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Mitos navajos

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Los navajos son los nativos norteamericanos más numerosos en la actualidad, en torno a unos 160.000 repartidos entre Arizona, Nuevo México y Utah, y por ello resultan idóneos para el estudio de los mitos indios en esta zona del continente americano. Gran parte de sus leyendas se basan en las de sus precedentes, los hopis. Al igual que los apaches, se supone que los navajos emigraron desde Canadá y llegaron a la región donde hoy viven antes del año 1300 d.C. Sus relatos hablan a menudo de héroes que parten en busca de algún secreto, como por ejemplo el de la curación de la mordedura de un tipo concreto de serpiente, o simplemente se pierden, y en el curso de sus vagabundeos encuentran la solución correcta, por lo común de manos de algún dios. Logrado su objetivo y tras haber aprendido la ceremonia adecuada, regresan a su hogar para enseñarla a los suyos y después parten de nuevo para reencontrarse con los dioses; ¡una vez que se ha probado las mieles del Cielo, a nadie le apetece demasiado permanecer en la Tierra!

Una de las tradiciones navajas más conocidas habla de dos gemelos hijos de una muchacha y del Dios Hablante, el jefe de los dioses Yei. (Este tipo de deidades son una categoría especial en su panteón, en tanto en cuanto pertenecen al grupo de los creadores del mundo y además participan de forma activa en los rituales de curación. En los mismos, se utilizan máscaras de ciervo elaboradas a base de sofocar a los animales introduciéndoles polvo de maíz en los ollares para conservar su piel; las máscaras se confeccionan durante la celebración de la ceremonia del Cántico Nocturno y, una vez consagradas, cobran «vida» mediante la ingesta ritual de maíz a la vez que se les insufla humo.)

El caso es que los gemelos son harto traviesos y se pasan el día escapando del hogar hasta que un día son aplastados por un desprendimiento de rocas: el mayor queda ciego, y el menor, cojo. Como se han convertido en una carga para su pobre familia, de acuerdo con las costumbres indias se les pide que se marchen y perezcan o bien aprendan a sobrevivir por su cuenta. Conscientes de que lo ocurrido es culpa suya, obedecen y abandonan a su familia y a sus amigos, pero en lugar de sentarse a esperar la muerte van en busca de los dioses.

El Dios Hablante se compadece entonces de ellos y les revela su paternidad. A continuación convence a las otras divinidades para preparar una ceremonia de curación en el Pabellón del Sudor con una condición: los gemelos no podrán hablar ni una sola palabra en su interior. El ritual se lleva a cabo con éxito y los gemelos se curan, pero es tanta su alegría al verse otra vez en perfectas condiciones que empiezan a gritar de júbilo y de esta forma violan el tabú impuesto. ¡En ese mismo instante, el Pabellón se desvanece y, con él, la magia divina! Reducidos otra vez a la condición de tullidos y desesperados por su nuevo error, los hermanos pasan mucho tiempo rogando y orando a los dioses, ofreciéndoles sacrificios, para que les concedan una nueva oportunidad. Su parentesco con el Dios Hablante puede más que las reticencias de los otros dioses y al fin logran que se repita la ceremonia, de nuevo con éxito.

Esta vez se comportan de la forma adecuada y, agradeciendo la curación, regresan junto a su tribu. Los suyos se maravillan ante lo que ha pasado y les piden aprender el ritual. Los gemelos se lo enseñan antes de decidir regresar con los dioses para asumir su nuevo papel como espíritus guardianes de la tormenta y los animales...
Este relato nos demuestra la importancia que concedían los navajos a la correcta ejecución de sus prácticas mágicas y a las obligaciones religiosas en general. Cada acto de poder debía llevarse a cabo siguiendo un guión específico y predeterminado, no de cualquier manera y mucho menos sin mostrar el respeto debido. Ese guión se desarrolla en los cantos, que no son simples fragmentos musicales sino fórmulas mágicas completas. Elemento complementario son las famosas pinturas elaboradas con pigmentos de colores sobre arena blanca que aún hoy confeccionan los viejos de la tribu y que tanto se parecen a los mándalas tibetanos en su estilizada geometría y su complejo simbolismo.

Con cantos y pinturas se emplea la magia de acuerdo a un principio básico para el mundo navajo: nada ni nadie sobra en el mundo, incluso la más minúscula de las criaturas tiene un propósito. Y es interesante reseñar que, desde el punto de vista de que el hombre no es sino una cosa más dentro de ese número infinito de cosas que existen, su importancia no es superior a la de cualquier otra, se trate de una mosca o de una mazorca de maíz. Ahora bien, el hombre debe, para realizarse, adquirir el control sobre la mosca, sobre la mazorca y sobre todo lo demás.


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