El recuerdo de la figura: las biografías de Buda
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La muerte de un fundador carismático siempre produce un trauma desgarrador, que pone en peligro la supervivencia misma de la primera comunidad de fieles. Los discípulos de Buda se enfrentaron a esta crisis partiendo del presupuesto de que «el Perfecto no puede ser conocido fácilmente a través de las palabras» (Saptasatikapraj-náparamita). Esta convicción alentó la búsqueda de nuevas vías, que no fueran el relato oral de las enseñanzas, a fin de mantener vivo el sentido de la experiencia del maestro.
La figura de Buda se convirtió en una fuente de inspiración religiosa muy creativa. Los diferentes tipos de representación visual, el florecimiento de múltiples formas de culto y la elección de nuevos temas de contemplación cuestionan muchos de los tópicos sobre el supuesto papel secundario de las prácticas «religiosas» en la tradición budista. El primer budismo debía de ser mucho más rico y libre en la práctica de lo que permiten deducir las meticulosas especulaciones de los textos canónicos. Y cuando la práctica se consolidó con toda la complejidad de sus significados simbólicos, entonces la escolástica intentó englobarla en sus esquemas doctrinales.
Una de las primeras formas con que los budistas elaboraron las posibilidades semánticas de la figura del fundador fue a través de los epítetos. Ya en el Majjhi-manikaya, Upáli, un discípulo de Buda, lo exalta con cien títulos honoríficos, y la versión sánscrita del texto añade que «los pronunció por inspiración espontanea de fe». Algunos epítetos acentuaban cualidades de Buda poco destacadas en las escrituras; otros, como mahápurusa, «de grandeza cósmica», cakravartin, «soberano universal», bhagavan, «señor benevolente», procedían de modelos míticos. Y otros, como tathágata, «el perfecto», conservaban un aura de ambigüedad sagrada y de misterio.
Su enunciación se convirtió en soporte de la plegaria y de las prácticas de contemplación. Con el paso de los siglos los epítetos se centraron más en los aspectos extraordinarios de Buda y se convirtieron en la base de la devoción.
Los comentaristas buscaron a fondo en la densa polisemia de los adjetivos y crearon elaboradas etimologías que ampliaron su significado. Y también a través de estos epítetos los fieles aprendieron a concebir la figura del maestro como la revelación terrenal de un absoluto trascendente.
Los primeros textos budistas no narran una vida continua de Buda, porque se concentran en sus enseñanzas. Pero entre los años 200 a.C. y 200 d.C, retomando las tradiciones orales y ampliando las fragmentarias referencias que aparecían en los sütra, varias escuelas elaboraron biografías. El Mahávastu, el Lalitavistara, el Nidánakathá o el famoso poema Buddhacarita atribuido a Asvaghosa se basaban sin duda en hechos históricos, aunque fueron enriquecidos con motivos mitológicos y episodios edificantes.
Se puso un mayor énfasis en la naturaleza trascendente de Buda: si los primeros relatos narraban las penalidades o debilidades de Siddhártha, ahora se presenta como un ser que está por encima de cualquier fragilidad humana, y un aura de milagro ilumina los momentos cruciales de su existencia en un escenario de drama cósmico.
Los textos canónicos nos hablan de varios buddha que vivieron en épocas distintas y en mundos diferentes. No todos son iguales: su perfección espirituales mayor o menor según sus aspiraciones. Algunos, una vez alcanzada la iluminación, se reservan sus frutos sólo para sí; otros buddha, en cambio, practican las virtudes para ayudar a los seres sensibles.
Otros, por último, crean Tierras Puras donde los fieles puedan renacer y encontrar la salvación. Muy pronto Sakyamuni fue descrito como uno de los muchos buddha aparecidos en nuestro mundo. De este modo adquiría un valor más elevado el significado de la experiencia terrenal de Sakyamuni: el hecho de considerarlo el maestro de nuestra era, de atribuirle una «línea» y adaptar su experiencia terrenal a la lógica de un modelo de perfección metafísica otorgaba una legitimación más profunda a su mensaje «histórico».
La idea de que existían muchos buddha fundaba además una nueva soteriología, porque sugería que, aunque el mensaje de Sakyamuni hubiera sido olvidado, existía la certeza de que otro buddha, Maitreya, vendría a la tierra a traer la verdad y la salvación.