Los humanos siempre hemos sido creadores de mitos. En las tumbas neandertales se han encontrado armas, herramientas y huesos de animales sacrificados, elementos que sugieren que ya aquellos hombres primitivos tenían algún tipo de creencia en un mundo ulterior parecido al suyo. Es muy posible que los neandertales se contaran unos a otros historias sobre la vida de que disfrutaban sus semejantes después de morir. Sin duda reflexionaban sobre la muerte, a diferencia del resto de las criaturas con que convivían. Los animales ven morir a sus iguales, pero nada indica que se detengan a meditar sobre ello. En cambio, las tumbas neandertales demuestran que cuando esos primeros humanos tomaron conciencia de su mortalidad, crearon una especie de narración paralela que les permitiera entenderla. Todo indica que aquellos primeros hombres, que con tanto cuidado enterraban a sus muertos, suponían que el mundo visible y material no era la única realidad existente. Por tanto, cabe afirmar que desde época muy temprana los seres humanos se han distinguido por su capacidad para concebir ideas que van más allá de su experiencia cotidiana.
Somos criaturas que le buscamos significado a todo. Que sepamos, los perros no pasan horas cavilando sobre la naturaleza canina, no les preocupan las dificultades que afligen a los perros de otras partes del mundo ni intentan enfocar su vida desde una perspectiva diferente. En cambio, los humanos caemos fácilmente en la desesperación, y desde nuestros orígenes inventamos historias que nos permitían situar nuestra vida en un contexto más amplio, que revelaban un patrón subyacente y nos hacían pensar que, pese a todos los deprimentes y caóticos indicios que sugerían lo contrario, la vida tenía un valor y un significado.
Otra característica peculiar de la mente humana es su capacidad de tener ideas y experiencias que no se explican racionalmente. Estamos dotados de imaginación, una facultad que permite pensar en cosas que no están presentes y que, en el momento en que las concebimos, carecen de existencia objetiva. La imaginación es la facultad de la que nacen la religión y la mitología. Hoy en día, el pensamiento mítico ha caído en descrédito; muchas veces lo desechamos por considerarlo irracional y autocomplaciente. Pero la imaginación también es la facultad que ha permitido a los científicos sacar a la luz nuevos conocimientos e inventar una tecnología que nos ha convertido en seres inconmensurablemente más eficaces. La imaginación de los científicos nos ha permitido viajar por el espacio y caminar por la luna, proezas que antaño sólo eran posibles en el reino de los mitos. Tanto la mitología como la ciencia amplían las posibilidades del género humano. Al igual que la ciencia y la tecnología, la mitología, como veremos más adelante, no consiste en desentenderse de este mundo, sino en capacitarnos para vivir de forma más plena en él.
Las tumbas neandertales aportan cinco datos importantes sobre los mitos. En primer lugar, el mito casi siempre está enraizado en la experiencia de la muerte y el miedo a la extinción. Segundo: los huesos de animales indican que el entierro iba acompañado de un sacrificio. Normalmente, la mitología va unida a un ritual. Muchos mitos no tienen sentido fuera del ámbito de un drama litúrgico que les da vida, y resultan incomprensibles en un contexto profano. Tercero: de algún modo, los mitos neandertales eran recordados junto a una tumba, con motivo de una defunción. Los mitos más impactantes tratan sobre situaciones límite y nos obligan a ir más allá de nuestra experiencia. Hay momentos en que todos, de un modo u otro, tenemos que ir a un lugar que no conocemos y hacer algo que nunca hemos hecho. Los mitos tratan de lo desconocido; tratan de eso para lo que al principió no teníamos palabras. Por tanto, los mitos se asoman al interior de un gran silencio. En cuarto lugar, los mitos no son historias que se cuentan porque sí. Antes bien, nos enseñan cómo debemos comportarnos. En las tumbas neandertales, a veces el cadáver está colocado en posición fetal, como si se preparara para renacer: el difunto tenía que dar el siguiente paso él solo. Adecuadamente entendida, la mitología nos coloca en la postura espiritual o psicológica correcta para la acción apropiada, ya sea en este mundo o en el más allá.
Por último, todas las mitologías hablan de un plano paralelo a nuestro mundo y que en cierto sentido lo sostiene. La creencia en esa realidad invisible pero más intensa, que a veces se identifica con el mundo de los dioses, es un tema esencial de la mitología. Se la ha llamado «filosofía perenne» porque ha impregnado la mitología y la organización ritual y social de todas las sociedades antes del advenimiento de nuestra modernidad científica, y todavía hoy sigue influyendo en las sociedades tradicionales. Según la filosofía perenne, todo lo que ocurre en este mundo, todo lo que podemos oír y ver aquí abajo, tiene su contrapartida en el reino divino, más rico, más fuerte y más duradero que el nuestro. Y toda realidad terrenal no es más que una pálida sombra de su arquetipo, el patrón original, del que es simplemente una copia imperfecta. Los seres humanos, frágiles y mortales, sólo desarrollan todo su potencial si participan en esa vida divina. Los mitos daban forma gráfica y detallada a una realidad que las personas percibían de manera intuitiva. Les explicaban cómo se comportaban los dioses, no con el fin de satisfacer su curiosidad ni porque esos relatos resultaran entretenidos, sino para permitir a hombres y mujeres imitar a esos seres poderosos y, así, experimentar también ellos la divinidad.