La isla ubicada donde sale el Sol
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Un simple vistazo a los mitos básicos de los pueblos más poderosos nos aproxima a una de las leyendas clásicas del Viejo Continente: la de la Atlántida, el «continente madre» situado en medio del océano del mismo nombre a partir del cual habrían surgido, no sólo las grandes culturas mediterráneas sino las americanas, en ambos casos a partir de colonias atlantes. Descartemos por un instante los dogmas de la historia oficial y pensemos en la posibilidad de que realmente existiera ese primigenio continente que, tal y como cuenta Platón en sus célebres obras de referencia citando a sacerdotes egipcios, fue destruido «en el curso
de un día y una noche por los dioses». Explicaría la presencia reiterada en los mitos prehispánicos de todo tipo de diluvios y catástrofes capaces de hacer desaparecer de un plumazo a razas enteras, o la existencia de extraños hombres blancos y barbudos de poderes divinos, o el hecho de que los principales pueblos de la región afirmen que llegaron a América «desde una isla ubicada donde sale el Sol» y no desde donde se pone, como sería más lógico, o la razón de la existencia de tantos nombres que remiten fonéticamente al de Atlántida que irán apareciendo a medida que estudiemos sus leyendas. De hecho, los aztecas y otros antes que ellos tenían un nombre para esa isla de la que aseguraban provenir: Aztlán. Otra tradición azteca aporta el nombre de Chicomoztoc, las Siete Cuevas, igual que los mayas-quiché, que también decían venir de una isla llamada Tulan-Zuiva o Ciudad de las Siete Cuevas, al este. El canto maya Camacú afirma que allí los mayas se separaron y perdieron de sus hermanos mayores y menores. Los primeros eran los tepeu-oloman u olmecas, y los segundos, los yaqui-tepeu, una tribu de origen tolteca cuyo rastro se puede seguir todavía hoy en México —el brujo Don Juan, que aparece en los famosos libros de Castañeda, pertenecía al linaje yaqui—. Más al norte, los indios de los Grandes Lagos también aseguran que sus antepasados residieron, mucho tiempo atrás, «en el lugar donde se levanta el Sol», mientras que la tradición hopi insiste en que los primeros entre los suyos consiguieron sobrevivir a un gran diluvio que arrasó el mundo, cruzando el océano Atlántico en enormes balsas de caña. También los lenilenapis de Delaware aseguran que su origen se pierde en la Gran Tierra más allá del océano. Viejas leyendas de los sioux corroboran la versión maya y atestiguan que al principio de los tiempos todas las tribus indias formaban una sola que vivía en esa misteriosa isla. Y de la misma opinión son los iowas, cuyos mitos dictan que, en un principio, todos los hombres vivían en «la isla donde nace la estrella de la mañana»...
Ahora descartemos la existencia de la Atlántida y creámonos que todo lo anterior pertenece al ámbito de la imaginación religiosa. Aun así, no podemos desdeñar otra interesante posibilidad: la de las relaciones entre América y Europa antes de Colón. Entre otras cosas, los mayas fueron grandes navegantes que disponían de puertos importantes como el Tulum, a unos cien kilómetros al sur de Cancún, y que viajaron por toda la costa centroamericana hasta alcanzar lo que hoy es Chile. Conocían además las estrellas. Así pues, con buenos marinos y una orientación adecuada, ¿qué les impedía cruzar el Atlántico? En el parisino museo del Louvre hay un bronce romano que presenta el busto de un esclavo con todas las peculiaridades anatómicas de un maya, de la misma forma que en México se han hallado extrañas esculturas de personajes físicamente caucásicos y negroides. Además, sabemos que en el siglo X d.C. llegaron al Nuevo Continente los drakkares del noruego Leif Erickson, quien bautizó a América del Norte con el nombre de Vinland. Su experiencia no fue muy gratificante: a pesar de su superioridad en el cuerpo a cuerpo, los vikingos acabaron volviéndose por donde habían venido, rechazados por los furtivos pero tenaces ataques indios. ¡Y, antes que los rudos hombres del norte, también desembarcaron los fenicios, de cuya breve estancia en tierras americanas dan fe esclarecedoras inscripciones y objetos inequívocos descubiertos con gran sorpresa en Venezuela y Brasil!
Por cierto, quien habla de viajes hacia o desde el este, también dice en la dirección opuesta. El nombre de México, por ejemplo, se asocia a la tribu mexica, una de las que se supone llegó desde el norte. Sin embargo, varios antropólogos, epigrafistas y arqueólogos no son de la misma opinión y apuntan hacia el oeste, hacia lo que para nosotros es el Lejano Oriente. El estudioso y antropólogo francés Fierre Carnac llegó a la conclusión de que el nombre es en realidad original del antiguo chino, y lo descompone en tres sílabas: MO, la denominación de la muerte y también de un ropaje budista; JI, que significa ruta y templo entre los monjes budistas, y KE, los ocho signos empleados en el arte de la adivinación. Otro especialista, el profesor universitario norteamericano de origen chino Mike Xu, ha encontrado asombrosas semejanzas entre la astronomía, el arte, la religión, el calendario y los símbolos caligráficos utilizados por los olmecas —una de las culturas «madre» en Mesoamérica, no lo olvidemos— y por las dinastías chinas Shang y Zhou. Su hipótesis de trabajo, muy factible, plantea la emigración de un número indeterminado de antiguos chinos hacia la costa americana del Pacífico durante la caída de la dinastía Shang, hacia el 1100 a.C.; esos emigrantes se desplazarían más tarde hacia el Golfo de México. La época coincide con el llamativo florecimiento de la tribu olme-ca, que no sería sino consecuencia de la influencia directa de esa cultura superior a la indígena instalada allí y que con el tiempo se fundió con la misma...
Atlantes o chinos, siberianos o autóctonos, un error común del hombre occidental es considerar iguales a todos los indios. La clásica idea del general Custer, «todos ellos salvajes emplumados, no importa el nombre de cada tribu», es incorrecta. La interrelación de mayas, incas, aztecas, toltecas y demás puede compararse a la de españoles e italianos, alemanes y británicos: todos ellos europeos y, por tanto, descansando sobre unas bases culturales comunes y, sin embargo, cada cual con sus propias características diferenciadoras. Sólo hubo un momento, muy breve pero glorioso, en el que los habitantes de América fueron la misma cosa y tuvieron el mismo destino, y hay que buscarlo en la mente del que fuera el más grande de los americanos conocidos por la historia: Simón Bolívar, el «hacedor de imposibles», que empeñó su vida y su obra en crear la unión de todos los pueblos del Nuevo Continente bajo una sola bandera y que, si feneció en el intento, fue por obra de la envidia y la traición igual que sucediera con otros grandes hombres, antes y después de él.