La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

En nuestra cultura científica solemos tener nociones muy simplistas de lo divino. En la antigüedad, los «dioses» raramente eran contemplados como seres sobrenaturales con una personalidad diferenciada que vivían una existencia metafísica totalmente separada de la de los mortales. La mitología no trataba sobre la teología, en el sentido moderno, sino sobre la experiencia humana. La gente pensaba que los dioses, los humanos, los animales y la naturaleza estaban estrechamente ligados, sujetos a las mismas leyes y compuestos de la misma sustancia divina. Al principio no había abismo ontológico entre el mundo de los dioses y el mundo de los humanos. Cuando éstos hablaban de lo divino, generalmente se referían a algún aspecto de lo terrenal. La propia existencia de los dioses era inseparable de la de las tormentas, los mares, los ríos o esas poderosas emociones humanas —el amor, la ira o la pasión sexual— que parecían elevar temporalmente a los mortales a un plano de existencia diferente y desde el que podían ver el mundo con nuevos ojos.
Por tanto, la función de la mitología era ayudarnos a hacer frente a los conflictos humanos. Ayudaba a las personas a encontrar su lugar en el mundo y su verdadera orientación. Todos queremos saber de dónde venimos, pero, como nuestros remotos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, hemos creado mitos sobre nuestros antepasados que, pese a no ser históricos, nos ayudan a explicar actitudes habituales de nuestro entorno, nuestros semejantes y nuestras costumbres. También queremos saber adonde vamos, de modo que hemos inventado historias que hablan de una existencia póstuma, aunque, como se verá más adelante, no hay muchos mitos que conciban la inmortalidad de los seres humanos. Y queremos explicar esos momentos sublimes en que nos sentimos transportados más allá de nuestras preocupaciones prosaicas. Los dioses ayudaban a explicar la experiencia de lo trascendente. La filosofía perenne expresa nuestra percepción innata de que detrás de los seres humanos y el mundo material hay cosas que el ojo no ve.
Hoy en día, la palabra «mito» suele designar algo no verídico. Un político acusado de cometer un desliz se defenderá diciendo que eso es un «mito», que nunca ocurrió. Cuando oímos historias sobre dioses que pasean por la tierra, de muertos que se levantan de la tumba o de mares que se abren milagrosamente para permitir que un pueblo elegido huya de sus enemigos, las desechamos por increíbles y de falsedad demostrable. Desde el siglo XVIII hemos desarrollado una perspectiva científica de la historia; lo que más nos preocupa es lo que ocurrió de verdad. Pero, en el mundo premoderno, lo que más preocupaba sobre el pasado era qué había significado determinado suceso. Un mito era un hecho que había ocurrido una vez, pero que en cierto sentido ocurría continuamente. Debido a nuestra actual perspectiva estrictamente cronológica de la historia, no tenemos un término para definir semejante acaecimiento, pero la mitología es una forma de arte que va más allá de la historia y señala lo que hay de eterno en la existencia humana, ayudándonos a traspasar el caótico flujo de sucesos fortuitos y entrever la esencia de la realidad.
La experiencia de lo trascendente siempre ha sido parte de la experiencia humana. Buscamos esos momentos de éxtasis en que nos sentimos profundamente arrebatados y brevemente impulsados más allá de nosotros mismos. En esos momentos tenemos la impresión de vivir con mayor intensidad de lo habitual, a toda máquina y explotando al máximo nuestra humanidad. La religión ha sido uno de los medios más tradicionales para alcanzar el éxtasis, pero si la gente ya no lo encuentra en templos, sinagogas, iglesias o mezquitas, lo busca en otros sitios: en la pintura, la música, la poesía, el rock, el baile, las drogas, el sexo o el deporte. Al igual que la poesía y la música, la mitología debería producirnos embeleso, incluso ante la muerte y ante el aturdimiento que pueda producirnos la perspectiva de la extinción. Cuando un mito deja de lograr ese efecto, podemos considerar que ha muerto, porque ya no resulta útil.
Por tanto, es un error considerar los mitos una forma inferior de pensamiento que puede dejarse de lado cuando los seres humanos alcanzan la madurez. La mitología no es un precedente de la historia, ni afirma que sus relatos sean hechos objetivos. El mito es inventado, como las novelas, las óperas o los ballets; es un juego que transforma nuestro mundo, fragmentado y trágico, y nos ayuda a atisbar nuevas posibilidades preguntándonos «¿y si...?», una pregunta que también ha engendrado algunos de nuestros descubrimientos más importantes en filosofía, ciencia y tecnología. Los neandertales que preparaban a su compañero muerto para una nueva vida quizá practicaran un juego de fantasía espiritual: «¿Y si este mundo no fuera lo único que hay? ¿Cómo afectaría eso psicológica, práctica o socialmente a nuestra vida? ¿Nos volveríamos diferentes? ¿Más completos? Y si resultara que nos transformamos, ¿no demostraría eso que nuestra creencia mítica era de algún modo cierta, que nos estaba diciendo algo importante respecto a nuestra naturaleza, aunque no pudiéramos demostrarlo racionalmente?»

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