Antepasados creadores
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No existen en los territorios del norte grandes relatos unificados sobre la creación o sobre héroes culturales poderosos, igual que sucede más al sur, sino que más bien encontramos un elevado número de leyendas de elaboración más simple, en ocasiones emparentadas entre sí, que se corresponden con el grado de desarrollo de estas tribus. En lo referente al origen del mundo, algunas de ellas pensaban que éste descansaba sobre la espalda de una tortuga gigantesca mientras que otras hablaban de una figura indefinida conocida como el Buceador de la Tierra, que descendió al fondo del océano primitivo a fin de recoger barro y arrojarlo hacia la superficie hasta que, al expandirse, terminó por dar forma a la tierra sólida. De vez en cuando también encontramos rastros de un mito tan universal como es el del Diluvio. Y, como no podía ser de otra manera, los dioses son los directos responsables de la creación de los hombres.
Para los pawnees, el primer ser humano fue un hombre, hijo de la cohabitación entre el Sol y la Luna, ordenada al efecto por el Gran Espíritu en persona. Según el mismo relato, la primera mujer nació como hija de las Estrellas Matutina y Vespertina. Por esta razón el hombre y la mujer se parecen entre sí (ambos deben su existencia a los seres celestiales) pero no son iguales (pues sus progenitores no son los mismos). Sin embargo, los iroqueses hablan de unas misteriosas Gentes del Cielo, unas divinidades que descendieron a la Tierra en los albores de los tiempos (como aquellos famosos ángeles que se enamoraron de las hijas de los hombres) y aseguran que el primer antepasado del ser humano como tal fue una hija de estos desconocidos seres, de la cual descenderían todos los hombres y mujeres hoy día. Navajos y hurones también apuestan por la existencia de una primera antepasada y no antepasado. En los mitos de los hopis encontramos rastros de su conexión con las culturas más al sur puesto que los responsables de la creación son dos dioses gemelos que además utilizan barro para crear, primero, los animales y, luego, los seres humanos. Una vez moldeadas las figuras, les conceden la vida gracias a su hálito o soplo de vida divino expresado a través del cántico ritual. Otra leyenda hopi asegura que cuando nuestro universo fue creado existían cuatro mundos: uno en la superficie y tres más por debajo en capas sucesivas. Los hombres primitivos vivían en la más profunda, en extensas cuevas que con el tiempo llegaron a estar tan superpobladas, sucias e inhabitables que los dioses gemelos bajaron allí con una muestra de cada una de las plantas del mundo; su esperanza era que entre todas hubiese alguna cuyo tallo fuera lo suficientemente alto y resistente como para permitir a aquellos humanos primerizos trepar por ella hasta un mundo superior, a fin de que vivieran mejor, con más holgura. Al fin, consiguieron escalar gracias a la caña, hasta que alcanzaron el segundo mundo. Allí continuaron su vida pero, al cabo de cierto número de años, se encontraron con el mismo problema. De nuevo usaron la caña para escalar a la tercera cueva. Allí los dioses gemelos facilitaron el fuego a los hombres y gracias a su luz las condiciones de vida mejoraron mucho; se construyeron casas y la gente pudo viajar. Cuando también este mundo se quedó pequeño, no hubo más remedio que subir hasta el cuarto mundo, el de la superficie, donde hoy vivimos (la pregunta que no contesta esta leyenda es: ¿nos queda otro mundo que escalar, visto que vamos camino de superpoblar y arrasar también éste?).
Otro mito de la creación es el de los algonquinos. Sus protagonistas son los hermanos gemelos Gluskap y Malsum el Lobo. De su origen poco sabemos excepto que su madre murió al darles a luz y que de alguna manera quedaron encargados de dar forma al mundo. De Gluskap nacieron el Sol y la Luna, los animales, los peces y la raza humana. De su malicioso hermano, las montañas, los valles, las serpientes y todo tipo de cosas que se consideran inconvenientes para el hombre. Cada uno de los hermanos poseía el secreto del único modo en que él mismo podía morir. Un día Malsum apeló a la confianza entre ambos, ya que eran familia cercana, para proponer que cada uno le dijera al otro cuál era esa forma de morir. Para probar la sinceridad de sus intenciones, Gluskap aseguró que la única forma de perder su vida sería por el toque de una pluma de búho. Malsum a su vez, sabedor de que su hermano jamás le atacaría porque era demasiado honesto, le contó la verdad: sólo moriría si le golpeaba una raíz de helécho. Luego se despidieron y Malsum se apresuró a buscar un buho para arrancarle una pluma del ala y acto seguido atacar a su hermano que se había quedado dormido. Gluskap «murió», sí, pero de inmediato «resucitó» ya que la forma verdadera de matarle era otra. Al ver lo ocurrido, Malsum se disculpó y pidió perdón asegurando que todo había sido un error. Entonces, su hermano le dijo que no había fallecido porque en realidad sólo la raíz de un pino podría matarle. El malvado lo intentó de nuevo en cuanto su gemelo volvió a quedar dormido. Igual que la primera vez, Gluskap se levantó riendo después del ataque y se fue a pasear por el bosque. Encontró un riachuelo y, dispuesto a comprobar definitivamente que su hermano estaba intentando asesinarle, comentó para sí mismo en voz baja que sólo un junco en flor acabaría con su existencia. Dijo eso porque sabía que Quah-bit el Gran Castor estaba escondido entre los juncos de la orilla y le escucharía. En efecto, el Castor se fue corriendo a ver a Malsum para facilitarle la información y éste se puso tan contento que prometió a Quahbit darle cuanto quisiera. Cuando éste le pidió alas para volar como una paloma, Malsum se burló de él y le mandó a paseo. Furioso, el Gran Castor decidió vengarse. Buscó a Gluskap y le contó lo que había pasado. ¡Ahora sí que éste se enfureció, porque ya disponía de un testigo imparcial, la prueba de que en verdad su hermano intentaba destruirle! Así que fue en busca de Malsum armado con la raíz de un helecho y le atacó con ella: el malvado murió al primer golpe.
A partir de aquel momento, Gluskap se dedicó a terminar él solo la construcción del mundo. Dio vida al hombre a partir del tronco de un fresno —árbol mágico donde los haya— y, a continuación, a los seres sobrenaturales como los genios del bosque (gracias a la corteza del mismo árbol). Más tarde, entrenó a dos pájaros para que se encargaran de recorrer el mundo y traerle noticias acerca de lo que en él ocurriera (igual que el nórdico Odín hizo con sus dos cuervos) pero viajaban tanto y tan lejos que tuvo que nombrar como ayudantes a otra pareja de animales: un lobo blanco y otro negro. La historia de Gluskap continúa con diversas aventuras y por fin desaparece de escena prometiendo volver en el futuro. Cuando abandonó el mundo sucedió algo extraño: las bestias, que hasta ese momento se entendían bien porque hablaban todas de la misma manera, no pudieron comprenderse más las unas a las otras porque cada especie empezó a utilizar una lengua distinta. Su confusión fue tan absoluta que nunca volvieron a mantener relaciones amistosas entre sí, ni lo harán hasta que Gluskap regrese para inaugurar una nueva Edad de Oro como la del principio de los tiempos... En la mitología norteamericana, los animales desempeñan un papel muy importante, como corresponde a unas gentes que estaban en continua interacción con la naturaleza. Dos de los más importantes son el Lobo y el Coyote, por sí mismos o como símbolos de actitudes animales, de dioses o incluso de pueblos. Así, una leyenda muy popular sobre el origen de la muerte cuenta que el Lobo se pasaba la vida intentando fastidiar al Coyote y un día, en tiempos inmemoriales, le dijo que cuando una persona fallecía podía devolvérsele la vida disparando una flecha sobre la tierra que había por debajo. El Coyote replicó desestimando esta ocurrencia: era necesario terminar con semejante regla porque si toda la gente muerta pudiera recobrar la vida, el mundo acabaría superpoblado y se convertiría en un lugar imposible para vivir. La muerte se hacía por tanto necesaria e implacable... El Lobo aceptó sumiso el razonamiento y poco después provocó la muerte del hijo del Coyote. Triste y desolado, éste fue a verlo para recordarle sus palabras sobre la capacidad de revivir con una flecha, pero el Lobo a su vez contraatacó con el argumento de que todo en la tierra debía morir. El Coyote sólo pudo aceptar la amarga conclusión que él mismo forjara. Desde entonces así ha sido y la muerte se ha convertido en el final normal de todos los seres.
Esta leyenda, como la de los cuatro mundos de los hopis, muestra un aspecto importante en la vida de estas tribus: la necesidad de espacio para la supervivencia. La vida no puede desarrollarse constreñida en un agujero. Necesita variedad, multiplicidad, renovación..., es como un torrente de agua que se derrama sin límites (y de ahí que encerrarles en reservas fue la peor tortura que se pudo idear para los indios, que nunca entendieron cómo los blancos podían vivir felices siempre en la misma casa en el mismo sitio). Son numerosas las historias, reales, de indios ancianos que han sido abandonados a petición propia durante alguno de los interminables nomadeos de su tribu al sentir que se acercaba su final y con el deseo de recibirlo solo y en paz, sin causar molestias ni retrasos a los demás. De esta forma, la muerte llegó a formar parte indisoluble del sistema de pensamiento indio. Un grito de guerra muy corriente que ha llegado hasta nosotros debido a la impresión que causaba entre los anglosajones que se enfrentaron con ellos rezaba: «Hoy es un hermoso día para morir». No es que el final físico personal fuera algo deseable en sí mismo, pero no imponía el pavor que paralizaba a muchos blancos. En general, los pueblos tachados de «primitivos» aceptan la idea de la vida y de la muerte con mucha mayor naturalidad y lógica que nuestra Gran Civilización Moderna, pues la ven reflejada constantemente en su existencia y, por tanto, es algo natural para ellos. Nosotros enterramos —y nunca mejor dicho— el concepto de la muerte debajo de innumerables artificios y eufemismos para no pensar en ella y, lo que es peor, vivimos como si fuéramos inmortales. O al menos como si nuestro destino fuera el de perecer dentro de mucho tiempo, a una edad avanzada y plácidamente acostados en una cama, sin plantearnos que quizá este mismo día sea el último de nuestra existencia y aún no lo sabemos. De todas formas, en el caso de los indios, no existen demasiados mitos sobre la vida de ultratumba, porque ellos se tenían a sí mismos por un pueblo vital más que otra cosa, interesado y preocupado por la existencia del aquí y el ahora. Las escasas ocasiones en las que se habla del Más Allá se imagina de una forma muy parecida a este mundo. De hecho, se lo califica como «las Grandes Praderas».