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Los mayas

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Casi todos los especialistas consideran la civilización maya como la más importante entre las precolombinas, ya que por lo que sabemos fue la única plenamente alfabetizada, gracias a un sistema completo de escritura jeroglífica que sólo en tiempos muy recientes ha empezado a ser descifrado en parte. Disponían de diversos adelantos culturales, como los ya citados calendarios o su avanzado sistema numérico, que incluía nada menos que el concepto del cero. Sus pirámides son famosas y nos ofrecen referencias de la asombrosa habilidad de sus constructores y de sus no menos interesantes fines astronómicos.

Tal es el caso de la de Chichén Itzá, bautizada por los españoles como El Castillo, donde todos los equinoccios de primavera se puede observar el «descenso» de los cielos a la tierra de la gran Serpiente Emplumada Kukulkán gracias a un fascinante juego de luces y sombras sobre sus escaleras a partir de las tres de la tarde. En los equinoccios de otoño, el mismo juego «devuelve al cielo» a Kukulkán.

Maestros también en el arte del tallado en relieve de la piedra y la madera, así como en pinturas murales y modelado de estuco, el material más precioso para los mayas fue el jade, pulido y esculpido hasta grados de increíble perfección.

El nacimiento, desarrollo y ocaso exactos de la cultura maya forma parte del corpus de misterios que adelantamos en el capítulo anterior, desde que en el decenio de 1840 aparecieran las primeras descripciones de sus ciudades en ruinas. Nadie sabe por qué se desmoronó su cultura, si bien se han apuntado causas diversas: desde una serie continuada de malas cosechas hasta una sucesión de guerras funestas con los vecinos... ¡Pasando incluso por la influencia del fenómeno meteorológico conocido como El Niño!

La arqueología indica que aparecieron como pueblo diferenciado por vez primera en el sur del Valle de México hacia el año 2500 a.C., asentándose en torno a tres lugares muy concretos: en la península del Yucatán, en el norte de lo que en la actualidad es Guatemala y Belize, y en la zona que abarca desde la hoy tristemente conocida región mexicana de Chiapas hasta la mitad occidental de El Salvador.

Sus maestros civilizadores habrían sido los olmecas, y se define como su período más brillante el de los años que transcurren entre el 300 y el 900 d.C.; aunque sus características propias quedarían netamente definidas a partir del 600. A finales del siglo x fueron sojuzgados por los toltecas, que importaron nuevas divinidades como la Serpiente Emplumada —la que los mayas llamarían Kukulkán, y los aztecas, más tarde, Quetzalcóatl—.

Hacia el siglo XII, los mayas se desperdigaron en reinos independientes, los más fuertes de los cuales fueron los Quiche y los Cakchiqueles. Cuando llegaron los españoles, apenas existían algunas pequeñas ciudades-Estado, rivales entre sí (cuando Pedro de Alvarado inició la conquista de las tierras altas de Guatemala, los cakchiqueles se aliaron con él para luchar contra los quichés). No obstante su decadencia, se defendieron con valor y, de hecho, los conquistadores no pudieron establecer una base permanente en el Yucatán antes del año 1542.

Algo de ese carácter combativo han de conservar sus descendientes puesto que todavía mantienen vivas buena parte de sus tradiciones y creencias; desde luego, con mayor fuerza que cualquiera de los restantes pueblos americanos. A ello ha contribuido el hecho de que en la actualidad aún se conserven en la zona más de cuarenta lenguas de origen maya que han permitido alimentar con cierta fidelidad la tradición oral.

En la actualidad contamos con tres fuentes escritas básicas para acercarnos a la rica mitología maya: el Chilam Balam del Yucatán (una serie de libros que incluyen sucesos históricos, canciones, profecías y detalles rituales), los Anales de los Cakchiqueles (que narran la historia de esta tribu) y, por supuesto, el más conocido de todos los volúmenes compilatorios de mitos en la región, el legendario Popol Vuh (la colección de leyendas y creencias quiche que data, en su versión escrita más antigua, del siglo XVI; si bien nada se supo de ella hasta principios del siglo siguiente, gracias a un manuscrito copiado y traducido por un dominico).

Además, conservamos una veintena de códices de la época previa al desembarco de los conquistadores, pero la mayor parte de sus traducciones originales se perdieron o fueron destruidas con celo digno de mejor causa al ser tachadas como obras «de inspiración demoníaca».


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