constelaciones contiguas de «nubes negras» formadas por zonas opacas de polvo interestelar. Según el mito, cuando la constelación de la llama celestial desaparece a medianoche es porque va a beber agua de la tierra y así evita las inundaciones. Las llamas eran los animales sacrificiales más valiosos y se ofrecían en las cimas de las montañas durante la época de la luna nueva. En octubre no daban de comer a los animales de color negro con el fin de hacerlas llorar y así pedir con más fuerza la lluvia benéfica a los dioses.
El calendario inca estaba correlacionado con la primera aparición de las Pléyades antes de la salida del sol. Esta constelación, una de las más importantes ya que fue utilizada en la elaboración de su calendario lunar sideral, era conocida como Cólica, el Granero, porque protegía las semillas y la actividad agrícola. El calendario lunar sideral comenzaba la noche del 8 al 9 de junio y terminaba la del 3 al 4 de mayo. Se celebraban ceremonias en honor de los emblemas reales en el mes de Aryihua, abril, cuando se enseñaba a una llama de color blanco (previamente vestida con una especie de camisa roja) a comer coca y beber chicha (la cerveza de maíz) como símbolo de la primera llama que apareció sobre la tierra tras la gran inundación de tiempos ancestrales.