Lugares de poder
![]()
Ya hemos visto que las religiones prehispánicas poseían muchos puntos de contacto con el cristianismo. Uno de los detalles de las creencias incas que más llamó la atención a los primeros misioneros era su afán por el peregrinaje a puntos concretos dotados de poder místico.
Los viajes sagrados a los santuarios de los templos/pirámides, a fuentes mágicas y especialmente a determinados picos montañosos de los Andes constituían parte esencial de su fe. Uno de los centros de peregrinación más célebres fue el santuario de Pachamac en la costa peruana. Allí los sacerdotes regulaban el culto de esta deidad creadora y de la tierra cuyos fieles enriquecían constantemente su santuario con oro, le ofrecían sacrificios humanos y animales y recibían a cambio predicciones del oráculo sobre su futuro.
Pachamac estaba considerado como el dios supremo por los habitantes de la región y ejercía gran influencia incluso antes de que el imperio incaico lo absorbiera. De hecho, el sacerdocio de Inti, el dios del Sol propiamente inca, coexistió junto al de Pachamac en una fecunda colaboración que benefició a ambos. Todavía en la actualidad existen peregrinaciones a montañas sagradas en los Andes; la mayoría de ellas, en su origen paganas, pero refugiadas bajo la coartada de un barniz de cristianismo.
No es nada nuevo, por otra parte. Numerosos pueblos —como los griegos con el Olimpo, los japoneses con el Fujiyama o los tibetanos con ciertas alturas del Himalaya— han ubicado los tronos de sus dioses en lo más alto de las cumbres frías y nevadas, rodeadas de ríos con caídas de vértigo y praderas altas como las punas; pues es sabido que por encima de determinada altitud los espíritus malignos pierden fuerza a medida que la ganan los seres celestiales, que utilizan las más elevadas montañas como el primero de los escalones para descender sobre la Tierra y ejercer allí su poder.
Los incas se sentían especialmente unidos a la Tierra Madre, la Pachamama, y en este sentido hay que entender su ansia por descubrir y fijar lo mejor posible los lugares sagrados que en ella se ocultan, igual que el bebé curiosea el cuerpo de su mamá buscando abarcarlo y asumirlo en la medida de lo posible cuando entiende que a él le debe su propia existencia.
Los accidentes concretos del paisaje andino impregnados de un significado mítico específico con el consiguiente poder sobrenatural añadido, las ya citadas huacas, eran por lo general piedras y manantiales pero también podía tratarse de cuevas, tumbas de antepasados y por supuesto montañas enteras. Al igual que en el Viejo Mundo los peregrinos hacia Santiago de Compostela arrojaban guijarros a su paso por determinados hitos hasta formar descomunales montones de piedra llamados milladoiros, los incas en el Nuevo Mundo hacían lo propio para formar las apachetas.
Estas piedras, apiladas en la cima de los pasos de montaña o en las encrucijadas, servían para indicar el mejor lugar a los caminantes para que éstos se detuvieran y oraran un instante a los dioses locales ofrendando, si podían, algo de coca o prendas de vestir; o, en su defecto, para que arrojaran otra piedra que incrementara la señal dejada por tantos piadosos viajeros que habían pasado con anterioridad.
Existen diversas leyendas que muestran la importancia de estas apachetas en su calidad de puentes entre el mundo humano y el espiritual. Entre ellas, la que nos cuenta cómo una de ellas cobró vida y las piedras se transformaron en sendos guerreros durante un breve espacio de tiempo para ayudar al legendario Inca Pachacuti a derrotar a sus enemigos.