La creación del mundo
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Así pues, la primera parte del libro sagrado describe cómo los dioses crearon y dieron forma al mundo y a sus habitantes a partir del universo primordial. En ese firmamento silencioso y solitario, donde el mar permanece inmóvil, como petrificado, se reúnen las deidades: las dos principales son Gucumatz o Quetzalcóatl, enroscado en sus relucientes plumas verdes y azules, y Huracán o Corazón del Cielo. El Creador y el Formador llegan al acuerdo de aunar fuerzas para construir el mundo, con todas sus criaturas. El objetivo de este acto de poder quedará a la vista en un momento. El caso es que, gracias a sus palabras (el mágico poder del Verbo), nacen como por encanto la tierra, las montañas, los bosques y los animales.
Y no tardan en dirigirse a estos últimos para exigirles que los adoren y los alaben; pero las bestias carecen del don del habla: se limitan a berrear, chillar o gruñir cada cual a su manera. Contrariados, los dioses deciden entonces crear una raza exclusiva compuesta por «seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten»: los hombres. Esta idea es interesantísima por cuanto para los mayas suponía dar sentido a la existencia. El ser humano, de esta forma, no vive «porque sí», sino de acuerdo a unos planes predeterminados por las divinidades. Pues, de la misma forma que los minerales, o mejor dicho la Tierra toda, se alimenta del Cosmos; las plantas, de la Tierra; los animales, de las plantas; y el hombre, de todos ellos, ¿quién se alimenta del hombre? Los dioses, por supuesto. Mediante sus oraciones y alabanzas, primero, y con sus almas, después. Es una buena explicación aunque no deje muy bien parado el orgullo del ser humano.
Sin embargo, las divinidades se muestran torpes a la hora de construir a sus futuros servidores...
Las primeras personas son modeladas de barro y animadas por el hálito divino. Y, en efecto, hablaban y se les entendía, pero lo que decían no tenía ningún sentido. Además, su cuerpo no era gran cosa, sino más bien frágil y mal conformado y se deshacía con facilidad. Irritadas, las deidades destruyen esta raza huera y estéril y meditan cómo fabricar otra mejor. Al fin, deciden utilizar los vegetales. Crean a los hombres a partir de la madera de los árboles, y a las mujeres, a partir de la de los juncos.
Esta vez parece que la cosa marcha: estas personas hablan bien, se relacionan con acierto entre sí y se multiplican sin problemas; pueblan el mundo poco a poco. Pero pronto queda claro que se trata e seres anodinos y de rostro inexpresivo, sin «sangre en las venas»... Y, lo peor, es que no reconocen, ni respetan, ni veneran a sus creadores. Más furiosos que antes, los dioses les envían un castigo terrible: un diluvio que ahoga a casi todos ellos, seguido de un ejército de demonios encargado de rematar a los supervivientes. A pesar de tanta calamidad, unos pocos logran salvarse merced a su habilidad para refugiarse entre las copas de los árboles más altos en las junglas americanas.
Con el tiempo, involucionarán hasta transformarse en los actuales monos selváticos. Las divinidades les perdonan la vida como recordatorio y advertencia de una creación inútil. He aquí otra idea que invita a la meditación, puesto que relaciona a hombres y monos mucho antes de que Darwin llegara al mundo para plantear sus primeras teorías sobre el eslabón perdido, a la vez que plantea una reflexión provocativa: ¿y si el hombre no descendiera del mono, sino al revés? ¿Y si los monos que hoy conocemos fueran de verdad los descendientes involucionados de antiguas razas perdidas para el recuerdo bajo el polvo de milenios? (La doctrina teosófica, desarrollada públicamente durante el siglo XIX, postula que una de esas razas precedentes de la humanidad actual era la de los habitantes de Lemuria, uno de los legendarios continentes perdidos, previo incluso a la Atlántida; ¡hoy día existe una raza de monos que se llaman lémures!). Sea como fuere, a estas alturas los dioses están muy enfadados.
Todavía no han conseguido su objetivo y, por tanto, tienen que seguir trabajando ellos para mantenerse a sí mismos. Pero todo el mundo sabe que a la tercera va la vencida. Tras darle muchas vueltas, encuentran el material ideal para elaborar la obra maestra de su creación: el maíz. El origen mítico de esta planta, sagrada a la vez que básica en los usos alimenticios de la región, se encuentra en una montaña mágica en la que crecen las semillas y los frutos de todo tipo. El Creador y el Formador ordenan a cuatro animales (la zorra, el coyote, el papagayo y el cuervo) que les lleven las cantidades necesarias de maíz para que la vieja diosa Xmucané pueda molerlas y convertirlas en la harina mística a partir de la cual podrán modelarse los primeros cuatro hombres que prosperarán, éstos sí, en el mundo. Una de las diferencias de los hombres de maíz frente a los hombres de madera es su gran conocimiento y entendimiento de las cosas, lo que les anima a dar las gracias como es debido a sus creadores.
Sin embargo, hay un pequeño detalle que había pasado inadvertido a estos últimos y es que los seres humanos saben tanto que pueden ver en todas direcciones, a través de la Tierra y del Cielo, hasta los límites del universo. Los dioses comprenden entonces que han generado unas criaturas demasiado parecidas a ellos mismos y que, por tanto, es preciso reducir sus capacidades, «astillar su visión». Lo hacen con su aliento divino, que extiende una neblina mágica sobre los ojos de los primeros hombres de tal forma que a partir de entonces sólo pueden ver con claridad aquello que está cerca.
Para compensarles por la pérdida de la omnisciencia que les ha dejado miopes, crean cuatro bellas compañeras para ellos. Y de estas cuatro parejas arrancan los primeros linajes, que crecieron hasta convertirse en el muy poderoso y orgulloso pueblo maya... Sin embargo, el Popol Vuh advierte a menudo contra la vanidad desmedida en que pueden caer los descendientes de los hombres de maíz al recordar que fueron los preferidos de los dioses y señala que, en el fondo, cada hombre no deja de ser, en sus poderosas manos, otra cosa que una mazorca de maíz cósmico.