La dieta del Dr. Dukan

 

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Mitos lakotas

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Si existe una tribu con la cual los occidentales identifican a los indios norteamericanos sin pensárselo dos veces, ésa es la de los lakotas, más conocidos como los sioux, los eternos «malos» de las películas del Oeste. A ellos debemos un mito formal de la creación protagonizado por Wakan Tanka, o El Gran Misterio, el primero de los dioses, cuyo espíritu se depositó mucho tiempo atrás en Inyan o Roca, una manifestación animada de su divinidad. En aquel momento no existía nada más a excepción de Han, la Oscuridad. Inyan quiso emplear sus poderes pero no había ningún sitio donde hacerlo. Así que echó mano del elemento mágico por excelencia, su propia sangre, para crear con ella a la diosa Maka, compuesta por la tierra y el agua. De ella surgió, a su vez, Skan el Cielo, cuyo borde delimitó la extensión de la propia Maka. Más tarde Skan creó a Wi, el Sol, y también a la Noche, y les ordenó que se sucedieran el uno al otro en lo más alto del cielo. El mundo estaba en marcha. Reuniendo entonces a Inyan, Maka y Wi, Skan asumió el papel de jefe de los dioses. Les dijo: «Somos cuatro distintos pero con el mismo origen y a él (a Wakan Tanka) debemos servir pues él es el único Dios de dioses». A partir de aquel momento, cada uno de los cuatro se encargó de un elemento diferente y entre todos terminaron de construir el mundo: Inyan es la roca fruto de la tierra, Maka contiene en sí el agua, Wi es el fuego solar y Skan el aire del cielo.
Otra escena clave de cualquier western que se precie es el momento en que el jefe sioux de turno fuma la pipa de la paz con el oficial yanqui que representa al «gran padre blanco» de Washington. Fumar la pipa sagrada —como ciertos rituales de consumo de peyote entre los chamanes mexicanos o de coca entre los sacerdotes de los Andes— constituye una de las ceremonias más antiguas y extendidas entre los pueblos de las llanuras y de otras regiones, y forma parte también de un uso tradicional, religioso y controlado de la droga en toda la antigüedad que ha sido entrar en trance místico o desmayarse por agotamiento—. El quinto, para la unión ritual de dos amigos con un vínculo espiritual o para fortalecer la familia. El sexto, para la importante ceremonia de la pubertad femenina que marca el paso de niña a mujer. El séptimo y último, para la consecución directa de la sabiduría en unión con Wakan Tanka.) Tras explicar los usos diversos de tan mágico instrumento, Búfalo Blanco anuncia su partida no sin antes dejar recado de que algún día regresaría. Mientras contemplaba cómo se alejaba, el fascinado jefe lo vio transformarse en un joven búfalo rojo y pardo y, enseguida, en otro búfalo adulto y negro. El animal inclinó su cabeza hacía los cuatro cuartos del universo y desapareció montaña adelante.
Y no podíamos olvidar los postes totémicos. Estas imágenes talladas, que los colonos blancos tanto menospreciaron y redujeron a cenizas en cuanto pudieron de la misma forma que hoy venden sus réplicas de menor tamaño en calidad de souvenirs, se supone que representan a los seres animales que fundaron el clan de la tribu, ayudándole y concediéndole poder. Algunos estudiosos los han calificado de «emblemas heráldicos» y otros, como meros símbolos de posición social, riqueza o propiedad, aunque en su origen tuvieron un carácter básicamente mágico. Luego existían otros postes, similares a los totémicos pero con funciones más definidas: los conmemorativos, erigidos como monumentos útiles en el proceso de selección de un nuevo jefe; los mortuorios, junto a la tumba de un jefe; y los llamados «de portal», ante la puerta de la casa del clan, con una gran abertura que simboliza la entrada hacia el mundo sobrenatural. De una forma u otra cada poste es un nexo de unión entre la tierra donde se clava y el cielo hacia el que aspira, por lo que su mismo diseño tiene una función espiritual implícita adulterado hasta la degeneración en la civilización occidental moderna. De hecho, una pipa en condiciones está decorada con plumas y dibujos que reflejan los espíritus y visiones personales de su dueño, y compartirla reafirma los vínculos que unen a la familia, la tribu y el universo.
Pero sirve para muchas cosas, según el mito. Éste narra que, hace tantos inviernos que no se pueden ya recordar, una bella y misteriosa mujer vestida de ante blanco y con un fardo a la espalda se acercó a dos cazadores. Uno de ellos la deseó sexualmente y con esa intención la abordó, pero antes de que pudiera intentar nada quedó reducido a huesos. Con la autoridad que confiere el poder, la mujer le indicó al otro que quería hablar con su jefe cuanto antes y que antes de marchar a avisarle preparara un tipi o tienda grande, para ella. Asustado, el superviviente obedeció. Después de montarle el tipi, fue en busca de su jefe, que se presentó lleno de curiosidad. Entonces la mujer se reveló a sí misma con el nombre de Búfalo Blanco y desenvolvió el fardo, del que extrajo la primera pipa junto con una pequeña piedra redondeada. Anunció que se trataba de un elemento sagrado que servía para comunicar las oraciones, las ansiedades y los agradecimientos de su pueblo a Wakan Tanka, por lo que no debía ser visto por ningún hombre impuro. La cazoleta de la pipa era de piedra roja y era una imagen de la tierra. Un búfalo joven grabado en ella representaba a todos los seres de cuatro patas. El cañón, de madera, simbolizaba todo lo que crece. Las doce plumas que colgaban de ella pertenecían al águila moteada en representación de todos los seres del aire. Y los siete círculos tallados en la piedra redondeada recordaban los siete rituales diferentes en los que podía utilizarse la pipa. (El primero de ellos, para liberar el alma de un difunto o guardarla protegida durante varios años si era preciso hasta que se garantizara su llegada al mundo de los espíritus. El segundo, para la purificación en el Pabellón del Sudor. El tercero, para facilitar la visión sagrada. El cuarto, para la ceremonia conocida como la Danza del Sol que se ejecuta a principios del verano entre los que desean obtener poder espiritual —la tribu formaba un amplio círculo alrededor de un poste simbólico que une el mundo por encima de la tierra y el mundo por debajo y los guerreros bailan alrededor hasta entrar en trance místico o desmayarse por agotamiento—. El quinto, para la unión ritual de dos amigos con un vínculo espiritual o para fortalecer la familia. El sexto, para la importante ceremonia de la pubertad femenina que marca el paso de niña a mujer. El séptimo y último, para la consecución directa de la sabiduría en unión con Wakan Tanka.) Tras explicar los usos diversos de tan mágico instrumento, Búfalo Blanco anuncia su partida no sin antes dejar recado de que algún día regresaría. Mientras contemplaba cómo se alejaba, el fascinado jefe lo vio transformarse en un joven búfalo rojo y pardo y, enseguida, en otro búfalo adulto y negro. El animal inclinó su cabeza hacía los cuatro cuartos del universo y desapareció montaña adelante.
Y no podíamos olvidar los postes totémicos. Estas imágenes talladas, que los colonos blancos tanto menospreciaron y redujeron a cenizas en cuanto pudieron de la misma forma que hoy venden sus réplicas de menor tamaño en calidad de souvenirs, se supone que representan a los seres animales que fundaron el clan de la tribu, ayudándole y concediéndole poder. Algunos estudiosos los han calificado de «emblemas heráldicos» y otros, como meros símbolos de posición social, riqueza o propiedad, aunque en su origen tuvieron un carácter básicamente mágico. Luego existían otros postes, similares a los totémicos pero con funciones más definidas: los conmemorativos, erigidos como monumentos útiles en el proceso de selección de un nuevo jefe; los mortuorios, junto a la tumba de un jefe; y los llamados «de portal», ante la puerta de la casa del clan, con una gran abertura que simboliza la entrada hacia el mundo sobrenatural. De una forma u otra cada poste es un nexo de unión entre la tierra donde se clava y el cielo hacia el que aspira, por lo que su mismo diseño tiene una función espiritual implícita.


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