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Observando las estrellas

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Los pueblos precolombinos no sólo se preocuparon de conocer el tiempo en el que vivían, sino el lugar en el que lo hacían. Para ello exploraron la tierra y el mar a su alrededor, pero también el cielo estrellado. Conocemos por lo menos quince de sus observatorios astronómicos distribuidos por todo el continente, desde el de Tikal en Guatemala al de Copan en Honduras, pasando por los de Palenque, Chichén Itzá o Teotihuacán en México y los de Cuzco, Sacsahuamán y Nazca en Perú, entre otros. La astronomía no fue un capricho para estas civilizaciones, capaces de predecir eclipses solares y lunares, los ciclos del planeta Venus, los movimientos de las constelaciones y otros fenómenos cósmicos... Aunque lo interesante es el corpus mitológico que se agazapaba tras las observaciones, puesto que los sacerdotes no concebían este ballet estelar como un conjunto de simples desplazamientos mecánicos sino como las actividades diarias de las divinidades. Por ejemplo, en la región central de México, la primera aparición de Venus como Estrella de la Mañana fue Tlahuizcalpantecuhtli, el Señor del Amanecer, quien combatió al sol naciente en el primer crepúsculo en Teotihuacán. Un estudio aparecido a comienzos del decenio de los noventa apunta que la versión clásica del viaje de los héroes mayas Hunahpú e Ixbalanqué a través del infierno tenebroso de Xibalbá se podía apreciar cada año, durante el desfile de las constelaciones a través de la eclíptica. Gran número de lenguas mayas conocían la galaxia de la Vía Láctea con el nombre de Xibal Be, el Camino de Xibalbá. No es extraño, pues, que el estudio del cielo nocturno haya podido servir como modelo estructural básico en el desarrollo de la mitología americana. Un modelo que siempre tuvo en cuenta un viejo proverbio náhuatl: «El hombre es hijo del barro, pero también de las estrellas».
La obsesión por el mundo estelar se refleja en leyendas como la de Orejona en el lago Titicaca, un sitio ciertamente extraño. En sus aguas, a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, no hay peces lacustres sino marinos. Y las barcas de junco en las que pescan los habitantes de la zona son idénticas a las que usaban los egipcios en el Nilo o los pascuenses en el océano Pacífico. Junto a su orilla, se encuentran las misteriosas ruinas de Tiahuanaco, donde se alza todavía la famosa Puerta del Sol. Se supone que estas ruinas pertenecen a una fabulosa civilización previa a los incas, de la que nadie sabe gran cosa. Cuando los españoles llegaron allí en el siglo XVI, se la encontraron desierta. En su afán de riquezas, saquearon las grapas de plata que sujetaban algunos bloques de piedra, con lo que los muros perdieron cohesión y los frecuentes terremotos de la región no tardaron en desmoronar los edificios. Pero la Puerta del Sol —de tres metros de altura y seis de anchura, tallada en un bloque de diez toneladas y con hileras de 48 figuras de forma cuadrada que rodean a un ser central que representa a «un dios volador»— permaneció en pie. Los indios que acompañaban a los conquistadores les contaron que Tiahuanaco llevaba deshabitada «miles de años» cuando sus antepasados llegaron a la ciudad, que habría sido fundada por un hombre blanco, con barba roja y de nombre Kon Tiki o Viracocha. No obstante, un texto que se atribuye al Inca Garcilaso de la Vega nos habla de una «nave refulgente» que llegó «navegando por el cielo» y de la cual salió una mujer con cuatro dedos en cada mano, cabeza en punta y orejas alargadas, razón por la cual las tradiciones locales la bautizaron «Orejona». Según esta historia, Orejona se apareó con un salvaje bestial de los que vivían en el lugar, y del cruce surgieron hijos de inteligencia similar a la madre y aspecto humano, pero con cinco dedos y orejas más pequeñas. Tras pasar varios años en Tiahuanaco enseñando a los brutales nativos a portarse como seres humanos, Orejona se marchó. Sus hijos siguieron fieles a la memoria de la diosa y en su honor implantaron la costumbre de alargar sus orejas con el peso de sus pendientes. Mucho después, el inca Manco Cápac allí instalado decidió abandonar Tiahuanaco para crear un imperio. A medio camino de la costa, fundó Cuzco. Otros incas de sangre noble prefirieron seguir rumbo a la costa y, según han demostrado investigadores como Thor Heyerdhahl, se embarcaron hasta llegar a la isla de Pascua, donde se convirtieron en la casta dominante. Perecieron en una guerra civil en la que los indígenas de origen polinesio mataron a todos los «orejas largas»...
Si se une con una línea recta Tiahuanaco y Nazca, al sur de Cuzco, y se prolonga esa línea hacia el mar, se llega a la costa, a la bahía de Pisco, donde se encuentra su famosa figura con forma de Candelabro. La Puerta del Sol en Tiahuanaco está orientada de tal manera que en el solsticio de verano el sol pasa por su abertura y se dirige a Nazca, al Candelabro de Pisco y más allá, hasta el lugar donde se encuentra en aquel instante el planeta Venus. En un punto intermedio de la línea, junto a la costa, hallamos las grutas de Paracas, donde se descubrió un cementerio con un puñado de momias embalsamadas sentadas en sendos tronos. Su cabello era de color rojo y su sangre pertenecía al tipo A, desconocido en teoría en América hasta la llegada de los europeos y muy diferente de la sangre de los siberianos que se supone primeros pobladores americanos.


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