¿Cómo hacer un curriculum vitae?
Búsqueda personalizada

 

Oraciones Temas

Los incas

linea

El inca ha sido ensalzado como el más fuerte y cohesionado de los imperios prehispánicos. Desde luego parece que lo era al menos en tiempos de la conquista aunque edificó su grandeza en un período de tiempo más bien corto. Se estima que los primeros    miembros    de esta tribu se instalaron en  los  Andes   peruanos hacia el 1300 d.C., y en sólo un siglo disponían ya de un reino pujante que había sometido a algunos de sus vecinos y que fue ampliando  sus dominios progresivamente hasta límites nunca antes conocidos   en   el   continente. Los incas conquistaron a numerosas culturas precedentes —o a los descendientes de las mismas— como   los   chavines,   los mochicas, los nazcas, los tiahuanacps y los chimús. Gentes diestras en toda clase de cultivos agrícolas (entre ellos, el maíz, las patatas, varios tipos de frutas y verduras y el algodón), los incas habían domesticado la llama y la alpaca, que les proporcionaban carne y lana y además eran utilizadas como bestias   de  carga.   También disponían de hábiles tejedores y alfareros, poseían   conocimientos   de medicina   y   cirugía   y, como buenos fundadores de toda civilización clásica que se precie, aplicaron la ciencia de sus ingenieros    y    arquitectos para   dejarnos   sorprendentes legados pétreos de su  paso  por  el  mundo. Así, por ejemplo, Sacsahuamán, la fortaleza que domina   Cuzco,   muestra piedras esculpidas y encajadas  a la perfección, cada una de ellas de un peso estimado en cientos de toneladas y ensambladas con tal exactitud que es imposible introducir la hoja de un cuchillo entre dos de ellas (lo que sigue siendo   un   misterio   en nuestros días). La famosa ciudad del Machu Picchu, descubierta en 1911 por el explorador Hiram Bingham en el valle de Urubamba,  nos  permite admirar la obra de cultivos por terrazas, aprovechando los desniveles de las  montañas  para  que las plantas recibieran el mayor número posible de horas de sol. Otro ejemplo de su arte constructor es la extensa y bien asentada   red   de   carreteras que permitía traer y llevar todo tipo de información con inusitada velocidad mediante los chasquis o mensajeros rápidos que se relevaban cada dos o tres kilómetros en postas sucesivas, de forma que una noticia podía recorrer en torno a los 250 kilómetros en una sola jornada. Las mismas carreteras permitían desplazar con rapidez los efectivos militares necesarios en un punto u otro del imperio para sofocar una rebelión, defenderse de un ataque enemigo u organizar una invasión sobre algún territorio codiciado.
Toda la sociedad era dirigida por una jerarquía piramidal con tres capas de poder. En la cúspide, figuraba el Inca o Rey, soberano absoluto a la hora de decidir las estrategias políticas, religiosas y militares. Bajo él, y a su lado, los familiares y amigos, que componían la aristocracia y el sacerdocio y desempeñaban el papel de consejeros en la corte o gobernadores en las respectivas provincias. Y como tercera capa dominante, extensión natural de las anteriores, los funcionarios, que se encargaban de controlar realmente la sociedad a las órdenes de los miembros de las dos capas anteriores... No obstante los logros de los incas, los eruditos han recalcado como defecto de su desarrollo el hecho de que carecieran de escritura. Lo más parecido era su original manera de llevar las cuentas, gracias a los quipus: trozos de cuerda que eran anudados a intervalos significativos según el número que se deseara anotar y con base en un sistema decimal de cálculo, cuya responsabilidad recaía sobre un tipo especial de administrador: el quipucamayoc. Con los quipus se llevaban los registros de tributos e impuestos y, gracias a ellos, hemos podido recuperar retazos útiles de información histórica y cultural.
Por lo que sabemos, para 1483 el Inca Pachacuti o Pachacutec ascendió al trono y fue el primero en plantearse la expansión de su pueblo y la creación de un imperio como tal. Así que fortaleció su ejército y, en cuanto estuvo dispuesto, lo lanzó con éxito a la conquista de nuevos territorios. Gracias a este hombre, considerado hoy día por los especialistas como un gran ingeniero, un astuto legislador y un agresivo general, se inició la expansión del imperio inca. Su hijo y sucesor, Tupac Yupanqui, siguió el sendero trazado por su padre y conquistó el pueblo Quito, al norte de Ecuador, el reino Chimú con su venerable ciudad de Chan-Chan, los valles del sur donde más tarde se fundaría la actual
Lima, y el valle de Nazca, hasta el centro de lo que hoy es Chile. A partir de entonces, cada expedición militar llevó un poco más lejos las fronteras del imperio hasta que llegó a ocupar una superficie de unos 3.500 kilómetros a lo largo de la costa del Pacífico, internándose en el continente una media de 320 kilómetros. La anexión de nuevas tierras duró prácticamente hasta la llegada de Francisco Pizarro en 1532. Entonces, los conquistadores americanos fueron conquistados por los europeos y un imperio sustituyó al otro.
En el siglo XVI, todas las tierras regidas por el Inca estaban repartidas, para su administración, en cuatro regiones sometidas a Cuzco, la capital, que centralizaba el poder de forma rígida. Cada una de estas regiones se hallaba en manos de clanes y grupos familiares relacionados de algún modo con el emperador. El cuatro era un número importante desde el punto de vista mágico para los americanos, y eso incluye a los incas que, de hecho, llamaban a su país Tawantinsuyu, «la Tierra de los Cuatro Cuartos». El propio Inca Pachacuti hizo edificar el gran templo de Coricancha, el Templo del Sol, en una plaza ceremonial flanqueada por los palacios de sus predecesores, de la cual partían cuatro carreteras hacia los extremos del imperio. Cada uno de los ceques o líneas rectas que partían de Coricancha almacenaba un poder místico y para resaltar su carácter divino albergaba una serie de huacas o lugares sagrados distribuidos a lo largo de toda su longitud. Se ha calculado que en los alrededores de Cuzco existían hasta 41 ceques con 328 huacas, y cada uno de estos puntos era especial. Por ejemplo, el cronista de la época Juan de Betanzos describe que la sexta huaca del sexto ceque de Antisuyu se conocía como la Casa del Puma y que allí se sacrificaban niños de forma específica en honor de la momia de la esposa del emperador Yupanqui.
Siguiendo una antigua tradición andina, la ciudad y sus dinastías reales se dividían en dos mitades: el Cuzco Superior o Hanan y el Inferior o Hurin. El pueblo llano tenía lo suficiente para una subsistencia cómoda, pero se le exigía una serie de servicios laborales concretos al soberano, y además la mayoría de sus actos estaba bajo control, incardinados en un muy rígido sistema de clases. Cuando los españoles llegaron a Perú, se encontraron con un factor que les favorecería: dos rivales luchaban por hacerse con el control de este apetitoso imperio. Atahualpa, en el norte, y Huáscar, en el sur. La guerra civil fue ganada por Ata-hualpa, pero éste no pudo hacer gran cosa contra los hombres de Pizarro, que en 1533 le hicieron prisionero. Para la historia queda el relato del fabuloso tesoro en oro que el Inca ofreció al comandante de la expedición española a cambio de su libertad: una habitación repleta del vil metal con unas dimensiones de ocho por cinco metros. Y lo cierto es que Atahualpa cumplió su promesa pero aún así fue ejecutado y, con su muerte, murió la resistencia de los suyos... Se ha especulado mucho sobre cómo es posible que apenas 180 hombres pudieran conquistar un imperio compuesto por millones de personas, por más que llevaran consigo armas de fuego, corazas y caballos. Lo cierto es que los españoles consiguieron penetrar con rapidez y facilidad en el territorio de los incas por diversos motivos; por ejemplo, utilizando en contra de ellos su propia red de carreteras, manteniendo alianzas con rebeldes al poder en Cuzco o, sin habérselo planteado previamente, manipulando a su favor la mitología incaica. En ella, igual que en la azteca, aparece un dios barbudo de piel blanca, un dios que les regaló la civilización y que después se había ido advirtiendo que volvería en el futuro. Para los aztecas fue Quetzalcóatl, y para los incas, Viracocha. Al principio, muchos indios creyeron que Pizarro era el esperado avatar divino, de cuyas aventuras daremos cuenta más adelante.


Volver al índice de Historia del Mito